crocodile 🐊🐊

54 4 0
                                        


El ambiente en la sala VIP de la barra era denso, saturado con el humo de un cigarro caro y el olor a perfume. Sir Crocodile estaba reclinado en un sofá de cuero, su rostro enmarcado por el penacho de humo, y su expresión era la calma absoluta en medio de la opulencia. Estaba rodeado de varias mujeres hermosas, pero sus ojos estaban vacíos, desinteresados.
Tú, la nueva camarera, entraste con la botella de vino más exclusiva del lugar. Sentías el peso de su reputación y el poder que emanaba de él. Mientras servías el líquido burdeos en su copa de cristal, tu pulso se aceleró. Podías sentir su mirada sobre ti; no sobre tu cuerpo, sino sobre tus movimientos, tu compostura. Una inspección lenta, casi predatoria.
Crocodile tomó un largo sorbo de vino, y el silencio se hizo profundo. Luego, sin siquiera mirarlas, hizo un gesto vago con su mano de gancho hacia las mujeres.
-Salgan.
La orden fue inmediata e indiscutible. En cuestión de segundos, la habitación se vació, y tú te dirigiste hacia la puerta, sintiendo el alivio de escapar.
-Tú, quédate.
Su voz te detuvo en seco. Era grave, seria, y el simple sonido de tu corazón martillando en tu pecho era lo único que rompía el silencio. Te giraste lentamente para enfrentarlo. Él te estudiaba por encima del borde de la copa.
-¿Señor? -preguntaste, intentando que tu voz no temblara.
Crocodile no respondió de inmediato. Terminó el vino y luego depositó la copa vacía sobre la mesita auxiliar. El sonido del cristal fue el único aviso.
-Cierra la puerta. Y ponle llave.
Obedeciste, sintiendo que cada célula de tu cuerpo gritaba por correr. Al cerrar el último seguro, el camarote se sintió como una jaula.
Crocodile se puso de pie, su sombra alta cubriéndote. La mujerzuela que había llegado para servirle el vino había desaparecido. Ahora eras solo tú y la fuerza de la naturaleza.
-No me has traído la botella de vino para la cena -dijo, su tono bajo y monótono.
-L-lo siento, señor. Creí que solo quería...
-Mentirosa -te interrumpió, dando un paso más cerca-. Ya sabía que no la habías traído. Te pedí que te quedaras por otra razón.
Su mano de gancho, fría y plateada, te alcanzó, no para amenazarte, sino para tomar suavemente tu barbilla y obligarte a levantar la mirada. Sus ojos amarillos eran como el oro, buscando una grieta, una debilidad.
-Tienes demasiado miedo para ser tan interesante -murmuró, como si estuviera decepcionado.
-S-solo estoy haciendo mi trabajo, señor.
-Lo sé. Y lo haces bien. Es una lástima que tu uniforme sea tan insípido.
Crocodile deslizó su gancho por el borde de tu uniforme de camarera, trazando la tela de tu escote. El toque era metálico, frío, pero la tensión era abrasadora.
-Quítatelo.
La orden fue concisa y definitiva. Tu mente se paralizó.
-¿Señor? No sé si...
-Lo sabes perfectamente -dijo, acortando el espacio entre ustedes. La burla en su voz era clara-. No te estoy pidiendo que me sirvas vino. Te estoy pidiendo que me sirvas a mí. Las otras mujeres eran un aburrimiento. Una pérdida de tiempo. Pero tú tienes... potencial.
Su mano de gancho se detuvo justo en el primer botón de tu uniforme.
-Siéntete libre de irte. La puerta está cerrada, pero puedo abrirla. Pero si te quedas, será bajo mis reglas. No volverás a servir un trago en esta barra. Serás mía. ¿Entendido?
La propuesta era una trampa de oro, peligrosa y humillante. Pero la fuerza de su presencia era una promesa de poder y una vida que no podrías haber imaginado.
Tus dedos temblaron, pero te acercaste al gancho y quitaste tu uniforme con decisión, dejando caer la tela barata a sus pies. La humillación se mezcló con un desafío inesperado.
-Entendido, señor -dijiste, tu voz ahora apenas un susurro.
Crocodile te miró de arriba abajo, y una sonrisa lenta y cruel se dibujó en su rostro. La primera que le veías en toda la noche.
-Bienvenida, (Y/N). Ahora, ven aquí y dime lo que sabes sobre mi próximo objetivo.
No había terminado. El juego de poder apenas había comenzado, y la posesión era solo la primera parte.

