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La feria de ciencias seguía vibrando con un murmullo incómodo.

Aunque los organizadores intentaban recuperar el ambiente festivo después del desastre de la premiación, los rumores corrían más rápido que los niños entre los puestos. Algunos hablaban del proyecto ganador, otros del vómito, otros simplemente fingían que nada había pasado.

Pero lejos del escenario principal, entre los puestos de comida y las luces colgantes, el mundo parecía más ligero.
—Esto está pegajosísimo… —murmuró Marjorine con una pequeña risa, intentando despegar el caramelo de sus dedos.

Pip caminaba a su lado con una sonrisa tranquila, sosteniendo también una manzana acaramelada que apenas había probado. Él británico lo observo de reojo. Recordando la forma en que su amigo había hablado de Kenny esa mañana. Recordaba el brillo en sus ojos cuando mencionó el beso.

Guardó silencio unos segundos.

—Marjorine… —empezó con cuidado.
Ella giró la cabeza hacia él, todavía sonriendo.

—¿Sí?

Pip dudó. No quería romper ese gesto. Pero tampoco podía ignorarlo.

—¿Cuándo piensas decirle la verdad a Kenny?

La pregunta cayó entre ellos como una piedra en el agua. El ruido de la feria no disminuyó, pero para Marjorine pareció apagarse. Parpadeó.

—¿La verdad?

Pip la miró con paciencia, no con juicio.
—Sí. Que no eres… —hizo un pequeño gesto con la mano, señalando el vestido, el cabello, la imagen construida

—No lo sé —respondió después de un momento, bajando la mirada a la manzana en sus manos—. Supongo que… cuando sea el momento adecuado.

Phillip inclinó levemente la cabeza.
—¿Y cuándo será eso?

—Cuando él… cuando me mire de la misma forma sin todo esto.

Había ternura en su mirada, pero también preocupación.

—Te ve —dijo finalmente—. Solo que no sabe a quién está viendo realmente.

El miedo a que Kenny dejara de mirarlo con esa mezcla de curiosidad y deseo que jamás había dirigido hacia él cuando era simplemente… Butters. El miedo a volver a ser invisible. A ser el chico que todos ignoran. A ser el último elegido.

Pip no lo estaba juzgando.

Pero Butters sí se sintió juzgado.
Y eso despertó algo defensivo en él, algo más cercano al orgullo que a la inocencia que siempre había tenido.
Lo miró de una forma distinta, como si de repente no estuvieran del mismo lado. Había algo quebrado en su tono. No era rabia pura. Era vergüenza disfrazada de defensa

—¿Y tú? —soltó casi sin pensar—. ¿Tú cuándo vas a dejar de hacerlo contigo?

Butters dio un paso más, como si necesitara sostener esa postura para no retroceder.

—Eres el último que puede decirme algo, Pip. El último. Sigues atrapado con ese… demonio que tanto daño te ha hecho y vienes a hablarme de honestidad.

El británico bajó la mirada un segundo. No porque no tuviera qué decir. Sino porque sabía que había verdad en eso.
—Precisamente por eso te lo digo —contestó al final—. Porque sé cómo termina cuando dejas que alguien te consuma.

Butters negó con la cabeza.
—No es lo mismo.

—¿No? —Pip lo miró directo esta vez—. Tú estás construyendo algo que no eres. Yo me aferré a alguien que me rompía. En ambos casos estamos eligiendo quedarnos.

 «𝕷𝖔𝖛𝖊 𝖎𝖓 𝖙𝖍𝖊 𝖉𝖆𝖗𝖐»Donde viven las historias. Descúbrelo ahora