doflamingo

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Doflamingo x T/n, cargado de obsesión, manipulación y deseo enfermizo. Tono: dark romance / yandere / tensión psicológica + atracción peligrosa.

Te dije que no te fueras.

Su voz aún resonaba en tu cabeza. Grave. Amenazante. Tranquila… como el sonido de una cuerda tensa a punto de romperse.

Lo intentaste. Trataste de huir de él. Una vez. Solo una. Bastó para que te dieras cuenta de lo imposible que era.

Ahora estabas en una habitación enorme, vestida con seda fina que no habías pedido, con joyas en las muñecas que pesaban como cadenas. Y sabías que él estaba cerca. Siempre lo estaba.

Doflamingo entró sin tocar la puerta, como siempre. Su figura alta y su abrigo de plumas rosas llenaban el espacio como una sombra. Sus gafas ocultaban sus ojos, pero su sonrisa lo decía todo.

—Mi pequeña traidora —dijo con voz suave, acariciando tu mejilla con un dedo enguantado—. ¿Realmente pensaste que podías irte?

No respondiste. Él lo disfrutaba.

—No necesitás libertad —susurró, inclinándose más cerca—. Solo necesitás estar conmigo. Ser mía.

Su obsesión era un veneno dulce. Te odiabas por cómo tu corazón latía más fuerte cada vez que se acercaba. Por cómo tu cuerpo lo reconocía, incluso si tu alma gritaba por escapar.

—¿Sabés qué es lo más hermoso de vos, t/n? —preguntó, y sus dedos tomaron tu mentón con fuerza, obligándote a mirarlo—. Que todavía me mirás con miedo. Y eso... me enciende.

Monstruo.

Pero cuando rozó tus labios con los suyos, suave, casi reverente… te encontraste temblando.

No por el beso.

Sino por vos misma.

Porque te diste cuenta de algo terrible.

Una parte de vos… ya no quería irse.

Y Doflamingo… la observaba.

Sentado en su trono como un dios torcido, con una copa de vino rojo como sangre en la mano, la miraba mientras ella caminaba por la habitación con lentitud, como si no sintiera el filo de sus ojos en cada paso.

—Estás callada esta noche, mi reina —dijo con voz baja, peligrosa.

Mi reina.
Era su apodo favorito para ella. No importaba que la tratara como prisionera. Para él, eso no cambiaba nada. Para Doflamingo, una reina debía estar bajo su control… o no valía la pena poseerla.

T/n se detuvo frente a él. Con el mentón en alto, los ojos brillando con desafío.

—¿Qué pasaría si te beso yo esta vez? —susurró.

La copa de vino se detuvo en el aire. Silencio.

—¿Querés provocarme, amor? —murmuró él, dejando la copa a un lado—. Porque lo estás logrando.

Ella se inclinó, sin tocarlo, con los labios apenas a centímetros de los suyos.

—¿Y si no es provocación… sino estrategia?

La sonrisa de Doflamingo se ensanchó, afilada como un cuchillo.

—Oh… estás jugando un juego peligroso, t/n. No sabés en qué estás metida.

Ella sí lo sabía. Lo sentía en cada fibra de su ser. Pero también sabía algo más: el monstruo se había enamorado de su presa. Y eso le daba poder.

—Quizás no… —susurró, acercándose aún más, hasta que sus labios apenas rozaron los de él—. O quizás sé exactamente qué hacer para volverte loco.

Doflamingo la sujetó de la nuca, atrayéndola con fuerza. Pero no besó. Solo la sostuvo ahí, respirando contra sus labios, con la mandíbula tensa.

—Te voy a destruir si seguís así —advirtió, y sus palabras temblaban de deseo reprimido.

Ella sonrió, temblando también… pero no de miedo.

—Entonces hacelo.

Y cuando finalmente la besó, no fue suave.

Fue una declaración de guerra.

El beso se intensificó, dejando atrás la provocación para sumergirse en una necesidad mutua, aunque teñida de la posesión de él y la osadía de ella. Los labios de Doflamingo la reclamaban con una ferocidad contenida, como si cada centímetro de su boca debiera recordarle a quién pertenecía.
T/n respondió con una mezcla de desafío y una punzada de un deseo que comenzaba a florecer a pesar de las circunstancias. Sus manos subieron para enredarse en las plumas rubias de su abrigo, aferrándose mientras él profundizaba el beso, inclinándola hacia atrás.
Cuando se separaron, ambos jadeaban. Los ojos de Doflamingo brillaban con una intensidad oscura, recorriendo el rostro de t/n como si quisieran grabarla a fuego en su memoria.
—Te dije que estabas jugando con fuego —murmuró él, con la voz ronca.
—Y yo te dije que quizás me gusta quemarme —replicó ella, con los labios aún hinchados por el beso.
Él sonrió, una curvatura peligrosa que no llegaba a sus ojos. Con un movimiento rápido, la levantó en sus brazos, sin esfuerzo, y comenzó a caminar hacia el interior del palacio.
—Entonces, mi pequeña pirómana… veamos cuánto calor puedes soportar.
T/n no dijo nada, pero rodeó su cuello con los brazos, sintiendo el latido fuerte y rápido de su corazón contra su pecho. La tensión en el aire era palpable, una mezcla embriagadora de peligro y una atracción innegable.
La llevó a una habitación suntuosa, iluminada por la luz parpadeante de las velas. La depositó suavemente sobre una cama cubierta de sábanas de seda carmesí. Sus ojos nunca abandonaron los de ella.
Doflamingo se inclinó, apoyando una mano a cada lado de su cabeza, aprisionándola contra el colchón.
—Ahora estás donde quiero que estés, t/n. Completamente a mi merced.
Ella lo miró, sin rastro de miedo. En cambio, una chispa de desafío danzaba en sus pupilas.
—¿Estás seguro de eso, Doflamingo? ¿O quizás… ambos estamos exactamente donde queremos estar?
Él sonrió de nuevo, esa sonrisa afilada que le helaba la sangre y, al mismo tiempo, encendía algo profundo en su interior.
—Pequeña diablesa… me encantas.
Y con esa declaración, volvió a besarla. Esta vez, el beso fue más lento, más profundo, explorando cada rincón de su boca con una posesividad dulce y abrumadora. Sus manos viajaron, reclamando cada curva de su cuerpo bajo la tela de su vestido.
La noche se llenó de suspiros, roces y el eco silencioso de un juego peligroso que ambos estaban dispuestos a jugar hasta el final.

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