La luz del sol comenzó a iluminar el Valle de la Oscuridad, donde, hace solo unos momentos, había tenido lugar una batalla que determinaría el destino de dos mundos. José, Camila, Valeria y Diego se quedaron en silencio, observando cómo el aire se volvía más limpio, el cielo más azul, y cómo la sensación sofocante que había invadido Viracocha empezaba a desvanecerse. Ukhu Pacha había sido sellado una vez más, y el equilibrio estaba restaurado.
—Está hecho —murmuró José, aún arrodillado en el suelo, sintiendo una mezcla de alivio y agotamiento. Aunque el poder de las reliquias había sido lo suficientemente fuerte para vencer al Oscuro, la carga emocional y física de la batalla aún pesaba en sus hombros.
Camila se dejó caer a su lado, respirando con dificultad.
—No puedo creer que lo hayamos logrado —dijo, con una sonrisa cansada en su rostro—. Realmente lo hicimos.
Valeria y Diego, aunque igual de agotados, sonrieron también. Durante semanas habían sentido el peso de la responsabilidad, y ahora, finalmente, esa carga comenzaba a disiparse. Pero, aun así, algo en el aire no les permitía relajarse por completo.
—Sí, pero... —Valeria miró a su alrededor, su ceño fruncido—. ¿Por qué siento que algo falta?
Tupaq, quien se había acercado mientras ellos se recuperaban, asintió ante la observación de Valeria.
—Lo han hecho bien. Ukhu Pacha ha sido sellado de nuevo, pero el sello no durará para siempre. Aun así, han dado tiempo suficiente para que Viracocha recupere su equilibrio. Ahora, tanto este mundo como el suyo estarán a salvo... por un tiempo.
—¿Por un tiempo? —preguntó Diego, alarmado—. ¿No dijiste que lo habíamos sellado?
—Así es —respondió Tupaq—. Pero el caos nunca desaparece del todo. Siempre existe en algún lugar. Lo que han hecho es sellar a Ukhu Pacha una vez más, pero el equilibrio de los mundos depende de muchas fuerzas, y eventualmente, el caos intentará volver. Ese es el ciclo de la vida.
José se puso en pie, intentando procesar lo que Tupaq había dicho. Por un lado, habían logrado algo increíble, pero por otro, sabían que su misión como guardianes no había terminado por completo. Nunca lo haría.
—Entonces, ¿qué pasa ahora? —preguntó Camila, mirando a Tupaq con curiosidad—. ¿Volvemos al mundo humano y seguimos nuestras vidas como si nada hubiera pasado?
Tupaq sonrió ligeramente.
—Volverán, pero no será como si nada hubiera pasado. Han cambiado, y han cambiado este mundo. Siempre serán parte de Viracocha, guardianes de su equilibrio. La conexión con los elementos seguirá viva en ustedes, aunque ya no necesiten las reliquias para mantener ese poder.
José miró las reliquias que aún sostenían. Después de la batalla, parecían haberse apagado, perdiendo el brillo y la energía que antes emanaban de ellas.
—¿Qué pasa con las reliquias? —preguntó José, sosteniéndolas en su mano—. ¿Todavía las necesitamos?
—No —respondió Tupaq—. Las reliquias han cumplido su propósito. Ahora, su poder vuelve a los elementos, a la naturaleza. El vínculo que han creado con ellos permanecerá, pero ya no necesitarán los objetos físicos. Su conexión es más profunda que eso.
Valeria observó cómo la reliquia de la tierra en su mano comenzaba a desintegrarse lentamente en polvo brillante, que se disolvía en el aire, regresando al suelo. Los otros hicieron lo mismo. Las reliquias se desvanecieron, regresando a los elementos de los cuales habían sido forjadas, mientras una brisa suave acariciaba sus rostros.
—Entonces, esto es realmente el final —murmuró Diego, observando cómo la última chispa de su reliquia desaparecía en el aire.
—El final de esta batalla, sí —dijo Tupaq—. Pero su papel como Cuatro del Sol sigue vivo. Han restaurado el equilibrio, pero siempre serán guardianes de este mundo y del suyo. Cuando Viracocha o el Amazonas necesiten su ayuda, sentirán el llamado de los elementos. Nunca estarán verdaderamente separados de esta tierra.
