Una Primera Cita Real

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La invitación de Max había sido clara pero inesperada: una cena privada en uno de los restaurantes más exclusivos del principado de Mónaco. Cuando Sergio recibió el mensaje, su corazón dio un vuelco. Era la primera vez que alguien fuera de su círculo real lo invitaba a una cita, y aunque estaba emocionado, los nervios lo consumían. 

Por su parte, Max no estaba menos inquieto. Había reservado una mesa en una terraza con vista al puerto, un lugar lo suficientemente discreto para evitar la atención de los medios, pero elegante como para impresionar al príncipe. Esa noche, mientras ajustaba su traje frente al espejo, se encontró murmurando para sí mismo: 
—Tranquilo, Max. Es solo una cena… con el príncipe más hermoso que has conocido. 

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Cuando Sergio llegó al restaurante, acompañado por un par de guardias que esperaron en la entrada, Max sintió que el aire se detenía. Sergio llevaba un traje azul claro que resaltaba sus ojos y pecas, y su cabello estaba peinado con un aire casual que lo hacía lucir aún más adorable. 

—Hola, Max —dijo Sergio, con una sonrisa tímida, mientras jugueteaba con los puños de su chaqueta. 
—Hola, Sergio. Te ves… increíble —respondió Max, sintiendo que sus mejillas se calentaban. 

Sergio rió suavemente, claramente nervioso también, y juntos se dirigieron a la mesa. 

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La cena comenzó con conversaciones ligeras, aunque los nervios eran palpables. Sergio, acostumbrado a la formalidad de los banquetes reales, no sabía cómo comportarse en un entorno tan íntimo. Max, acostumbrado a la intensidad de las carreras, no podía evitar preocuparse por cada palabra que decía. 

—Entonces, ¿te gusta Mónaco? —preguntó Max, tratando de romper el hielo. 
—Es hermoso. Aunque… siento que todos me miran demasiado cuando camino por las calles —respondió Sergio, riendo suavemente. 
—Bueno, es difícil no mirarte —murmuró Max sin pensar. 

Sergio lo miró, sorprendido, y luego apartó la vista con un rubor evidente. 
—Eres muy amable… 

Max se dio cuenta de lo que había dicho y se apresuró a añadir: 
—Lo siento, no quería incomodarte. Es solo que… bueno, es la verdad. 

Ambos rieron nerviosamente, y el ambiente comenzó a relajarse. 

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Conforme avanzaba la noche, sus nervios se transformaron en una conversación fluida. Hablaron sobre sus infancias, sus responsabilidades y sus sueños. Sergio compartió anécdotas sobre las travesuras que hacía en el palacio, mientras Max le contaba historias de sus primeras carreras y de lo aterrador que fue conducir un coche de Fórmula 1 por primera vez. 

—¿Sabes? —dijo Sergio, apoyando la barbilla en su mano mientras lo miraba con interés—. Nunca imaginé que un piloto pudiera ser tan… apasionado. 

—Y yo nunca imaginé que un príncipe pudiera ser tan genuino —respondió Max, su tono más suave de lo habitual. 

La intensidad en los ojos azules de Max hizo que Sergio desviara la mirada, sintiéndose más nervioso que nunca. 

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Cuando llegó el postre, un exquisito soufflé de chocolate, Sergio tomó valor y preguntó: 
—Max… ¿Por qué me invitaste a salir? 

Max dejó la cuchara a un lado, inclinándose ligeramente hacia adelante. 
—Porque no podía dejar de pensar en ti desde el momento en que te vi. Nunca me había sentido así por nadie, Sergio. Quería conocerte, estar cerca de ti. 

El príncipe sintió que su corazón latía desbocado. Nunca había escuchado algo tan directo, pero a la vez tan sincero. 
—Yo… tampoco he dejado de pensar en ti —admitió en voz baja, con una sonrisa tímida. 

Max tomó un sorbo de agua, intentando calmar la emoción que lo invadía. 
—Entonces… ¿podría invitarte a una segunda cita? —preguntó con una sonrisa torcida que Sergio encontró irresistible. 

Sergio rió, sus nervios desvaneciéndose por completo. 
—Me encantaría. 

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Cuando la cena terminó y Max lo acompañó hasta el coche que lo llevaría de regreso al lugar donde se estaba quedando, ambos se miraron, sintiendo que algo especial había comenzado esa noche. 

—Gracias por esta noche, Max. La pasé muy bien —dijo Sergio, con una sonrisa genuina. 
—El placer fue mío, Sergio. Nos vemos pronto, ¿verdad? —respondió Max, mientras se inclinaba ligeramente, sin atreverse aún a hacer algo más atrevido. 

Sergio asintió antes de subir al coche, mirando a Max una última vez antes de que la puerta se cerrara. Mientras el coche se alejaba, Max se quedó en la acera, con una sonrisa que no podía borrar. 

Y en el interior del coche, Sergio acarició su brazalete, recordando cada momento de la noche. Ambos sabían que su historia apenas comenzaba.

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La Joya de La CoronaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora