El Príncipe Dramático

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El invierno había llegado al palacio, trayendo consigo las festividades, la nieve, y, desafortunadamente, una fuerte gripe que atrapó al príncipe Sergio. Todo comenzó con un simple estornudo en el desayuno, pero en cuestión de horas, Sergio ya estaba acurrucado en la cama con una montaña de pañuelos a su alrededor, quejándose como si estuviera enfrentando una enfermedad mortal. 

Max, quien estaba supervisando unos documentos en su oficina, fue alertado de la “crisis” cuando uno de los asistentes del palacio irrumpió con preocupación. 
—Su Alteza no se siente bien, señor. Está pidiendo su presencia con urgencia. 

Max dejó todo y corrió al dormitorio de Sergio, donde lo encontró envuelto en mantas hasta el cuello, con los gemelos, Alexander y Sofía, intentando subir a la cama para acompañarlo. 

—¡Max! —gimió Sergio, extendiendo una mano hacia él como si estuviera al borde de la muerte—. Creo que estos son mis últimos días... 

Max reprimió una sonrisa mientras se sentaba en el borde de la cama, colocando una mano en la frente de Sergio. 
—No tienes fiebre, cariño. Probablemente solo sea un resfriado. 

—¡No me digas eso! ¿Y si es algo peor? ¿Qué será de ti y de los niños sin mí? —Sergio dramatizaba mientras los gemelos asentían, preocupados por su padre. 

Max suspiró y llamó al médico del palacio para asegurarse de que no fuera nada grave. 

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El doctor llegó rápidamente, acompañado por los hermanos de Sergio, Fernando y Carlos, quienes habían recibido noticias del estado del príncipe y no podían perder la oportunidad de verlo en su modo más dramático. 

Tras una revisión rápida, el médico sonrió tranquilizadoramente. 
—Es solo una gripe común. Con descanso, líquidos y cuidados, estará bien en unos días. 

Fernando se cruzó de brazos, sonriendo de lado. 
—Así que no estás en tu lecho de muerte, hermanito. Qué alivio. 

—¿No ves que estoy sufriendo? —respondió Sergio, mirándolo con reproche. 

Carlos rió, dándole un golpe ligero en el hombro a Fernando. 
—Recuerdo cuando tenía siete años y se resfrió después de jugar en la nieve. Juraba que no llegaría a su cumpleaños porque "el frío se lo estaba llevando". Mamá tuvo que hacerle sopa por semanas para calmarlo. 

—¡Eso fue real! —protestó Sergio, haciendo que todos en la habitación estallaran en risas. 

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A pesar de la tranquilidad del médico, Max no podía evitar preocuparse por su esposo. Decidió que ese día dejaría todos sus pendientes para quedarse a cuidarlo. Los gemelos, siempre energéticos y dispuestos a ayudar, se convirtieron en los asistentes más tiernos. 

—Papá, ¿quieres agua? —preguntó Sofía, subiendo a la cama con un vaso que claramente había llenado ella misma. La mitad del agua estaba derramada en el camino, pero el gesto derretía corazones. 

—Yo le traje su manta favorita —anunció Alexander, colocando una pequeña manta sobre los pies de Sergio, aunque ya estuviera cubierto por tres más. 

Sergio sonrió débilmente, abrazando a sus hijos. 
—Son los mejores doctores que podría tener. 

Mientras tanto, Max se encargaba de mantenerlo cómodo. Le llevó su té preferido, lo ayudó a acomodarse entre las almohadas y permaneció a su lado, acariciándole el cabello mientras Sergio cerraba los ojos. 
—Gracias por cuidarme, Max —susurró Sergio con una voz suave—. Aunque esto sea el final, estoy feliz de tenerte aquí. 

Max suspiró, con una sonrisa indulgente. 
—Cariño, no te estás muriendo. Es solo un resfriado. 

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Más tarde esa noche, mientras los niños dormían y Sergio descansaba, Carlos y Fernando se quedaron en la sala con Max, recordando más anécdotas del “pequeño Sergio dramático”. 

—¿Te contó cuando tenía diez años y se raspó la rodilla? —empezó Carlos—. Lloró tanto que mamá tuvo que llamar al médico. Resultó ser un raspón minúsculo, pero él decía que nunca volvería a caminar. 

—Y cuando se enfermó por comer demasiados dulces en Navidad —agregó Fernando, riendo—. Estuvo todo el día en cama diciendo que el azúcar lo estaba envenenando. 

Max no pudo evitar reír con ellos, aunque seguía preocupado por Sergio. 
—Es increíble que sea tan dramático siendo un príncipe. 

—Es su forma de conseguir atención —dijo Carlos, encogiéndose de hombros—. Siempre lo ha sido. Y, para ser justos, nunca le decimos que no. 

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Cuando Sergio despertó al día siguiente, se encontró con Max y los gemelos sentados a su lado, esperándolo con el desayuno. Habían preparado un plato con fruta, tostadas y una pequeña nota escrita por Sofía: "Para que te pongas mejor pronto, papá". 

—Gracias, mis amores —dijo Sergio, emocionado por el gesto. 

Max le dio un beso en la frente. 
—Solo queremos que te recuperes rápido. Aunque... tal vez disfrutes demasiado ser mimado. 

Sergio se recostó nuevamente, sonriendo con satisfacción. 
—¿Y quién no lo haría? Tengo a la mejor familia del mundo. 

Max sabía que Sergio podía ser dramático, pero no podía negar que adoraba cuidarlo. Para él, ver a su esposo feliz y rodeado de amor era lo más importante. Y aunque los hermanos de Sergio siguieran burlándose de su dramatismo, todos sabían que Sergio siempre sería el consentido de la familia. 

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La Joya de La CoronaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora