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La noche fue agitada. Luca se esforzaba por ponerse cómodo y gemía cada vez que el edredón le tocaba las rodillas, a pesar de que le habían cubierto las heridas después de que Wendy terminara de limpiarlas. Al final, Jennie le puso dos pares de calcetines en los pies para evitar que se enfriara y le rodeó la cintura con la manta. Sin embargo, durmió con dificultad. Lo que significaba que Jennie también.
A la mañana siguiente, bostezó y se pasó la mano por el pelo despeinado mientras esperaba a que se hiciera el café y se tostara el pan de Luca. Al volver a su habitación con la bandeja llena, Jennie encontró a su hijo sentado en la cama, tecleando en su iPad.
─Hola, mi principito. ¿Tienes hambre?, ─ le preguntó. El niño apenas se había despertado cuando ella se fue a preparar el desayuno.
─ ¿Puedo comer chocolate?
─Para desayunar, no, ─ contestó Jennie, colocando la bandeja en la mesilla de noche y dejando el vaso de zumo de naranja y el plato de tostadas, ahora untadas en mantequilla de cacahuete.
Luca hizo un puchero pero aceptó el veredicto. En realidad, sabía que el chocolate en el desayuno nunca iba a ser aprobado, sobre todo después de la copiosa cantidad de helado que había comido la noche anterior. Pero, para ser justos, le dolían mucho las manos y las rodillas, y el helado sin duda ayudaba.
Cogió una tostada y las migas se esparcieron por todo el edredón al primer mordisco. Jennie hizo una mueca, comprendiendo que iba a tener que lavar mucho ese día. Bueno, no tenía nada más que hacer. Su currículum quedó inconcluso en la computadora del refugio. Después de haber sido tan optimista al principio con respecto a conseguir un trabajo y su propia casa, su motivación se había desvanecido un poco. Una voz en el fondo de la cabeza de Jennie le decía por qué. Lisa. Si Luca y ella abandonaban el refugio, ¿cuándo vería a Lisa? La mujer estaba muy ocupada y pasaba mucho tiempo en el trabajo. Jennie no estaba segura de cómo encajarían ella y su hijo en la vida de Lisa.
Al darse cuenta de que Lisa podía aparecer en cualquier momento y de que su aspecto era bastante descuidado, Jennie dio un trago a su café y le dijo a Luca que iba a darse una ducha y que volvería lo antes posible. El chico asintió con la cabeza, con los ojos fijos de nuevo en el iPad, donde parecía estar jugando un juego que consistía en disparar a coloridas criaturas alienígenas.
Los baños del refugio eran comunitarios y a Jennie le había llevado un tiempo acostumbrarse a ellos. Le gustaba su intimidad. El ambiente le recordaba a la cárcel, según los programas de televisión que había visto. Pero las cabinas de ducha eran grandes y totalmente cerradas, claramente diseñadas para ser utilizadas por familias.
Se duchó con rapidez y se pasó una maquinilla de afeitar por las piernas y las axilas. No estaba segura para quién se afeitaba, quizá para sí misma. ¿Tal vez por costumbre? Mingyu insistía en que Jennie siempre estuviera suave. Se maldijo por pensar en él, por permitir que los pensamientos sobre su marido llegaran tan temprano por la mañana.