Epilogo

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En la isla de la cocina, Andy, ahora con diez años, alto y creciendo en sus instintos de alfa, se pone de puntitas, estirando la masa con cuidado bajo la atenta mirada de Harry. Sus cejas están fruncidas en concentración, la determinación escrita en cada uno de sus rasgos mientras murmura:

—Tiene que quedar parejo, ¿verdad, mamá?

—Exactamente, amor —Harry tararea, frotando instintivamente su vientre abultado mientras observa a su hijo mayor—. Lo estás haciendo increíble.

—Obviamente —Andy sonríe con suficiencia, mirándolo de reojo antes de volver a su tarea.

A su lado, Faith, de seis años, está sentada en la encimera, balanceando sus pequeñas piernas de un lado a otro, sus largos rizos recogidos en dos moñitos desordenados, con harina esparcida en su nariz.

—Mami, ¿puedo probar el betún ahora? —pregunta, batiendo las pestañas dulcemente.

—Ya lo hiciste, princesa —Harry ríe, extendiendo la mano para limpiarle la nariz—. Y tendrás más cuando los cupcakes estén listos.

—¡Ugh, pero falta muchísimo! —se queja dramáticamente, cruzando los brazos.

Al otro lado de la cocina, Louis bebe su café matutino, recargado contra la encimera, observando la escena con una sonrisa perezosa. Sus ojos van de sus cachorros a su omega, que resplandece, redondo y hermoso, con su quinto bebé en camino. Su familia. Su mundo entero.

A sus pies, León, de cuatro años, su dulce cachorro omega de ojos verdes soñolientos, se aferra a la pernera de su pantalón, apoyando la cabeza contra su muslo, el pulgar en su boca.

—Papi —murmura—. Cansado.

Louis suelta una carcajada, despeinando sus rizos revueltos. —Acabas de despertar, pequeño.

—Sigo cansado —León hace un puchero, alzando sus manitas con insistencia. Sin dudarlo, Louis lo levanta, presionando un beso en su diminuta frente antes de acomodarlo en su cadera.

—¿Quieres ir con mamá? —pregunta Louis, señalando a Harry, que ahora los observa con ojos llenos de ternura.

León sacude la cabeza y entierra su carita en el hombro de Louis. —No, papi. Tú cárgame.

—Ah, así que hoy eres el bebé de papi, ¿eh? —Louis sonríe.

—Mhm —asiente León con sueño, acurrucándose más.

Mientras tanto, Rose, de dos años, su feroz pequeña alfa con una melena salvaje de cabello oscuro y los intensos ojos verdes de Harry, gatea por la cocina con una cuchara de madera en la mano, como si fuera un arma. Lleva puesta una de las camisetas viejas de Andy, enorme sobre su pequeño cuerpo, y sus regordetas piernas están cubiertas con calcetas disparejas.

—Ro, amor, ¿qué estás haciendo? —pregunta Harry, inclinando la cabeza.

—¡Peleando! —declara ella, blandiendo la cuchara en el aire—. ¡Proteger bebé!

Harry ríe, acariciando su vientre. —Oh, ¿así que ahora estás de guardia?

—¡Sí! —Rose asiente con fiereza, y luego, de repente, golpea la pierna de Louis con la cuchara. —¡Malos!

Louis pega un grito dramático, levantando el pie. —¡Auch, princesa! ¡Papi no es el malo!

Faith, de pie junto al mostrador con un puchero nada arrepentido, cruza los brazos sobre su pecho. —Ro tiene razón, papi. Has estado burlándote de la pancita de mami, —lo acusa, arrugando la nariz exactamente como hace Louis cuando se pone terco.

Kiwi // L.SDonde viven las historias. Descúbrelo ahora