El Tiempo en Ruinas

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La realidad en Urfala era como un rompecabezas fracturado. A medida que los Cuatro del Sol avanzaban hacia la oscura torre, el paisaje a su alrededor cambiaba constantemente. Una vez, pasaron por un bosque verde y vibrante que, en un abrir y cerrar de ojos, se marchitó y se convirtió en una extensión desolada de árboles muertos. El suelo bajo sus pies parecía moverse por sí solo, a veces empujándolos hacia el futuro, otras veces arrastrándolos hacia un pasado que no era suyo.

—Este lugar no sigue ninguna regla —dijo Diego, ajustando su paso mientras un viento inestable soplaba desde diferentes direcciones a la vez—. El tiempo aquí está colapsando.

José observó la torre oscura en el horizonte, su estructura parecía cambiar de forma constantemente, como si no pudiera decidir en qué momento existir.

—Kharon está jugando con el ciclo de este mundo. Si no lo detenemos pronto, Urfala será destruido por completo —dijo con gravedad.

Valeria, siempre conectada con la tierra, se agachó y tocó el suelo, tratando de sentir la estabilidad que tanto anhelaba.

—Es como si la tierra misma estuviera atrapada entre el pasado y el futuro, y no pudiera encontrar el presente. Este lugar no puede sobrevivir mucho más así.

Camila, con las llamas ardientes en sus manos, apretó los puños.

—Bueno, entonces debemos darnos prisa y acabar con Kharon antes de que este mundo se desplome por completo.

Mientras continuaban su marcha hacia la torre, el aire alrededor de ellos se llenaba de una energía pesada, como si la misma realidad estuviera tensándose. En las alturas, las grietas en el cielo se expandían, emitiendo ráfagas de energía que causaban distorsiones temporales aún más pronunciadas.

De repente, el terreno frente a ellos se sacudió violentamente, y una serie de figuras emergieron del suelo. Eran seres hechos de sombras, con cuerpos alargados y rostros sin forma. Moviéndose con rapidez, rodearon a los Cuatro del Sol, como si estuvieran esperando la orden para atacar.

—¡Más esbirros de Kharon! —gritó Camila, lanzando una ráfaga de fuego hacia las criaturas.

Los seres se movieron con una velocidad aterradora, esquivando las llamas mientras se deslizaban alrededor del grupo. Uno de ellos se abalanzó sobre Valeria, pero ella golpeó el suelo con fuerza, levantando una pared de roca que lo bloqueó.

—Estas criaturas no son naturales —dijo Valeria, mientras los observaba moverse con una velocidad casi antinatural—. Son como ecos de un tiempo que no pertenece a este mundo.

José asintió, concentrando el agua que lo rodeaba en una barrera líquida.

—Kharon está usando estos seres para mantenernos ocupados. No podemos dejar que nos retrasen.

Diego, siempre conectado con el viento, alzó las manos y desató una ráfaga que envolvió a las sombras en un torbellino, levantándolas del suelo.

—Si el viento no puede atraparlos, nada lo hará —dijo, mientras las criaturas luchaban por liberarse de la tormenta de viento.

Camila, aprovechando la oportunidad, envió una columna de fuego que atravesó el torbellino, consumiendo a las sombras en llamas purificadoras. En cuestión de segundos, las criaturas se disolvieron, dejando solo cenizas flotando en el aire.

—Eso fue fácil —dijo Camila, con una sonrisa desafiante—. Pero Kharon no se detendrá con solo enviarnos unos cuantos esbirros.

José asintió, con los ojos fijos en la torre.

—Estamos cerca. Lo que viene será mucho más peligroso.

La Torre de los Tiempos Rotos

Los Guardianes del AmazonasDonde viven las historias. Descúbrelo ahora