¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
La manecilla de los segundos parecía desplazarse aún másdespacio que de costumbre alrededor de la esfera del reloj. Pero no era así.Ella lo sabía. El tiempo era constante. Era imposible ralentizar el tiempo. Sinembargo, a medida que Lisa observaba la delgada aguja de metal deslizarse porla esfera del reloj, empezó a dudarlo. Volvió a mirar su computadora y trató deconcentrarse en el documento que tenía frente a ella. Se trataba de un nuevoproyecto de ley sobre anulaciones matrimoniales y necesitaba conocer sucontenido para poder asesorar mejor a las mujeres del refugio.
Volvió a mirar el reloj. ─ ¿En serio?, ─ murmuró en vozbaja. ¿Cómo habían pasado sólo dos minutos? Miró el reloj, cuya esferapermanecía inmutable salvo por el suave movimiento del segundero. Lisa volvió asu trabajo, garabateando de vez en cuando algunas notas en el bloc que teníajunto a la computadora portátil. Tres minutos más. Faltaban diecisiete minutos.
Un golpe en la puerta sobresaltó a Lisa, distrayéndola de laconversación que sabía que iba a tener. ─Adelante, ─ gritó después deserenarse.
La cabeza de Ella asomó por el borde de la puerta. ─Hola,hay una llamada para ti. ¿Quieres que te la pase? Sé que dijiste que no queríasque te molestaran.
─ ¿Quién es?
─Rosé.
Lisa frunció el ceño y alcanzó su móvil. Efectivamente,había varios mensajes y cuatro llamadas perdidas de su mejor amiga. ─Sí, lotomaré, ─ dijo Lisa, con una sensación de pavor que la abrumaba y maldiciéndosepor haber puesto el teléfono en silencio.
Segundos después, sonó el teléfono del escritorio. Lisa locogió antes de que hubiera terminado de sonar el primer tono. ─Hola, ¿estásbien?
─Sí, no, quiero decir, sí, estoy bien, ─ dijo Rosé, su vozronca de una forma que Lisa supo que era sinónimo de que la pelirroja estaballorando.
─ ¿Qué pasa?
─Es la abuela. Ha empeorado. Los médicos dicen que quizá nopase de esta noche. Voy de camino al hospital.
─Mierda, ¿quieres que vaya a verte? ─ Lisa preguntó. Sabíaque era lo correcto porque Rosé le había hecho la misma pregunta cuando suabuela adoptiva, la madre de Marco, había estado enferma.
─No, está bien. No hay nada que puedas hacer. Sólo queríaque lo supieras. Y, bueno, se supone que trabajo esta noche.
─Yo te cubro, ─ dijo Lisa sin pensarlo. Por mucho que odiaracambiar de planes, odiaba aún más la idea de que su mejor amiga estuvieratriste. ─ ¿Necesitas que haga algo? ¿Puedo ayudarte?
─No, sólo quiero estar con ella, ─ sollozó Rosé.
─ ¿Dónde estás?
─En un Uber, ─ respondió Rosé. ─El conductor cree que estoyloca.
─Estás alterada, ─ razonó Lisa. ─ ¿Ya casi estás en elhospital?
Rosé asintió, luego recordó que estaba hablando porteléfono, así que su compañera de piso no podía ver su respuesta. ─Sí, a unoscinco minutos.