El taller olía a metal quemado, aceite y la electricidad estática que siempre rodeaba a Eustass Kid. Tú, (Y/N), estabas sentada en un banco, observándolo trabajar. No era raro que te unieras a él aquí; su presencia te calmaba, a pesar de su temperamento explosivo.
Hoy, sin embargo, estabas de mal humor. Habías pasado la mañana escuchando los susurros de la tripulación sobre cierta pirata del West Blue que se había acercado demasiado a Kid durante la última escala en el puerto. Los celos te picaban como pequeños voltios de energía.
Kid estaba soldando algo, concentrado, y el brillo de la máscara ocultaba sus ojos.
—¿Algún problema, (Y/N)? —preguntó, sin levantar la vista.
—No. Ninguno. Solo... —Soltaste un suspiro cargado de frustración—. Me pregunto si ya le has devuelto la bufanda que te prestó la capitana del Fénix la semana pasada.
La soldadora se detuvo. Hubo un silencio denso, y luego Kid quitó la máscara, revelando sus ojos afilados. La burla era evidente en su mirada.
—Así que eso es. Celos.
—No estoy celosa. Solo me preocupa la diplomacia con otras tripulaciones —mentiste, cruzándote de brazos.
Kid se acercó a ti lentamente, sus botas metálicas resonando en el suelo. Se apoyó en el banco a tu lado, la proximidad del poderoso Magnetismo te erizando el pelo del brazo.
—Tonterías. Lo que te preocupa es que alguien más se acerque a mi botín.
Kid te agarró del mentón con su mano buena, su tacto sorprendentemente firme pero no brusco. Él sabía exactamente qué hacer para que te rindieras, pero también sabía cómo empujarte al límite.
—No tienes de qué preocuparte —dijo, su voz ronca por el humo del trabajo—. Esas moscas solo quieren verme. Yo solo te quiero a ti.
Pero el roce de su pulgar, y la mención de "querer", no fue suficiente para disipar la rabia.
—¡Pues no lo parece! Te la pasaste en el bar con ella, ¡y ni siquiera la empujaste cuando intentó... —No pudiste terminar la frase.
Kid sonrió, una sonrisa de depredador que solo se acentuaba por el metal en sus manos.
—¿Quieres que te demuestre dónde está mi atención, entonces?
Antes de que pudieras responder, él te cargó de repente, tus piernas envolviendo su cintura mientras te levantaba. La camisa manchada de aceite no era el tejido más suave, pero la urgencia en sus movimientos era combustible.
Te llevó hasta una pila de lonas limpias, el lugar menos cómodo y más impulsivo de todo el taller, y te dejó caer sobre ellas.
—Si no vas a creer mis palabras, entonces vas a creer mis acciones.
El beso fue feroz, una declaración de guerra contra tu incertidumbre. Te despojó de tu ropa con una impaciencia brutal, sus manos rudas y fuertes no buscaban la suavidad, sino la posesión inmediata.
Cuando finalmente te penetró, el sonido de tu jadeo se mezcló con el golpeteo rítmico de sus caderas. Kid era fuerza pura, sus movimientos sin control, la rabia y el deseo concentrados en cada estocada.
—¿Quién es la única que tiene mis malditas manos sobre ella, (Y/N)? —gruñó Kid, sin romper el ritmo violento de sus embestidas.
—¡T-tú! —Gemiste, sintiendo el placer intenso mezclado con la furia—. ¡Sí! ¡Sigue!
—¿Y a quién voy a reclamar cuando deje este maldito pueblo?
—¡A mí! ¡Solo a mí! —gritaste, sin poder contener el sonido de placer que se elevaba en el taller, una respuesta de sumisión y excitación a su necesidad de control.
Él aceleró, cada embestida un recordatorio físico de su dominio. Él no te estaba preguntando; te estaba grabando en su memoria y en tu cuerpo. Te movías con él, pidiendo más, el celo transformado en una necesidad urgente de ser consumida por el fuego de su pasión.
Cuando el orgasmo te alcanzó, el grito fue salvaje, y Kid se rindió un instante después, colapsando sobre ti.
La respiración agitada era lo único que se escuchaba. Sus brazos de metal te rodeaban con una posesividad absoluta.
—Nunca más dudes de mí —gruñó Kid, su voz ahora un susurro profundo en tu oído.
—No lo haré —prometiste, agotada pero satisfecha. Y la verdad era que ya no dudabas. Su furia, su pasión, siempre terminaban en esta absoluta e innegable intimidad.
