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Jennie caminaba detrás de Luca y Charlie, ajena a la conversación que ambos mantenían al regresar de la escuela aquella tarde. Había estado desconectada de todo lo que la rodeaba desde que Lisa se había marchado de su dormitorio a la hora de almorzar, las revelaciones se arremolinaban en su cabeza, interminables y absorbentes, mientras luchaba por asimilar lo que había aprendido.
La culpa había sido la primera emoción que sintió, como era comprensible. Pero también había innumerables más, incluida la angustia por lo que Lisa había pasado, independientemente de quién o qué lo hubiera causado. Odiaba la idea de que Lisa estuviera triste o sufriera y lamentaba no sólo ser ella el motivo, sino también no poder hacer nada para aliviar ese dolor. La idea de que Lisa estuviera triste provocaba en Jennie el deseo instantáneo de protegerla, de hacer que todo fuera mejor. El hecho de que ella hubiera sido la causa lo hacía aún más difícil de aceptar.
Y luego estaba la incredulidad. Estaba asombrada; atónita ante el hecho de que, incluso después de todo, Lisa pareciera estar dispuesta a darles una oportunidad. De alguna manera, había perdonado a Jennie. Y ahora le pedía a Jennie que se perdonara a sí misma.
Aquello parecía un reto insuperable. Jennie ya se odiaba por lo que le había hecho a Lisa. Ahora, con la verdadera intensidad del dolor revelado, ¿cómo se suponía que iba a aceptarlo? Y luego estaba el hecho de que la conversación había sacado a relucir todos los demás recuerdos del instituto. Junto a los recuerdos que la hacían retorcerse de vergüenza por la forma en que había tratado a Lisa, también había recuerdos de odio hacia sí misma.
A diferencia de Lisa, el odio de Jennie provenía de su interior, más que de presiones externas. Su negativa a aceptarse a sí misma, a aceptar su sexualidad, había sido algo a lo que no se había enfrentado realmente. La única noche que se había permitido sentir, admitir que se sentía atraída por las mujeres, había terminado con ella destruyendo la autoestima de Lisa y convirtiendo la chispa que sentía entre ellas en una broma. Todas las demás interacciones sexuales con mujeres habían sido en la universidad, alimentadas por abundantes cantidades de alcohol. Todas las mañanas, después de lo que no eran más que aventuras de una noche, se ponía la ropa desechada y salía de la habitación, con las tripas retorciéndose de incomodidad por lo que se había permitido hacer.
Lo irónico era que no sabía de dónde venía tanto desprecio por su sexualidad. Sus padres habían sido bastante liberales y adoraban a su hija. Si hubiera salido del armario, estaba segura de que la habrían apoyado. Tal vez fuese el instituto y el modo en que se murmuraba de los pocos estudiantes que habían salido del armario, aunque pocos sufrían acoso continuo. Excepto Lisa. Y eso estaba protagonizado únicamente por Jennie y sus amigas.
─Luca, Charlie, tómenme de la mano por favor, mientras cruzamos la calle, ─ dijo Jennie, en piloto automático mientras llegaban al cruce, no muy lejos ya del refugio.
Tan pronto como llegaron al otro lado de la carretera, cada niño soltó la mano de la mujer que habían tomado y se apresuraron a seguir adelante, reanudando su conversación y permitiendo que Jennie volviera a sumergirse en sus pensamientos mientras se dirigían a casa.