🍩 Katakuri x Reader

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El ambiente en la cocina era cálido, perfumado con azúcar y canela. Katakuri podría ser la mano derecha de la Emperatriz y un temible Comandante Dulce, pero tú eras la única persona que podía hacer que su rostro se iluminara como el de un niño. Especialmente si había donas de por medio.
Estabas concentrada, amasando la mezcla a la perfección, cuando de repente, sentiste el familiar peso de su cuerpo grande y fuerte envolviéndote por detrás. Era un abrazo silencioso, pero te transmitía toda su devoción.
—Hola, amorcito, ¿me estás haciendo unas donas? —Su voz grave, normalmente fría, se suavizó en un murmullo directamente en tu oído.
Te reíste, sintiendo su nariz rozar tu cuello.
—Claro que sí. Son las de arce y nueces que tanto te gustan.
Katakuri se apartó solo para mirarte. A pesar de la cicatriz que cubría su boca y que él siempre ocultaba, sus ojos te transmitían una felicidad genuita.
—¡Sabía que me adorabas! —exclamó, con un entusiasmo que reservaba únicamente para ti y los postres.
Antes de que pudieras reírte de su exageración, Katakuri te alzó sin esfuerzo, separándote del suelo. Te besó con una pasión hambrienta. El beso era dulce y profundo, el sabor de la masa cruda y el arce mezclándose deliciosamente. Él te sostenía contra la encimera, sin importarle que estuviera manchada de harina.
En medio del beso, Katakuri te bajó un poco, y antes de soltarte, tomó una pequeña porción de la masa pegajosa de la encimera con su dedo y la frotó justo sobre tu pecho, donde tu blusa de cocina estaba tensa.
—Necesito probar el sabor final —murmuró, su voz ahora más profunda y seductora.
Se inclinó, lamiendo la masa directamente de tu piel. El contacto húmedo y cálido te hizo jadear. No era un gesto de intimidad completa, pero era increíblemente erótico e impulsivo.
Continuó con ese juego, lamiendo el dulce glaseado y la harina de la masa que había salpicado accidentalmente tu ropa mientras te besaba con creciente intensidad. Te reías entre besos, sintiendo la familiar sensación de rendición ante su fuerza y su repentina pasión.
—¡Deliciosas! Siempre eres la mejor... —dijo, mordisqueando suavemente tu cuello.
Pero justo en ese instante, el estruendo de un portal de espejo abriéndose violentamente en el techo de la cocina congeló la escena.
—¡¡Nii-chan!! ¡Nii-chan, no vas a creer lo que hizo el estúpido de Cracker con mi...!
Charlotte Brûlée se deslizó a través del portal, su voz aguda y quejumbrosa llenando la habitación.
Katakuri se separó de ti con la velocidad del rayo. Se recompuso al instante, alisando su chaqueta. Te dio una mirada rápida y su sonrisa se ensanchó un poco, una sonrisa secreta solo para ti.
Tú también te arreglaste el delantal, tus mejillas ardientes. Tomaste un paño húmedo y te limpiaste rápidamente el pecho y el cuello, donde la masa y el glaseado revelaban vuestra "actividad".
Brûlée, ajena al milagro de la velocidad con que se habían vestido, solo vio a su imponente hermano de pie junto a ti, a pocos centímetros de la encimera.
—... ¡Con mi espejo de mano favorito! ¡Casi lo rompe! —terminó Brûlée.
Katakuri se cruzó de brazos, su expresión volviendo a ser la de un Comandante serio, aunque sus ojos todavía brillaban con diversión.
—Brûlée. ¿Cuántas veces te he dicho que no entres en la cocina por el espejo?
—¡Lo siento, Nii-chan! Pero es urgente...
Ella no notó nada inusual. No notó el cabello ligeramente revuelto de su hermano, ni tu respiración ligeramente agitada.
Tú y Katakuri intercambiaron una mirada rápida sobre el hombro de Brûlée, y ambos no pudieron evitarlo: se sonrieron, una sonrisa cómplice y feliz, sabiendo que vuestro pequeño y dulce secreto había estado a punto de ser descubierto por la Emperatriz misma.

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