Tras un silencio analítico, Shirley, apuntó nuevamente en su libreta.
–Miedo de que quererle te impida tomar las decisiones –repitió ella, fijó su vista en el joven–. ¿Has pensado en qué significa esta frase en realidad?
–No creo que haya mucho que pensar.
–Inténtalo.
El peliverde la miró con recelo. Resopló.
–No quiero que se me nuble el juicio como me pasó antes. Que se me nuble tanto que me pase años haciendo cosas de las que no estoy orgulloso, que le haga un daño irreparable.
La mujer apuntó de nuevo.
–Volvemos a lo mismo –dijo por fin–. Desde la primera sesión te has culpado gravemente de ser una personas con emociones. Es normal creer que si sintiéramos menos, si fuéramos robots con un ordenador por cerebro que nos calculara siempre la mejor opción, la vida sería más fácil. Lo cierto es que nuestras emociones pueden llegar a ser mejor que ese cálculo.
Zoro puso esa cara que Shirley reconoció: o el joven no se estaba enterando o no se quería enterar.
–El problema con tu anterior pareja no fue lo que sintieras por él, sino que eráis dos personas desajustadas. Por otro lado, tus emociones otras emociones, día a día, te estuvieron avisando de algo. De hecho, ellas te salvaron porque nunca las anulaste por completo.
A pesar de que la psicóloga hablaba con lógica, que daba sentido a las cosas que había vivido, el peliverde se resistió.
–Entonces, ¿qué pasa con las que tengo ahora? Se supone que también me están avisando de algo.
–O quizás te estén dando desproporcionadas alertas debido a tus pasadas experiencias. Las emociones desajustadas y mal gestionadas resultan incomprensibles o contraproducentes, pero en estos meses has conseguido herramientas para escucharlas, regularlas y actuar en base a eso. Por mucho que temas que tus sentimientos te arrastren de nuevo se han convertido en tus mejores aliados.
Ella hizo una pausa y, en una sutil ruptura de su estoicismo, sonrió amable.
–A estas alturas, con todo lo que sabes de ti y lo que has progresado, es imposible que te ocurra lo mismo. Tomarás las decisiones que sabrás que son las mejores para ti.
Él correspondió la sonrisa, forzada, padeció más aprensión que alivio.
Un día más tarde, a la noche...
La noticia sobre la marcha de Law se extendió rapidez. Entre todos se decidió, sin el consentimiento del propio homenajeado, que le organizarían una fiesta de despedida en el piso de Luffy y Zoro. Se trató de una velada tranquila; incluso si vinieron hasta los amigos de enfermería de Law. Quizás, a nadie se le olvidaba que aquello era una despedida, que era como si exiliaran al joven ojeroso al otro lado del charco.
El único que parecía inmune a ese aura era Luffy. Se comportaba tan enérgico, entusiasta y optimista como siempre. Parecía inconsciente ante aquella separación, como si realmente le diera igual. O como si ya hubiese dado a Law por perdido porque, con todo su jolgorio, para más de uno fue obvio que la pareja no se miraba, no se tocaban. Parecían vidas ajenas en realidades distintas.
Una vez la noche avanzó, Law se fue y Luffy con él, pero ni siquiera se puede decir que se fueran juntos; el ojeroso lo dejaría en su casa de su abuelo y ya está.
Tras eso, los invitados se evaporaron. Zoro despidió a Nami y Vivi, casi las últimas en irse, y cerró la puerta. A parte de él, sólo quedaban dos personas más en la casa. Encontró a Ace en la cocina, lavaba los platos olvidando que ni era su piso ni había sido su fiesta. El peliverde se acercó a su lado y con un trapo secó los platos que el otro dejaba en la pila.
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Runner
Romansa(Mihaw x Zoro. AU) Le gustaba salir a correr por las mañanas. Su respiración constante, equilibrada, sus pisadas avanzando sobre el suelo. Nadie traspasaba lo suficiente su atención para quedar grabado en su memoria. Hasta que en su camino se cruzó...
