28

144 13 1
                                        

La habitación de Stan estaba sumida en una penumbra tranquila, iluminada apenas por el resplandor azulado de la luna que se colaba por la ventana. Ambos yacían en la cama, abrazados bajo las mantas; Kyle estaba recostado contra el pecho de Stan, aferrándose a él como si fuera el único ancla que tenía para no perderse en sus pensamientos.

El silencio había sido cómodo al principio, pero poco a poco Kyle comenzó a inquietarse, moviendo nerviosamente sus manos entrelazadas con las de Stan. Finalmente, su voz se alzó en un susurro tembloroso:

—Estoy nervioso.

Marsh bajó la mirada hacia él, acariciando su cabello en un intento de calmarlo.

—¿Por la feria?

Broflovsky asintió débilmente

— Es mi oportunidad de mostrarle a mis papás que se tomar buenas decisiones —se detuvo, tragando saliva—. Mi mamá estará tan orgullosa, que ya no le tomara importancia a lo nuestro.

Stan sintió cómo el corazón se le apretaba. A veces olvidaba cuánto peso llevaba Kyle sobre sus hombros. No solo era la presión académica, era también la carga emocional de no sentirse plenamente aceptado, ni siquiera dentro de su propio hogar.Lo abrazó más fuerte, como si con eso pudiera protegerlo de todo.

—Vas a hacerlo increíble. Eres la persona más inteligente que conozco.

—¿De verdad crees eso?

Stan besó la coronilla de su cabello rizado, cerrando los ojos un momento.

—Claro que sí. Eres brillante. No importa si ganas o no, siempre lo serás  —Se quedó en silencio un momento, luego añadió en un susurro—: Estoy tan jodidamente orgulloso de ti.

Él judío no respondió enseguida, solo se acurrucó aún más contra el pecho de Stan, buscando refugio.

—Gracias. —susurró finalmente, su voz quebrándose un poco. Cerró los ojos, dejando que el latido constante del pecho de Stan lo arrullara. Aún tenía miedo, la feria estaba a tan solo unos días y su proyecto aún no estaba listo. Pero, por ahora, solo quería quedarse ahí, en los brazos de la única persona que parecía creer en él.

«De todas las personas en el mundo, él sería el último en hacerme daño.»

Y con ese pensamiento se quedó completamente dormido, mientras Marsh mantenía los ojos abiertos, fijos en el techo, mientras sentía el peso cálido de Kyle acurrucado sobre su pecho. La habitación estaba en silencio, y debería haber sido un momento de paz, pero dentro de él, el ruido era ensordecedor.

Su garganta ardía de ansiedad. Un deseo silencioso, tóxico, le carcomía por dentro: alcohol. Un maldito trago. Un solo trago para apagar las voces que le gritaban que no era suficiente, que nunca lo sería. Cerró los ojos y apretó los dientes, obligándose a no moverse, a no pensar. Pero los pensamientos venían de todas formas, venenosos, imparables.

«¿Qué estoy haciendo? ¿Qué mierda estoy haciendo?"»

Kyle confiaba en él. El mismo chico que creía que  todavía podía ser alguien mejor.Y, aun así, Stan sentía que sus malas decisiones eran como cadenas oxidadas, arrastrándose detrás de él, listas para enredarlo también.

Apretó más fuerte los brazos alrededor del judío, como si pudiera protegerlo de sí mismo. Como si pudiera evitar que su propio desastre personal lo salpicara.
El miedo lo devoraba: miedo de ser esa piedra atada al cuello de su novio, miedo de que algún día Kyle abriera los ojos y se diera cuenta de que merecía algo alguien mucho mejor.  Alcohol, la culpa, el miedo todo mezclándose en un cóctel nauseabundo dentro de su pecho.
Y aun así, no se soltó. No se atrevió a hacerlo. Porque, era lo único que lo mantenía aferrado a algo más que su miseria.

 «𝕷𝖔𝖛𝖊 𝖎𝖓 𝖙𝖍𝖊 𝖉𝖆𝖗𝖐»Donde viven las historias. Descúbrelo ahora