El grupo asintió, comprendiendo lo que Tupaq decía. Sabían que, aunque regresaran al mundo humano, algo en ellos había cambiado para siempre. Ya no eran los mismos adolescentes que habían llegado a la selva amazónica semanas atrás. Habían enfrentado pruebas inimaginables, dominado los elementos, y derrotado a una fuerza antigua de caos. Y aunque el camino había sido difícil, lo habían hecho juntos.
—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó José.
Tupaq señaló hacia el horizonte, donde una pequeña abertura en el aire comenzaba a formarse. Era el portal, la misma puerta por la que habían llegado a Viracocha.
—El portal se ha abierto de nuevo —explicó Tupaq—. Deben regresar a su mundo. Allí, su vida continuará, pero llevarán consigo lo que han aprendido aquí. Y recuerden, siempre podrán sentir la presencia de Viracocha. Aunque no puedan volver físicamente, estarán conectados a este mundo para siempre.
José, Camila, Valeria y Diego intercambiaron miradas. Sabían que era hora de regresar, pero también sabían que no sería fácil dejar atrás Viracocha, un lugar que ahora sentían como parte de ellos.
—¿Volveremos a verte? —preguntó Valeria, mirando a Tupaq con un atisbo de tristeza.
Tupaq sonrió con calidez.
—Siempre que escuchen el viento, sientan la tierra bajo sus pies, vean las llamas danzando o sientan la frescura del agua, estarán conectados conmigo. Mi espíritu vive en los elementos, y siempre estaré presente en ellos.
El grupo se acercó al portal, sus corazones llenos de gratitud y nostalgia. Sabían que estaban dejando atrás un lugar mágico, pero también comprendían que lo llevaban consigo.
—Gracias por todo, Tupaq —dijo José, antes de dar el primer paso hacia el portal.
—Cuídense unos a otros —respondió Tupaq, mientras las luces del portal brillaban con mayor intensidad—. Y nunca olviden que, en ambos mundos, son los guardianes del equilibrio.
Uno por uno, los Cuatro del Sol cruzaron el portal, sintiendo cómo el aire a su alrededor cambiaba mientras viajaban entre los mundos. El brillo los envolvió, y durante un momento, todo quedó en silencio.
De Vuelta al Amazonas
El sol caía lentamente sobre el horizonte cuando el grupo apareció de nuevo en la selva amazónica. El calor húmedo y los sonidos familiares de la jungla los rodeaban, pero algo se sentía diferente. Ya no eran simples visitantes de la selva. Sentían que pertenecían a este lugar de una manera que no podían describir con palabras.
—Estamos de vuelta —dijo Diego, mirando a su alrededor.
—Sí —respondió José—, pero no somos los mismos.
Camila asintió.
—Todo esto parece... tan real y tan irreal al mismo tiempo. Como si hubiéramos vivido una vida completamente diferente en Viracocha.
Valeria miró hacia los árboles, sintiendo el viento soplar suavemente entre las hojas. Aunque estaban de vuelta en su mundo, sabían que siempre habría una parte de ellos en Viracocha, en los elementos que los rodeaban.
—Entonces, ¿qué hacemos ahora? —preguntó Diego.
—Vivimos nuestras vidas —respondió José, sonriendo—. Pero siempre recordando que somos los guardianes. Y que, si alguna vez necesitamos volver a luchar por el equilibrio, estaremos listos.
El grupo comenzó a caminar hacia el campamento de su tío Carlos, sabiendo que, aunque la aventura en Viracocha había llegado a su fin, su conexión con los elementos y con ese mundo nunca desaparecería. Siempre serían los Cuatro del Sol, los guardianes del equilibrio, preparados para proteger la naturaleza y la armonía entre los mundos.
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Los Guardianes del Amazonas
Fantasía"Cuando el destino del multiverso depende del equilibrio, solo los elegidos por los elementos podrán restaurar la vida." "Los Guardianes del Amazonas" es una novela de fantasía que sigue a cuatro adolescentes peruanos, José, Camila, Valeria y Diego...