El olor a pólvora aún flotaba en el aire cuando entraste al despacho. El silencio en la oficina del Almirante Sakazuki era denso, sofocante, y el sonido de tus botas al golpear el suelo de mármol te hizo estremecer.
—Llego tarde, señor —dijiste, intentando mantener la voz firme.
Sakazuki levantó la vista de los papeles. Sus ojos, duros como la lava solidificada, se detuvieron en ti. En el pequeño rasguño que te cruzaba la mejilla. En la mancha de sangre —no tuya— en el cuello de tu uniforme.
—Eso no me importa —murmuró, poniéndose de pie. La silla crujió. El aire cambió.
Dio un paso hacia ti, y luego otro. Cada movimiento suyo imponía poder, control. Cuando se detuvo frente a ti, su sombra te cubría por completo.
—Me importa quién te la hizo. —Su voz era baja, ronca, como el rugido de un volcán antes de estallar.
—Un pirata. Ya está muerto.
Sakazuki alzó la mano, y tus músculos se tensaron, esperando una reprimenda. Pero no. Sus dedos rozaron tu mentón, obligándote a mirarlo.
Su piel estaba caliente… demasiado. Como si el magma que lo consumía también se filtrara por su tacto.
—Eres descuidada. —Sus ojos bajaron, observando el botón desabrochado del uniforme. Su tono cambió, más oscuro, más peligroso.— ¿O es que alguien más intentó tocarte?
—N-nadie, señor.
La sonrisa que le siguió no fue amable. Fue posesiva. Animal.
—Bien. Porque si alguien lo hiciera, lo quemaría hasta las entrañas.
Sus dedos bajaron, rozando el cuello de tu camisa, trazando el borde del tejido con lentitud deliberada. No era un gesto amable; era una advertencia. Su control era férreo, y aun así, había deseo escondido en cada movimiento.
—Tú me perteneces cuando llevas este uniforme —dijo, su voz grave vibrando cerca de tu oído—. Cada soldado bajo mi mando lo sabe. Pero parece que tú todavía no lo entiendes.
El calor de su respiración te erizó la piel. Intentaste responder, pero su mano se deslizó por tu mandíbula, inmovilizándote.
—No hables —ordenó.
Su tono era fuego. Su mirada, una promesa peligrosa.
Por un instante, el mundo desapareció: solo quedaba el latido en tu garganta y la presión firme de su mano.
Y cuando finalmente se apartó, el silencio volvió a llenarlo todo.
Sakazuki volvió al escritorio, como si nada hubiera pasado.
—Te quiero mañana en mi despacho a primera hora. Con el uniforme limpio. —Su mirada te recorrió una vez más, lenta, devoradora.— Y sin marcas que no sean mías.
Te quedaste quieta, respirando con dificultad, sin saber si temerle o desear que esa orden nunca terminara.
El roce de sus dedos aún quemaba tu mandíbula. Saliste de la oficina sin un sonido, sintiendo la mirada de Sakazuki clavada en tu espalda hasta que la puerta se cerró.
La noche fue larga, cargada de una mezcla de adrenalina y temor. Limpiaste tu uniforme, pero no pudiste limpiar la imagen de sus ojos de tu mente. No pudiste olvidar el calor, la amenaza, la posesión descarada.
A la mañana siguiente, llegaste a su despacho cinco minutos antes de la hora. El uniforme estaba impecable, inmaculado, y no había rastro del rasguño del día anterior: lo habías cubierto con maquillaje base para que no hubiera más excusas.
Él no estaba en el escritorio. La oficina estaba extrañamente silenciosa.
De repente, la puerta de los dormitorios privados del Almirante se abrió, revelando a Sakazuki. Llevaba una camiseta blanca de entrenamiento y pantalones de pijama holgados. Su cabello estaba revuelto. El aspecto era menos de Almirante y más... íntimo. Peligroso.
—Has llegado. Cierra la puerta con llave.
Tu corazón se disparó. La voz no tenía el tono de mando naval, sino una orden susurrante. Dudaste, pero la presión invisible de su autoridad te obligó a girar la cerradura. El clic resonó como un disparo.
—Ayer te dije que me perteneces cuando llevas ese uniforme —murmuró, acercándose a ti. Su mano, que goteaba magma, se deslizó bajo tu barbilla—. Pero es evidente que el uniforme no es suficiente para que lo entiendas.
Su rostro se acercó. Podías sentir la temperatura radiante de su piel, el aliento caliente con olor a café.
—Quítatelo.
La orden fue brusca. La obediencia, automática. Tus dedos temblaron mientras desabrochabas los botones de la chaqueta.
—Lentamente —ordenó, observándote.
El uniforme cayó al suelo, seguido por la camisa. Te quedaste solo con la camiseta de tirantes que usabas debajo y la ropa interior. Intentaste cruzar los brazos sobre el pecho.
Sakazuki soltó un gruñido bajo y tomó tus muñecas con una sola mano, anclándolas sobre tu cabeza contra la pared fría.
—No te cubras de mí —Su voz era un ronroneo grave. Sus ojos bajaron a tu cuello, a la línea del tank top.
Su otra mano subió por tu costado, rozando la piel expuesta de tu cintura con su tacto ardiente, quemando el tejido de tu ropa. No era doloroso, pero era intensamente... caliente.
—Tú misma limpiaste tus marcas de ayer. Pero hoy... hoy recibirás mis marcas. Las que recuerdan a quién le perteneces, incluso sin el uniforme.
El Almirante se inclinó. No te besó. En cambio, su boca caliente y seca se clavó en la piel justo debajo de tu oreja. El mordisco no fue fuerte, pero fue lo suficientemente firme como para dejar un rastro rojo.
—Cuando la gente te vea, sabrá que yo te he reclamado.
Mientras decía esto, su mano libre comenzó a desabrochar el cierre de tus pantalones de uniforme, la lentitud una tortura.
—Pero no hay prisa —murmuró contra tu oído, su aliento acelerando tu pulso—. Esta oficina estará cerrada todo el día. Y tú... tú vas a aprender el verdadero significado de la Justicia Absoluta.
Y su boca se movió, bajando por tu cuello, dejando rastros de fuego sobre tu piel, una posesión que no podías rechazar.
