Celos y Etiquetas

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El salón de eventos del gran palacio real era majestuoso, iluminado por candelabros que pendían del techo como estrellas. Las paredes estaban adornadas con tapices antiguos, y una orquesta tocaba suavemente en un rincón, llenando el ambiente con música clásica. Max nunca había sido fanático de estos eventos. No era que no los respetara, pero sentía que su lugar estaba en las pistas de carreras, no en los salones opulentos donde todo parecía brillar más que él.

Sin embargo, ahí estaba, vestido impecablemente con un traje que Sergio había elegido para él. El príncipe Sergio caminaba a su lado con esa elegancia innata que lo hacía destacar en cualquier lugar. Su porte, su sonrisa y, ahora, la pequeña curva de su vientre, símbolo de su embarazo, parecían captar la atención de todos en la sala.

Max miró a su esposo, intentando no parecer demasiado nervioso. No podía evitar pensar en lo poco que encajaba allí. Pero había una razón por la que había aceptado asistir: Sergio. Lo haría por él, como siempre lo hacía.

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Apenas entraron al salón, Sergio fue el centro de atención inmediata. Personas de todas las edades, desde miembros de la nobleza hasta invitados extranjeros, se acercaron para felicitarlo por el embarazo. Las mujeres lo llenaban de preguntas sobre cómo se sentía, mientras los hombres ofrecían palabras de admiración y buenos deseos.

—Príncipe Sergio, qué honor tenerlo aquí. Se ve radiante —dijo una mujer mayor, inclinándose levemente.

—Gracias, señora Clermont. Ha sido un embarazo bastante tranquilo, pero este pequeño ya parece tener tanta energía como su padre —respondió Sergio con una sonrisa cálida, acariciando su vientre con delicadeza.

Max, que estaba de pie junto a él, observó cómo la multitud seguía aumentando a su alrededor. Intentó mantener la calma, pero algo en su pecho comenzó a apretarse. Claro, pensó, ¿quién no querría estar cerca de Sergio? Es perfecto.

Poco a poco, Max comenzó a sentirse invisible. Mientras los invitados se dirigían exclusivamente a Sergio, lo ignoraban por completo o, en el mejor de los casos, le lanzaban un saludo superficial antes de volver a concentrarse en su esposo. Max intentaba mantenerse sereno, pero el zumbido constante de conversaciones y risas alrededor de Sergio lo estaba poniendo cada vez más incómodo.

Uno de los momentos que lo colmó fue cuando un joven noble se acercó demasiado, extendiendo su mano para tocar el vientre de Sergio sin siquiera pedir permiso.

—¿Puedo? —preguntó, pero no esperó respuesta.

Max frunció el ceño, avanzando un paso y colocando su mano suavemente sobre el hombro de Sergio, como si marcara territorio.

—Creo que deberías preguntar antes de hacer algo así —dijo Max con una sonrisa tensa.

El joven retrocedió ligeramente, algo avergonzado, mientras Sergio, siempre diplomático, respondía con tranquilidad:

—Está bien, cariño. No pasa nada.

Max intentó calmarse, pero cada vez que alguien más se acercaba demasiado o reía un poco más de lo necesario en respuesta a algo que Sergio decía, sentía cómo los celos lo consumían. No era que dudara de Sergio ni un solo momento, pero la forma en que todos lo idolatraban lo hacía sentir... pequeño.

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Cuando finalmente llegó la hora de la cena, Max suspiró aliviado. Al menos ahí podría estar más cerca de Sergio sin que lo apartaran. La mesa era enorme, decorada con arreglos florales exquisitos y cubiertos de plata. Sergio se sentó en el lugar de honor, como correspondía, y Max ocupó el asiento a su lado. Sin embargo, el alivio de estar juntos duró poco.

El problema comenzó cuando llegaron los primeros platos. Sergio le había dado a Max una breve lección sobre modales en la mesa antes de asistir al evento, pero entre el estrés del momento y su incomodidad general, Max lo olvidó todo.

Cuando le sirvieron la sopa, Max, distraído por la conversación de Sergio con los invitados, tomó la cuchara de manera incorrecta. En lugar de llevársela hacia él, como dictaban las reglas de etiqueta, la hundió directamente y salpicó un poco del líquido en el mantel.

—¡Ah, lo siento! —dijo rápidamente, tratando de limpiar con la servilleta.

Los ojos de Sergio se posaron en él, pero no había juicio en ellos, solo una leve sonrisa. Max se sonrojó, intentando disimular su error.

El segundo plato no fue mejor. Mientras todos cortaban delicadamente sus carnes, Max, acostumbrado a cenas más informales, aplicó demasiada fuerza al cuchillo y el sonido metálico resonó en la mesa, llamando la atención de los comensales más cercanos.

Max bajó la mirada, sintiéndose más fuera de lugar que nunca. Para colmo, mientras intentaba beber de su copa de vino, terminó dejando una pequeña marca en su camisa.

—Estoy arruinando esto —murmuró Max en voz baja, lo suficiente para que Sergio lo escuchara.

Sergio, que hasta ese momento había estado conversando con un invitado a su lado, se giró hacia Max. Sin decir nada, colocó su mano suavemente sobre la de él, apretándola con ternura.

—No estás arruinando nada, cariño. Estás aquí conmigo, y eso es todo lo que importa.

Max levantó la mirada, encontrando los ojos de Sergio. Había tanta calidez y amor en ellos que sus nervios comenzaron a desvanecerse. Sergio siempre sabía exactamente qué decir para calmarlo.

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Después de la cena, hubo un breve descanso antes de los discursos. Sergio aprovechó el momento para apartar a Max hacia uno de los balcones. La brisa nocturna era fresca, y las luces de la ciudad brillaban en la distancia.

—¿Estás bien? —preguntó Sergio, girándose hacia Max.

Max suspiró, apoyándose en la barandilla. —No sé cómo haces esto, Sergio. Todos te adoran, y con razón, pero yo... siento que no encajo. Cometo errores, digo las cosas mal. Ni siquiera sé cómo usar un cuchillo en estas cenas.

Sergio se acercó, colocando una mano en su mejilla y obligándolo a mirarlo.

—Max, no necesitas encajar en este mundo. Tú eres tú, y eso es todo lo que necesito. No estás aquí para ser perfecto; estás aquí porque te amo. Y aunque me enseñaste mucho sobre la pista, yo puedo enseñarte sobre estas cosas. Es un intercambio justo, ¿no crees?

Max dejó escapar una pequeña risa, relajándose un poco. —Supongo que sí. Pero sigue siendo difícil verte rodeado de tantas personas que parecen adorarte más que yo.

Sergio frunció el ceño, acercándose aún más. —Eso es imposible. Nadie en esta sala, ni en el mundo, me ama como tú. Y nadie podría ocupar tu lugar.

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Cuando los discursos terminaron y el evento llegó a su fin, Max y Sergio se retiraron juntos, Sergio recostando su cabeza en el hombro de Max mientras caminaban hacia su carruaje.

—¿Sabes? Hiciste un excelente trabajo hoy —dijo Sergio, rompiendo el silencio.

Max levantó una ceja, divertido. —¿Incluso con mi desastre en la mesa?

—Especialmente con eso. Fue adorable —respondió Sergio, sonriendo—. Me recordaste que no importa lo elegantes que sean estos eventos, lo más importante es que estoy contigo.

Max le dio un beso en la frente, sintiendo cómo su incomodidad se desvanecía por completo. Tal vez estos eventos no eran tan terribles si Sergio estaba a su lado.

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La Joya de La CoronaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora