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Una semana después de aquella noche en el estadio, Tweek intentaba aparentar que todo estaba bien. Pero la realidad era otra. Desde que lo dejó con los góticos, algo había cambiado. Craig no lo había llamado, ni enviado un mensaje, ni siquiera una mirada en los pasillos de la escuela. El silencio era insoportable, y cada día que pasaba, esa distancia lo consumía más.

Esa mañana, Tweek llegó a la escuela con la esperanza de que, al menos, le dirigiera una palabra, pero lo único que recibió fue una indiferencia glacial. Craig pasó junto a él en los pasillos, hablando con Token, como si Tweek no existiera. Cada mirada ignorada era como una puñalada que se sumaba a la ansiedad creciente que sentía desde que se habían distanciado.

En clase, sus pensamientos eran un caos. "¿Por qué no me habla? ¿Acaso ya no le importo? ¿Qué hice tan mal?" Su pie golpeaba el suelo frenéticamente mientras trataba de concentrarse, pero las palabras del profesor se desvanecían en el ruido de su mente.

Al almuerzo, la presión se volvió insoportable. Sentado con los góticos, trató de calmarse, pero todo lo que Pete dijo lo encendió más. "Deberías olvidarlo, Tweek. Él ya lo hizo contigo. ¿Qué esperabas? No puede estar detrás de ti todo el tiempo como si fueras un bebé."

La risa que siguió a las palabras de Pete fue la gota que colmó el vaso. Tweek se levantó abruptamente, su silla chirriando contra el suelo, y salió corriendo del comedor, sintiendo que el pecho le iba a estallar.

Cuando llegó a casa, estaba vacío como siempre. Sus padres estaban trabajando, y él no tenía a nadie. Se dejó caer en el sofá, intentando respirar profundamente, pero la calma nunca llegó. La ansiedad se acumulaba como una tormenta, y el silencio de la casa solo amplificaba el ruido en su cabeza.

"¿Por qué me odia ahora? ¡Yo no hice nada malo! ¡Él era el que siempre decía que estaría ahí para mí!" gritó al aire, sus manos temblando. Intentó prepararse un café para calmarse, pero sus manos no dejaban de temblar, y la cafetera se cayó, derramando agua y café molido por toda la encimera.

"¡No, no, no!" gritó mientras trataba de limpiarlo, pero cada movimiento solo empeoraba el desastre. Su respiración se volvió más rápida, su pecho subiendo y bajando como si estuviera corriendo una maratón. Comenzó a mover cosas de un lado a otro, tirando platos, abriendo cajones y esparciendo todo lo que encontraba.

Finalmente, se dejó caer en el suelo de la cocina, rodeado de caos. Lágrimas corrían por su rostro, y sus manos se agarraban el cabello con fuerza.

Tweek se dejó caer en el suelo de la cocina, su respiración acelerada y descontrolada mientras miraba el desastre a su alrededor. Sus manos temblaban sin cesar, apretando y tirando de su cabello en un intento desesperado por calmar el huracán en su mente.

Cada pensamiento era un grito La presión en su pecho crecía como si no pudiera respirar, como si el aire fuera demasiado denso para entrar en sus pulmones.

Sin pensarlo, sus manos comenzaron a rascarse los brazos y las palmas. Era algo que hacía cuando la ansiedad se volvía insoportable, una forma de redirigir el caos interno al dolor físico. Pero esta vez fue más fuerte. Sus uñas se clavaron en su piel con tanta fuerza que pequeños rasguños comenzaron a aparecer, algunos sangrando ligeramente. No se dio cuenta de lo que hacía hasta que vio las manchas rojizas en sus dedos y en el suelo.

"!Mierda!" gritó, tratando de detenerse, pero su cuerpo no respondía. La culpa, la desesperación y el vacío lo envolvían por completo.

Cuando finalmente se derrumbó completamente, estaba acurrucado en el suelo, sus manos heridas temblando sobre sus piernas. Lágrimas caían sin cesar mientras murmuraba entre sollozos: "Craig..."

 «𝕷𝖔𝖛𝖊 𝖎𝖓 𝖙𝖍𝖊 𝖉𝖆𝖗𝖐»Donde viven las historias. Descúbrelo ahora