22

131 12 0
                                        

Jim

Había perdido a mi mejor amigo. El dolor era indescriptible, una punzada constante en el pecho que no me dejaba respirar. Esperé a que anocheciera para llevarlo a la nave y reportar su muerte, con la esperanza de darle el funeral que se merecía.

Cuando llegué con el cuerpo sin vida de Huesos en brazos, Spock ya estaba allí, esperándome. Sus ojos, siempre tan llenos de lógica y control, reflejaban algo más… ¿pena? No me dejó enfrentar aquello solo. Sin decir una palabra, me tomó por los hombros y me alejó mientras los médicos se llevaban el cuerpo.

—Lo perdí, Spock… y no pude hacer nada —murmuré, aferrándome a él como si fuera mi única ancla.

El calor de su abrazo me sostuvo.

—Siempre estará contigo, Jim. No físicamente, pero aquí —dijo, colocando una mano sobre mi corazón—. Huesos no te dejaría nunca.

Mis lágrimas caían sin cesar. Era un océano que no podía contener. Spock, en su infinita lógica, supo qué hacer. Con su técnica Vulcana, me indujo el sueño, dándome un respiro en medio de mi desesperación.

La flota entera estaba de luto. Todas las misiones fueron suspendidas. El funeral fue solemne, digno, pero no logró apagar el vacío. La nave, nuestra Enterprise, nunca volvió a sentirse igual.

Una noche, mientras trabajaba en el escritorio de nuestra habitación, sentí su mirada fija en mí. Spock estaba detrás, observándome con esa intensidad que sólo él tenía.

—¿Qué haces, capitán? —preguntó, aunque sabía la respuesta.

—Reportes —respondí seco, sin apartar la vista de la pantalla.

—Jim… ¿qué tienes? —insistió con suavidad.

—Nada. ¿Por qué?

No podía engañarlo. Me conocía demasiado bien. Se acercó, rodeándome con sus brazos desde atrás.

—Dime, esposo mío, ¿qué te agobia tanto? —murmuró junto a mi oído.

No pude mentirle. Sus palabras eran un refugio al que no podía resistirme.

—Han pasado siete años desde que perdimos a Huesos. La nave ya no se siente como antes. No sabía cómo decirte esto, pero… quiero solicitar mi ascenso a vicealmirante. Tendría más tiempo para nosotros, para nuestros hijos. Quizá podríamos asentarnos en la Tierra o en Nuevo Vulcano.

Lo dije casi sin aliento, esperando su respuesta. Spock guardó silencio por un momento antes de hablar.

—Es una idea lógica. Yo también lo he considerado. Quizá sea tiempo de asumir el puesto de mi contraparte en el Alto Consejo Vulcano —respondió, su tono bajo y tranquilizador.

Sonreí, sintiendo por primera vez en años un atisbo de paz.

—Me parece perfecto, cariño —respondí, levantándome para besarlo.

—Ya es hora de descansar, Jim. Lo necesitas —dijo con su característica serenidad, llevándome a la cama.

Esa noche dormí profundamente, abrazado por su calidez, mientras él revisaba documentos en silencio.

Dos semanas después, mi solicitud fue aceptada. El nombramiento como vicealmirante sería en Yorktown. Aunque era un logro, dejar la Enterprise fue desgarrador. Cada rincón de esa nave estaba impregnado de recuerdos.

Pero Spock y yo iniciamos una nueva etapa. Compramos una casa en la Tierra, donde comenzamos a criar a nuestros hijos. Aunque el tiempo pasaba, nuestra conexión se mantenía firme, como el pilar que sostenía todo.

Un siglo después

Los años nos habían alcanzado, aunque lentamente. Spock seguía siendo un gran embajador, y yo, un almirante reconocido. Pero la vida no estuvo exenta de pérdidas y desafíos. Tuvimos cinco hijos, aunque sufrimos dos abortos espontáneos que dejaron cicatrices en nuestras almas.

Cuando Spock partió, sentí que una parte de mí se había ido con él. Siempre pensé que yo partiría primero, pero su lógica no pudo vencer al destino. Aun así, vivió lo suficiente para ver a todos sus hijos casarse, aunque no llegó a conocer a algunos de nuestros bisnietos.

Veinte años después, sabía que mi hora también había llegado.

—Papá, no quiero que te vayas —dijo Kira, mi hija menor, con lágrimas en los ojos.

—Mi niña… tú mejor que nadie sabes cuánto sufrimos tu padre y yo. Ahora es momento de reunirme con él. Los amaré a todos por siempre —le dije con una sonrisa serena.

Cuando cerré los ojos, lo vi esperándome. Volvimos a ser jóvenes, sin arrugas ni pesares.

—Te extrañé demasiado —dije, tomando su mano mientras caminábamos entre nubes.

—Tu lógica es innegable, esposo mío —respondió con esa calma que tanto amaba.

Narrador

Finalmente, después de tantas pruebas y despedidas, Jim y Spock encontraron la eternidad juntos. La fuerza de su amor trascendió tiempo y espacio, dejándolos unidos para siempre, entre las estrellas que tanto amaron.






Fin.

A TU LADODonde viven las historias. Descúbrelo ahora