El Castillo de Whole Cake era un torbellino de colores pastel y paranoia constante. Charlotte Brûlée, la octava hija de la familia, pasaba la mayor parte de su tiempo vagando por el Mundo Espejo, donde se sentía segura y, sobre todo, invisible.
Brûlée no era conocida por su belleza, sino por su utilidad. Sin embargo, su corazón, escondido bajo la ropa harapos y la piel dañada, latía con una intensidad que nadie, excepto ella, conocía.
Latía por (T/N), uno de los sirvientes del castillo, un joven encargado de la limpieza de los salones de banquetes. (T/N) no era un combatiente, ni un noble; era solo un hombre amable y trabajador que siempre le daba las gracias si ella usaba uno de sus espejos para pasar.
Brûlée había comenzado a observarlo en secreto. Se escondía entre los espejos de los salones, viéndolo trabajar, a veces con su madre, Big Mom, cerca, asegurándose de que nadie se diera cuenta. Para ella, era el único momento de paz y belleza en su caótica vida. Él nunca se quejaba, y sus movimientos eran tan elegantes como los de una bailarina, a pesar de la escoba.
Un día, la vigilancia de Brûlée fue más intensa. Estaba escondida en el espejo del gran salón que (T/N) estaba puliendo. Big Mom estaba cerca, comiendo su croquembouche semanal y murmurando sobre piratas.
(T/N) se acercó al espejo, el paño en su mano. Brûlée sintió el familiar pánico de ser descubierta, aunque sabía que su habilidad la hacía indetectable.
(T/N) terminó de limpiar el cristal. Se puso de pie, y Brûlée pensó que se iría.
Pero no.
(T/N) sacó algo de su bolsillo: una rosa escarlata, aún con gotas de rocío en los pétalos.
Brûlée se quedó inmóvil, preguntándose qué estaba haciendo. ¿Era para su madre? ¿Para otra sirvienta?
Él se acercó al espejo y, con una dulzura increíble, deslizó el tallo de la rosa entre el marco y el cristal del espejo, dejándola perfectamente visible desde el Mundo Espejo.
(T/N) se alejó unos pasos y miró la rosa. Luego, miró su propio reflejo, o más bien, miró a través de él, justo al lugar donde Brûlée se escondía.
Una diminuta sonrisa, rápida y fugaz, cruzó el rostro de (T/N).
—Espero que le guste el color, Señorita Brûlée —susurró, con un tono tan bajo que Big Mom, a pesar de su oído sobrenatural, no pudo oírlo por encima del crujido de su postre.
(T/N) sabía. Sabía que ella lo espiaba. Pero no lo había temido ni la había evitado. En cambio, le había dejado un regalo. Una declaración silenciosa y peligrosísima.
Brûlée sintió un calor inmenso inundar su rostro, más caliente que el horno de la panadería. Con manos temblorosas, salió del espejo.
Big Mom, que estaba demasiado ocupada con el postre, apenas le prestó atención.
—¡Brûlée! ¡Hay una mancha en el techo! —gruñó.
Brûlée la ignoró. Se acercó al espejo, sus dedos temblando mientras tomaba la rosa. Era real, no un reflejo. Era suya.
Miró a (T/N), que seguía limpiando tranquilamente una silla lejana, actuando como si nada. Él había puesto su vida en riesgo solo para hacerle un gesto.
Ese día, Brûlée no volvió a esconderse en el Mundo Espejo. Llevó la rosa consigo, el único signo de que alguien la veía a ella, la persona, y no solo la bruja de los espejos.
