Lo vi salir del consultorio con esa sonrisa suya, esa maldita sonrisa que me había estado desarmando desde la primera sesión. Dominik cruzó la puerta con un guiño descarado, dejando atrás un aire cargado de su perfume y esa tensión que me había perseguido durante semanas.
"Bueno, la sesión ha terminado, Eric. Mañana nos veremos", había dicho, y esas palabras aún resonaban en mi cabeza mientras la puerta se cerraba tras él. Me quedé solo en el sillón, con el corazón acelerado, el pantalón abierto y la cremallera desabrochada, mi polla dura como una piedra, palpitando dentro de la ropa interior, marcada y húmeda por el sudor y la excitación.
Joder, estaba perdido. Sus dedos habían estado ahí hace apenas un minuto, sobeteándome con esa lentitud deliberada, apretando mi erección hasta que sentí que iba a explotar. Su aliento contra mis labios, tan cerca de besarme pero sin hacerlo, había sido el golpe final.
Había abierto la boca, instintivamente, queriendo más, necesitándolo, y ahora estaba aquí, con el pantalón abierto, la polla tan dura que dolía, y la mente nublada por lo que acababa de pasar. Había caído en sus redes, lo sabía.
Desde el primer día, con sus roces, sus insinuaciones, sus palabras sucias sobre pollas, culos y sabores, me había llevado al límite, y hoy había cruzado una línea que nunca debí permitir.
Me pasé una mano por la cara, intentando recomponerme, pero mi polla seguía palpitando, exigiendo atención. La tela de mis bóxer estaba húmeda en la punta, y el calor que subía por mi cuerpo era insoportable. Me levanté del sillón, tambaleándome un poco, y caminé hacia mi escritorio, donde solía trabajar entre sesiones.
Apoyé las manos en la madera, respirando rápido, mirando mi reflejo en el cristal de la ventana. Mi rostro estaba rojo, sudado, mis ojos brillaban con algo que no quería admitir: puro deseo.
Mi polla estaba tan dura que se notaba a través de los bóxer, sobresaliendo por la abertura del pantalón, goteando un poco de pre-semen que resbalaba por la tela.
-Maldita sea, Eric, contrólate -murmuré para mí mismo, pero mis manos ya estaban moviéndose.
Desabroché del todo mi cinturón, dejando que los pantalones cayeran un poco por mis caderas, y metí la mano dentro de los bóxer, agarrando mi polla con fuerza.
Estaba caliente, gruesa, palpitante, y la idea de Dominik, sus labios, su lengua, su culo, me llenó la cabeza mientras empezaba a mover la mano, despacio al principio, después más rápido.
Cerré los ojos, imaginándolo de rodillas frente a mí, abriendo la boca, chupándome con esa avidez que había descrito en sus palabras, lamiendo mi polla como si fuera un puto caramelo, gimiendo mientras me llenaba la garganta.
Mi mano se movió más rápido, apretando, sintiendo cómo la punta goteaba más, caliente y pegajosa contra mis dedos. Entonces, oí un ruido.
La puerta del consultorio se abrió de golpe, y allí estaba Dominik, de pie, con esa sonrisa suya que me heló y encendió al mismo tiempo. Mi mano se detuvo en mi polla, todavía dentro de los bóxer, pero no la saqué.
Él me miró, recorriendo mi cuerpo con los ojos, fijándose en mi pantalón abierto, en el bulto evidente, en mi cara roja y sudada.
-Vaya, Eric -dijo, cerrando la puerta detrás de él con un clic que resonó como un disparo. -Parece que no pudiste esperar, ¿eh? ¿Pensando en mí?
Tragué saliva, intentando recomponerme, pero mi polla seguía dura, palpitando bajo mi mano, y su voz, esa puta voz baja y sucia, me desarmó por completo.
-Dominik, esto... no debería... -empecé, pero él se acercó, lento, con esa confianza que me volvía loco, hasta quedar frente a mí, tan cerca que podía oler su perfume otra vez.
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Cayendo En La Tentación
General FictionEs la historia envolvente de Dominik, un joven que, mientras navega por las turbulentas aguas de la adolescencia, se encuentra con un error que cambiará su vida para siempre: se vuelve adicto al sexo. Esta adicción lo lleva a explorar los límites de...