No hubo preámbulo, ni suavidad. La primera parte de su "posesión" era puramente pragmática. Te preguntó sobre rumores en el puerto, sobre la llegada de ciertos barcos, los movimientos de la Marina. Tu mente, a pesar del pánico, se esforzó por recordar cada detalle, cada susurro que habías escuchado mientras trabajabas.
Él escuchaba, su rostro inmutable. A veces, su mano de gancho golpeaba suavemente la mesa, no por impaciencia, sino como un tic. Cuando terminaste, te quedaste en silencio, esperando.
Crocodile se puso de pie, su figura imponente te eclipsaba por completo.
-Información útil. Eres más... observadora de lo que pareces.
Dio un paso hacia ti, y luego otro, hasta que la distancia entre ustedes fue casi inexistente. Su mano, la que no era de gancho, se alzó y acarició tu mejilla, el contraste de su piel áspera contra la tuya. No fue un gesto tierno; fue el toque de un dueño.
-Pero no es solo por tu mente que te has quedado, ¿verdad, (Y/N)? -Su voz era baja, un gruñido sensual que te hizo estremecer-. Eres un elemento nuevo, refrescante. Y mereces una bienvenida adecuada.
Antes de que pudieras reaccionar, te levantó con una fuerza sorprendente, tus pies despegando del suelo. Te llevó hasta el sofá de cuero donde antes había estado reclinado. Te recostó, y su cuerpo se cernió sobre el tuyo.
El beso fue tan imperioso como su personalidad. No era suave, sino una toma de posesión, su boca reclamando la tuya con una urgencia que te robó el aliento. Sus labios sabían a tabaco y vino, una combinación embriagadora.
Sus manos, expertas, exploraron cada curva de tu cuerpo, sin prisa, pero sin piedad. No había consentimiento en sus ojos, solo una voluntad férrea que te arrastraba. La calidez de su piel, el roce de sus cicatrices contra la tuya, todo era una experiencia sensorial abrumadora.
Cuando sus cuerpos finalmente se unieron, la fuerza de sus embestidas te arrancó un gemido que intentaste ahogar, pero fue en vano. Él era el desierto, la tormenta de arena, y tú la arena que se moldeaba bajo su voluntad. Cada empuje era una declaración de propiedad, una afirmación de que ahora le pertenecías por completo.
Gimiste, y el sonido pareció complacerlo, provocando una respuesta más profunda y salvaje en él. La habitación se llenó con los sonidos de sus cuerpos chocando, el crujido del cuero bajo su peso, tu respiración agitada y sus propios gruñidos guturales. No había ternura, pero sí una intensidad cruda y devoradora que te dejaba sin aliento, una fuerza imparable.
El acto fue largo, agotador, una danza de poder y sumisión. Cuando finalmente terminó, Crocodile se apartó de ti, su respiración agitada pero su rostro aún tranquilo, como si simplemente hubiera cerrado un negocio.
Te quedaste tendida en el sofá, tu cuerpo dolorido, la piel enrojecida por el roce. La realidad de tu situación te golpeó con una fuerza aplastante. Te cubriste con tus brazos, sintiendo el frío de la vergüenza y el miedo.
-¿Por qué...? -Tu voz era apenas un susurro, cargada de una mezcla de resentimiento y una extraña fascinación-. ¿Por qué siempre tiene que ser así? ¿Por qué siempre tienes que... tomar?
Crocodile se sentó a tu lado, encendiendo un nuevo cigarro. La luz anaranjada iluminó su perfil. Te miró, y por un instante, hubo algo parecido a la reflexión en sus ojos.
-Porque el mundo es del que tiene el poder para tomarlo, (Y/N) -dijo, exhalando una bocanada de humo. Su voz era tranquila, como si explicara una ley fundamental del universo-. Y yo lo tengo. Tú... tú simplemente estabas a mi alcance. Y a partir de hoy, eres mi nueva adquisición.
La respuesta era brutalmente honesta, desprovista de cualquier romanticismo, pero perfectamente coherente con el hombre que era. No había amor, ni siquiera deseo a largo plazo en su explicación. Solo posesión y poder.

one shot Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora