Una Noche Inolvidable

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-Lo narrado a continuación ocurre cuando Max y Sergio tenían un par de meses de ser novios-

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La luna brillaba en el cielo despejado mientras Max seguía a Sergio por los jardines del palacio. El corazón de Max latía con fuerza, tanto por la emoción de estar con Sergio como por el nerviosismo de ser descubierto. 

—¿Estás seguro de esto? —susurró Max, mirando a su alrededor como si esperara ver a un guardia aparecer en cualquier momento. 

Sergio, que caminaba con una sonrisa traviesa, se detuvo para mirarlo. 
—Claro que sí. Es mi casa, ¿qué podría salir mal? 

—¿Qué podría salir mal? —repitió Max, incrédulo. 
—¿Y si tus hermanos nos ven? Fernando me colgaría, y Carlos probablemente cavaría mi tumba con sus propias manos. 

Sergio soltó una carcajada, tomando la mano de Max para tranquilizarlo. 
—Nadie nos verá, y aunque lo hagan, no van a hacer nada. Confía en mí. 

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Una vez dentro, Sergio cerró con cuidado la puerta de su habitación y encendió una pequeña lámpara. Max miró alrededor con curiosidad, admirando el estilo elegante y personal de la habitación de Sergio. 

—Bueno, aquí estamos. ¿Contento? —preguntó Sergio con una sonrisa mientras se sentaba en la cama. 

Max asintió, aliviado de estar fuera del alcance de los ojos vigilantes del resto del palacio. 
—Mucho. Pero todavía no puedo creer que me convenciste de hacer esto. 

Sergio se inclinó hacia él, mirándolo con ternura. 
—Es porque sabes que no puedes decirme que no. 

Max suspiró, rendido, y se tumbó junto a Sergio. La noche transcurrió tranquila, con risas suaves y susurros, hasta que ambos se quedaron dormidos abrazados. 

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El sol apenas había salido cuando Carlos, como de costumbre, fue a despertar a Sergio. Golpeó la puerta dos veces antes de entrar, como siempre hacía. 

—Sergio, despierta. Es hora de desayunar. 

Sergio abrió los ojos lentamente, aún adormilado, cuando de pronto escuchó un golpe sordo bajo la cama. Con horror, recordó que Max estaba allí. 

—¡Espera, Carlos! —gritó Sergio, intentando detenerlo mientras su hermano se acercaba a la cama. 

Carlos levantó una ceja, cruzándose de brazos. 
—¿Por qué estás tan nervioso? 

Debajo de la cama, Max trataba de contener la respiración.

—Nada... nada. Es que... bueno, ¡buenos días! —Sergio intentó distraerlo, pero Carlos simplemente suspiró. 

—Dile a Max que puede salir. No voy a arrancarle la cabeza. Hoy no, al menos. 

Los ojos de Sergio se abrieron de par en par. 
—¿Cómo sabes que está aquí? 

Carlos se encogió de hombros. 
—Por favor, hermanito. Crees que no escuché cuando lo ayudaste a entrar anoche. 

Bajo la cama, Max murmuró en voz baja: 
—Estoy muerto. Este es mi fin. 

Carlos se acercó a la puerta y, antes de salir, agregó con una sonrisa sarcástica: 
—Ah, y dile a tu novio que lo espero en el comedor para desayunar. Ya que está aquí, al menos puede acompañarnos. 

Sergio convenció a un avergonzado Max de salir de la habitación, asegurándole que nadie iba a atacarlo. Sin embargo, Max seguía tenso mientras caminaban hacia el comedor. 

Cuando llegaron, Fernando ya estaba sentado con una taza de café en la mano, mientras los padres de Sergio leían tranquilamente el periódico. Al ver entrar a Max, nadie pareció sorprendido. 

—Buenos días, Max —dijo Fernando, alzando una ceja. 
—Espero que hayas dormido bien. 

Max tragó saliva, mirando a Sergio en busca de ayuda. 
—Eh... sí, gracias. 

Carlos sonrió mientras se servía un poco de fruta. 
—La próxima vez, usa la puerta principal. No necesitamos más espectáculos nocturnos. 

El rostro de Max se puso rojo, y Sergio, tratando de aliviar la tensión, se rió suavemente. 
—No fue tan escandaloso. 

Fernando apoyó un codo en la mesa, mirando a Max. 
—Solo te diré esto: cuida bien a mi hermano. Porque si algo le pasa, te arrepentirás de haber puesto un pie en este palacio. 

Max asintió rápidamente, sin saber si Fernando bromeaba o hablaba en serio. Pero cuando miró a Sergio, quien le sonreía con dulzura, supo que valía la pena enfrentarse a cualquier cosa por él.

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La Joya de La CoronaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora