Prisionero del Juego

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Max se encontraba sentado en el borde del sofá, con las manos entrelazadas frente a él, intentando contener la tormenta que rugía en su interior. El apartamento de Checo siempre olía igual, una mezcla de madera, café y algo que no podía identificar pero que ya asociaba con él. El lugar era amplio, perfectamente ordenado, pero había una frialdad en su perfección que hacía eco de la distancia emocional de Checo.

"¿Entonces?" preguntó Checo, apoyado despreocupadamente contra el marco de la puerta. Su tono era calmado, pero Max podía sentir la tensión oculta detrás de esas palabras. "¿Qué es lo que necesitas ahora, Max?"

Max alzó la vista, sus ojos reflejaban una mezcla de dolor y frustración. No sabía cómo responder a eso, no cuando las palabras que quería decir estaban enterradas bajo el peso de todo lo que sentía. "Solo... quería verte," murmuró finalmente.

Checo dejó escapar una risa baja, seca. "Siempre quieres verme. ¿Eso no te cansa?" Caminó hacia él y se sentó en el sillón frente al sofá, cruzando las piernas con elegancia.

"Me cansa..." admitió Max, su voz quebrada. "Pero no puedo parar. No puedo dejar de venir aquí, de buscar algo... algo que ni siquiera sé si existe."

Por un momento, la expresión de Checo se suavizó. Había algo en la vulnerabilidad de Max que lo desarmaba, aunque nunca lo admitiría. Pero rápidamente volvió a endurecerse, recordándose que no podía permitirse bajar la guardia.

"Max," dijo con un tono más frío, "te lo he dicho antes. Esto no es lo que tú crees. No soy lo que tú crees. Si sigues viniendo aquí, si sigues esperando algo de mí, vas a seguir lastimándote."

"¿Y eso qué importa?" replicó Max, su voz ganando fuerza. Se puso de pie de golpe, mirando a Checo con una intensidad que lo hizo retroceder ligeramente en su asiento. "Si voy a sufrir, prefiero que sea por ti. Prefiero seguir viniendo aquí y enfrentar lo que sea, antes que alejarme y sentir que no tengo nada."

Checo lo miró en silencio por un largo momento. Había algo en esas palabras que lo perturbaba, una verdad que no quería enfrentar. "¿Por qué te importa tanto?" preguntó finalmente, su voz más baja, casi un susurro.

Max dejó escapar una risa amarga. "Porque te amo, Checo. Y no importa cuánto me duela, no puedo cambiar eso."

El silencio que siguió fue tan denso que parecía llenar toda la habitación. Checo desvió la mirada, incapaz de sostener la intensidad de los ojos de Max.

"Eso es lo que me da miedo," murmuró Checo para sí mismo, aunque lo suficientemente alto como para que Max lo escuchara.

"¿Qué te da miedo?" preguntó Max, dando un paso hacia él.

"Que si dejo que te acerques... si dejo que esto sea real... tal vez yo también me pierda."

Max lo miró, su corazón latiendo con fuerza al escuchar esas palabras. Por un breve momento, sintió una chispa de esperanza, algo que lo hizo pensar que tal vez, solo tal vez, había algo más detrás de la fachada fría de Checo.

Pero antes de que pudiera responder, Checo se puso de pie y se alejó, rompiendo el momento. "Es mejor que te vayas, Max," dijo, su tono volviendo a ser distante. "Esto no nos llevará a ninguna parte."

Max sintió cómo ese breve rayo de esperanza se desvanecía, dejando solo el vacío. Pero aún así, no podía rendirse. No podía dejarlo ir. "Si realmente crees eso," dijo con voz firme, "entonces mírame a los ojos y dímelo."

Checo se detuvo, su espalda hacia Max, y por un momento pareció dudar. Pero luego, con un suspiro, se dio la vuelta y lo miró directamente. "Vete, Max," dijo, sus palabras cortando como cuchillos. "No hay nada para ti aquí."

Max tragó con dificultad, sintiendo cómo esas palabras lo desgarraban. Pero aún así, se mantuvo firme. "Volveré," dijo, con una determinación que sorprendió incluso a Checo. "Siempre volveré. Porque aunque tú no lo veas, yo sé que esto significa algo. Para los dos."

Checo no respondió. Solo lo miró mientras Max salía del apartamento, su figura desapareciendo en la oscuridad del pasillo.

Cuando la puerta se cerró, Checo se dejó caer en el sofá, cubriéndose el rostro con las manos. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el control que tanto valoraba estaba resquebrajándose. Y eso lo aterrorizaba más que cualquier cosa.

En el otro lado de la ciudad, Max caminaba bajo la lluvia, sus pasos resonando en las calles vacías. Cada gota que caía sobre él parecía lavar un poco del dolor, pero sabía que nada podría borrar lo que sentía por Checo.

"Te amo," murmuró para sí mismo, con una mezcla de dolor y determinación. "Y no importa lo que pase, no voy a rendirme."

La tormenta continuó sobre la ciudad, como un reflejo de la tormenta que ambos llevaban dentro. Y mientras el agua se acumulaba en las calles, ambos sabían que este juego aún estaba lejos de terminar.

Las Sombras de Red BullDonde viven las historias. Descúbrelo ahora