Bajo las Luces de la Adicción

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La historia transcurría días después de la última carrera, en una ciudad desconocida para Max, una parada improvisada en el calendario de su vida que no seguía ningún orden lógico. Había llegado hasta allí buscando una distracción, algo que le hiciera olvidar a Checo, aunque fuera por unas horas. El ruido de los motores de las carreras callejeras y la adrenalina del peligro solían ser su refugio. Pero esa noche, todo lo que sentía era vacío.

Las luces del circuito improvisado parpadeaban con intermitencia, proyectando sombras irregulares sobre el asfalto desgastado. Los gritos de los espectadores llenaban el aire, emocionados por la velocidad, por la inminencia del peligro. Max permanecía al margen, apoyado contra una pared, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero. Estaba allí para alejarse, pero el peso de los pensamientos sobre Checo seguía presionando su pecho.

Fue entonces cuando lo vio. Checo estaba allí, como si el universo mismo conspirara para mantenerlos unidos. Apareció de entre la multitud, caminando con una calma exasperante, su postura relajada pero desafiante, como si siempre supiera exactamente qué hacer y cómo controlar cada situación.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Max, su voz más fría de lo que pretendía.

—Eso mismo podría preguntarte —respondió Checo, con una sonrisa ladeada que no hacía más que aumentar la tensión.

Checo estaba allí porque, después de la última carrera, había escuchado rumores de estas carreras clandestinas. No era su estilo habitual, pero le intrigaba saber por qué Max se había interesado en algo tan arriesgado y, en su opinión, tan innecesario. No podía evitar seguirle la pista, no porque lo amara, sino porque sabía que Max no podía resistirse a su presencia. Era un juego que nunca dejaba de disfrutar.

Max miró hacia los autos en la línea de salida. Era más fácil concentrarse en la acción que en los ojos oscuros de Checo, que parecían verlo todo.

—Vine a desconectarme —dijo finalmente, evitando el contacto visual.

—¿De mí? —Checo soltó una risa baja, burlona, mientras se acercaba un paso más. La luz tenue del lugar dibujaba sombras en su rostro, haciéndolo parecer aún más enigmático—. Sabes que eso no es posible, Max.

Max cerró los ojos un momento, intentando calmar la tormenta de emociones que le provocaba escuchar esas palabras. No era justo. Nada de esto lo era.

—¿Qué quieres de mí, Checo? —preguntó, girándose hacia él, sus ojos azules brillando con una mezcla de frustración y tristeza.

Checo levantó una ceja, como si estuviera considerando la pregunta. Luego metió las manos en los bolsillos, adoptando una postura aparentemente despreocupada.

—Quiero entender por qué sigues viniendo detrás de mí, incluso cuando sabes que esto no va a cambiar.

La sinceridad brutal de Checo lo golpeó como una bofetada. Max apartó la mirada, sus manos temblando ligeramente mientras las escondía en los bolsillos de su chaqueta.

—Tal vez porque soy un idiota —murmuró, más para sí mismo que para Checo.

Checo dio un paso más, acortando la distancia entre ellos. Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Max sintiera su perfume, esa mezcla familiar que siempre lograba desarmarlo.

—No eres un idiota, Max. Solo eres... predecible —dijo, con una sonrisa que era mitad burla, mitad algo más oscuro—. Pero eso es lo que me gusta de ti.

Las palabras de Checo eran como un veneno dulce. Max lo sabía, pero aun así las absorbía, dejándose llevar por esa mezcla de dolor y placer que siempre lo envolvía cuando estaban juntos.

En ese momento, los motores rugieron con fuerza, indicando el inicio de la siguiente carrera. Los espectadores gritaban, y el olor a goma quemada llenaba el aire. Pero para Max, el mundo se reducía a Checo, a esa presencia que lo atrapaba y lo destruía a partes iguales.

—Un día me iré —dijo Max de repente, sus palabras saliendo antes de que pudiera detenerlas.

Checo inclinó la cabeza, su sonrisa volviendo a aparecer, pero esta vez con un matiz desafiante.

—No, no lo harás —dijo con certeza—. Porque siempre vuelves.

Max quería discutir, quería gritarle que estaba equivocado, pero no podía. Porque Checo tenía razón. Siempre volvía.

Checo se alejó, caminando hacia uno de los autos estacionados, como si la conversación no hubiera significado nada para él. Pero antes de desaparecer entre la multitud, se giró hacia Max por última vez.

—Cuida de ti, Max. No querrás que estas carreras sean lo último que hagas.


Y luego checo se fue, dejando a Max solo con sus pensamientos y el dolor familiar que siempre quedaba después de un encuentro con Checo.

Max respiró hondo, intentando calmar el temblor en su pecho. Sabía que debía alejarse, pero también sabía que no podía. Porque, aunque lo destruyera, aunque lo dejara vacío, Checo siempre sería el centro de su mundo.

—O quizás si.
susurro Max para el mismo

Las Sombras de Red BullDonde viven las historias. Descúbrelo ahora