CAPITULO 36

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Una cabellera rubia dorada estaba recostada en su cama, con los dedos delicadamente entrelazados con los suyos.

Sharon tenía las mejillas rojas y rastros de haber llorado.

—¿Estás despierto?

El genio alzó la mirada y encontró a su tía Peggy. Siempre tan impecable, tan segura de sí misma, pero ahora... su cabello estaba suelto, desordenado, y no llevaba ni una pizca de maquillaje. Verla así, tan distinta, lo hizo sentir un nudo de culpa en el pecho.

—Sí —dijo con voz ronca.

Peggy suspiró, aliviada, y caminó hacia la mesa donde reposaba una jarra de agua. Sirvió un vaso y se lo acercó. Tony intentó tomarlo, pero al levantar la mano notó que tenía una pequeña férula.

—Tu muñeca tiene un esguince —dijo ella con firmeza, llevándole el vaso a los labios.

Tony sonrió débilmente antes de beber un sorbo.

—Llamaré al médico.

Cuando Peggy salió, Tony giró la cabeza para mirar a Sharon. La pequeña seguía sujetando su mano con fuerza, como si temiera que desapareciera. Él sonrió.

Era lindo ver que, en esta vida, había personas para él.

"Todo esto lo hago por ellos," pensó, apretando suavemente la mano de Sharon. "Lo hago por protegerlos..."

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Rhodey miró por el retrovisor al genio, que jugaba en silencio piedra, papel o tijeras con Sharon.

—Debiste quedarte más tiempo en el hospital —lo regañó su amigo.

—Déjalo, es como su padre: alérgico a los hospitales —comentó Peggy con una sonrisa traviesa—. Aunque, curiosamente, le gustan los doctores. ¿Sabes? Eres un poco incongruente algunas veces, cielo.

El militar ahogó una risa.

—¿Ya te atraparon? ¿Tan rápido? —se burló Rhodey.

Tony los miró, primero con la boca abierta, luego cerró en silencio.

—Tía Peggy, no hagamos bromas de ese sujeto. Nos cae mal —dijo Sharon desde el asiento trasero, dejando a Tony aún más confundido.

—¿En qué momento empezó esta camaradería? —preguntó el genio.

Rhodey sonrió.

—La tía Peggy también me aprecia. Hasta que te metes en problemas —añadió con burla.

—Como un sobrino más, hasta que dejas que Tony se meta en problemas —corroboró Peggy con una sonrisa tranquila.

—Tia Peggy, este sujeto es muy dificil de cuidar—aseguro Rhodey. —adopte a otro mas facil.

—Tía Peggy, deja de adoptar niños al azar —bromeó Tony.

—Yo tengo su apellido —replicó Sharon con orgullo—. Ustedes son los adoptados.

Tony miró a Rhodey con incredulidad. Ambos estaban sin palabras mientras Peggy se reía.

—Para que les quede claro —dijo Peggy con calma—, todos tienen un lugar en mi corazón.

—Ah, no —dijo Tony, apuntando a Sharon—. Yo estaba aquí antes. Tú ni existías. —Luego señaló a Rhodey—. Y tú ni se diga. Tengo derecho de antigüedad, tía Peggy.

Sharon le sacó la lengua, y Rhodey hizo lo mismo, dejándolo sin palabras.

Tony se rió, dejando que la calidez del momento llenara el auto. Miró a cada uno de ellos, su familia, y sintió que, por fin, todo estaba en calma. Pero en el fondo, un pensamiento oscuro le daba vueltas.

Una vez masDonde viven las historias. Descúbrelo ahora