Día a día

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Zoro se echó agua fría en la cara un par de veces. Se secó con una toalla a la vez que cerraba el grifo.

–Qué sueño hace –dijo en el tercer bostezo de hipopótamo de esos últimos cinco minutos. Aún así se notaba más espabilado.

Fijó un instante la vista en su propio reflejo, algunos mechones de flequillo mojado le caían sobre la frente. No es que tuviera algo que se considerase ni melena, pero hacía tiempo que no se cortaba el pelo. Se encogió de hombros, tampoco le importaba.

Salió del cuarto de baño, atendió a la persona que todavía dormía en la cama doble de aquella habitación en ese parador rural. Sonrió y, con cuidado, se subió al colchón y gateó hasta él.

–Eh –le susurró suave en el oído–. Que te quedas dormido.

Le acarició con la nariz y le besó su mejilla. El otro profirió un gruñido leve, abrió un ojo hacia la ventana, luego hacia él peliverde. Se le escapó una risa resoplada.

–¿Cómo estás despierto? –le acarició el pelo–. Ni siquiera ha amanecido.

–Eras tú el que quería que madrugáramos para hacer la ruta –le besó en los labios, en la comisura, en el cuello.

–Eso no explica por qué tú estás despierto –recogió la cara del peliverde y atrapó su boca.

Zoro se apartó un poco, cruzó los brazos y se quitó la camiseta ante la mirada de su pareja. Le sonrió a la vez que recibía su sonrisa, notó las caricias de sus manos sobre su pecho, el peliverde tomó una de sus muñecas y la besó.

A veces se le hacía raro estar ahí, con él, en esa realidad; y sin embargo era cierto, todas las decisiones que había tomado atrás le habían llevado a ese momento.


Tres años antes...


Shanks se detuvo, con las llaves del piso de Mihawk en la mano, frente a la puerta, tomó aire. Había cierto halo de repetición en el aura; eso lo había vivido con anterioridad, cuando supo del divorcio de su amigo. Giró el cerrojo.

La casa estaba bien, tal y como la había dejado. Ni lámparas echas añicos contra el suelo, cristales rotos o cojines acuchillados, ni un mísero papel arrancado de su libro o arrugado; juraría que ni tan siquiera las sillas de trabajo habían sido movidas un milímetro desde que se fue; en eso se diferenciaba bastante de lo que había sido el final de su ruptura con Hancock. Pero Mihawk sí parecía el mismo de entonces.

Se había sentado en el sofá con una botella de vino y una copa, la cual rellenaba ante los ojos de Shanks. Su actitud no dejaba ver más allá, fue porque el pelirrojo conocía suficiente de él que sabía que se estaba hundiendo. En un acto reflejo buscó al joven.

–No está –habló Mihawk con el peso de una lápida.

–¿Se ha ido?

–Junto con sus cosas –dio un trago amargo.

Sintió el dolor con el que lo dijo. Quiso acercarse a él.

–Shanks, necesito estar sólo. ¿Podemos seguir con el trabajo otro día?

Desprendía aquella soledad, esa tan inmensa que la compañía de otra persona la haría absoluta. No era la primera vez que le veía así, ni la segunda.

–Llámame si necesitas cualquier cosa, lo que sea. Vendré, incluso si son las tres de la mañana.

Mihawk respondió con una sonrisa tan excelentemente fingida que se le hizo natural; no tanto cuando se fijó en la expresión de los ojos. Shanks dudó, no quería dejarle: a la vez le daba la sensación de que su amigo le repelía.

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