Koby 🩷🩷

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Ajusté mi capa blanca sobre mis hombros, el eco de mis botas resonando en el pulcro pasillo de la base marina. Había estado revisando informes sobre los recientes movimientos de piratas en la zona, una tarea tediosa pero necesaria. Sentía el peso de la responsabilidad, ser el Almirante más joven conllevaba una constante presión por demostrar mi valía.
A menudo notaba las miradas de los jóvenes oficiales y reclutas, una mezcla de respeto y quizás algo de asombro. Era gratificante saber que inspiraba a otros a seguir el camino de la justicia en este mundo turbulento.
Mientras caminaba, absorto en mis pensamientos, no percibí una figura que se apartaba rápidamente al verme doblar una esquina.
De repente, escuché unos pasos vacilantes detrás de mí. Me detuve y me giré, con una ceja ligeramente alzada.
—¿Sí? ¿Necesitas algo? —pregunté con mi tono de voz firme pero amable, el que usaba con mis subordinados.
Vi a Koby. El joven recluta, de ojos grandes y una expresión siempre nerviosa, parecía particularmente agitado hoy. Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas y sus manos jugueteaban inquietas.
—A-Almirante… buenos días —tartamudeó, con la voz apenas un susurro—. Yo… yo quería…
Esperé pacientemente a que encontrara las palabras. Koby siempre había sido un chico aplicado, aunque un poco inseguro. Su admiración hacia mí era evidente en la forma en que sus ojos brillaban cuando hablaba de mis logros.
—¿Sí, Koby? ¿Qué sucede? —lo animé con una pequeña sonrisa.
Su mirada se elevó brevemente a la mía antes de volver a fijarse en sus pies.
—Yo… solo quería decirle que… que admiro mucho su trabajo. Y su… su fuerza.
Asentí, sintiendo una punzada de calidez ante su sinceridad.
—Gracias, Koby. Aprecio tus palabras. Sigue esforzándote, tienes potencial.
Él levantó la cabeza, sus ojos brillando con una intensidad que no le había visto antes. Por un instante, su mirada pareció detenerse en mis ojos con una fijeza peculiar, antes de que volviera a bajar la vista, visiblemente avergonzado.
—Sí, Almirante. ¡Daré lo mejor de mí!
Asentí de nuevo.
—Bien. Ahora, si me disculpas, tengo una reunión programada. Sigue así, Koby.
Me despedí con un leve gesto de cabeza y continué mi camino, sin notar la intensidad con la que Koby me observaba alejándome, una mezcla de anhelo y una extraña posesividad oculta en sus ojos.

Pasaron algunos días. En mi escritorio, comencé a encontrar pequeños objetos. Al principio, no les di mucha importancia, pensando que quizás algún subordinado los había olvidado.
Una mañana, fue una taza de café recién hecho, colocada cuidadosamente junto a mis informes antes de que llegara a mi oficina. No había nadie alrededor. Pensé que quizás algún asistente había sido particularmente considerado.
Al día siguiente, encontré un pequeño pisapapeles de cristal con la forma de una gaviota, pulido hasta brillar. No recordaba haberlo visto antes. Lo examiné con curiosidad, preguntándome quién lo habría dejado allí.
Luego, fue una pluma estilográfica de buena calidad, apoyada sobre mi agenda. No era el tipo de artículo que se dejaba accidentalmente. Empecé a sentir una ligera inquietud.
Un día, encontré una pequeña flor silvestre, delicadamente colocada sobre mi pila de documentos más urgentes. Era una flor sencilla, pero su presencia en mi sobria oficina resultaba extraña.
Empecé a prestar más atención a mi entorno. Notaba miradas fugaces, la sensación de ser observado a veces, pero al girarme, no veía nada fuera de lo común.
Una tarde, mientras revisaba unos planos en una sala menos transitada, encontré un pequeño dibujo doblado sobre la mesa junto a mí. Lo desdoblé con curiosidad. Era un boceto a lápiz, algo torpe pero detallado, de mi perfil mientras estaba de pie en la cubierta de un barco durante una reciente misión.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. Esto ya no eran simples olvidos o actos de cortesía. Alguien me estaba observando de cerca.
Mi mente repasó a todos los que me rodeaban. ¿Quién podría estar haciendo esto?
Recordé a Koby. Su intensa mirada de hacía unos días. Su admiración palpable. ¿Podría ser él? La idea me sorprendió. Koby parecía tan… tímido e inofensivo.
Al día siguiente, no encontré ningún regalo. Pero al pasar por un pasillo, vi a Koby de lejos, observándome desde la entrada de la cafetería. Al hacer contacto visual, se sonrojó violentamente y rápidamente desvió la mirada, fingiendo estar muy interesado en un cartel informativo.
La pieza final encajó en mi mente. Los regalos discretos. Las miradas furtivas. La intensa admiración.
Koby.
Una sensación extraña se instaló en mí. No era miedo, sino más bien una mezcla de sorpresa y una ligera incomodidad. Nunca había sido objeto de una atención tan… personal.
Decidí que necesitaba hablar con él.

Decidí que la mejor manera de manejar la situación era ser directo. No podía permitir que esta… admiración secreta continuara sin abordar el tema.
Busqué a Koby por toda la base. Finalmente, lo encontré entrenando en el patio, sus movimientos torpes pero llenos de esfuerzo. Esperé a que terminara una serie de ejercicios antes de acercarme.
—Koby, ¿podemos hablar un momento? —dije con un tono de voz firme pero sin aspereza.
Él se giró, sobresaltado al verme. Su rostro se iluminó brevemente antes de que la confusión y el nerviosismo volvieran a apoderarse de él.
—A-Almirante… ¡buenos días! ¿Necesita algo de mí?
—Sí. He estado encontrando algunas cosas en mi oficina últimamente. Una taza de café, un pisapapeles, una pluma… y un dibujo.
Los ojos de Koby se abrieron ligeramente, y pude ver un atisbo de pánico en ellos.
—Yo… yo no sé de qué me habla, Almirante.
—Koby —dije, mi tono ahora más suave pero directo—. Sé que has sido tú.
Su rostro palideció. Dejó caer la pesa que sostenía, haciendo que resonara un golpe sordo en el suelo.
—Almirante… yo…
—¿Por qué, Koby? —pregunté, manteniendo la calma.
Él vaciló por un momento, sus ojos luchando por encontrar los míos. Luego, con una repentina oleada de valentía desesperada, habló.
—Porque… porque lo admiro mucho, Almirante. Más de lo que puedo decir. Desde que lo conocí… sentí algo… algo muy fuerte. Usted es fuerte, justo, increíble…
Su voz temblaba, pero la sinceridad en sus palabras era innegable.
—Al principio, solo era admiración. Pero… con el tiempo… se convirtió en algo más. Algo que no puedo controlar.
Dio un paso hacia mí, sus ojos llenos de una mezcla de temor y una profunda necesidad.
—Sé que probablemente esto está mal. Sé que usted nunca… pero necesitaba que lo supiera. Almirante… yo… estoy enamorado de usted.
Antes de que pudiera responder, Koby se acercó aún más, cerró los ojos y, con un movimiento torpe pero decidido, estampó sus labios contra los míos.
Fue un beso breve, tembloroso, lleno de una vulnerabilidad palpable. Cuando se separó, sus mejillas estaban rojas y sus ojos cerrados, esperando mi reacción.
El silencio entre nosotros era denso, cargado de la confesión inesperada y el beso fugaz.

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