Max se despertó bruscamente, con el corazón latiendo con fuerza y la respiración entrecortada. Miró alrededor, desorientado, hasta que reconoció su habitación. La luna aún brillaba a través de la ventana, proyectando una tenue luz sobre las paredes. Se llevó una mano al pecho, tratando de calmarse. Las imágenes del sueño seguían frescas en su mente: Sergio, su sonrisa, el calor de sus labios en el beso que compartieron. Había sido tan real que por un instante creyó que todo había ocurrido, pero la fría soledad de su cama le recordó que no era así.
-Fue solo un sueño... -murmuró para sí mismo, cerrando los ojos con frustración.
A pesar de ser un sueño, la sensación de los labios de Sergio sobre los suyos seguía viva en su memoria. El tacto, la suavidad, la electricidad que recorrió su cuerpo... nada de eso podía ignorarse. Max suspiró, cayendo de nuevo en su dilema. En el sueño, todo había sido sencillo. Sergio había aceptado la verdad, había perdonado a Max y lo había escogido por encima de Lewis. Pero, siendo realista, sabía que no sería tan fácil.
-Él lo ama... -Max murmuró con amargura, recordando el vínculo que unía a Sergio con Lewis. Por más que odiara admitirlo, sabía que Lewis tenía todas las de ganar: un hijo, un hogar, un vínculo inquebrantable con Sergio. Y, sin embargo, Max sentía que no podía esperar más.
Se giró para mirar el reloj en la mesita de noche. Las 3:00 de la mañana. Gruñó frustrado y volvió a tumbarse en la cama, aunque sus pensamientos no lo dejaban descansar. ¿Debería contarle a Sergio la verdad? ¿O era mejor manipular la situación para dejar mal a Lewis? La ansiedad se acumulaba en su pecho, pero una cosa era segura: no podía seguir esperando. Por la mañana buscaría a Sergio. Necesitaba verlo, sentirlo, y si el destino le daba una oportunidad, se la tomaría.
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Sergio despertó sintiéndose agotado. Apenas había dormido, con la mente dándole vueltas a todo lo que Lewis le había revelado la noche anterior. Al abrir los ojos, notó el espacio vacío y frío en la cama. Lewis no estaba. Suspiró profundamente, deseando que las cosas fueran más sencillas.
Se levantó lentamente, dejándose envolver por el silencio de la casa. Se lavó la cara, cepilló sus dientes y se puso una bata de seda blanca que caía con delicadeza sobre su cuerpo desnudo. Necesitaba café. Antes de dirigirse a la cocina, pasó por la habitación de su hijo. Al verlo dormir tan plácidamente, una sonrisa suave curvó sus labios. Se inclinó para besar su frente, susurrándole:
-Te amo, pequeño.
Mientras más se acercaba a la cocina, un delicioso aroma lo envolvió. Allí, frente a la estufa, estaba Lewis. No llevaba camisa, y los pantalones de chándal sueltos dejaban ver toda su figura musculosa y tatuada. La luz que entraba por el ventanal acentuaba cada línea de sus músculos, haciéndolo lucir irresistible. Sergio tragó saliva. En cualquier otro momento, habría saltado sobre su Alfa sin dudarlo, pero el dolor de las mentiras aún pesaba en su pecho.
Sin mirarlo, Sergio caminó hacia la cafetera. Mientras se servía una taza, escuchó la voz cálida de Lewis detrás de él:
-Buenos días, amor.
Sergio no respondió. Solo tomó un sorbo de su café, manteniéndose de espaldas a él. Lewis se acercó, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando su barbilla en el hombro de Sergio.
-Sergio, lo siento tanto... -comenzó, su voz llena de arrepentimiento-. Nunca quise lastimarte. Sé que te fallé al mentirte sobre tu pasado, pero lo único que quería era protegerte. Cada historia que inventé sobre tus padres... lo hice porque sabía cuánto deseabas conocerlos. Hubiera dado todo por haber conocido a las personas que te dieron vida, pero también sabía que no podía permitir que volvieras a recordar lo cruel que fue esa manada contigo.
