CAPÍTULO XXV

17 1 16
                                        

-Danzel, lleva estos documentos a Harold, su oficina está al fondo del pasillo del primer piso, y estos a Lydia, está en el segundo piso, la encontrarás rápido, es la única mujer de esa área, y lleva esta caja al archivo, es en el sótano, guárdala en el estante del fondo, en el tercer espacio de la segunda sección junto a los registros del año pasado- ordenó mi padre, abarrotándome de documentos y carpetas como si yo fuera un mueble diseñado específicamente para ese propósito.

Con el peso de aquella montaña de papel a duras penas podía caminar. Era como transportar una torre frágil donde cualquier movimiento en falso la derrumbaría, enviando hojas importantes en todas direcciones. Y ni hablar de la visibilidad: apenas lograba vislumbrar el camino por encima de aquella barrera de carpetas. Sentía la presencia de otros empleados como sombras periféricas que se apartaban a mi paso, algunos con expresiones de diversión mal disimulada al ver al hijo del jefe convertido en mensajero.

El pasillo se extendía interminablemente ante mí, cada baldosa idéntica a la anterior, formando un patrón hipnótico que conté mentalmente mientras avanzaba -uno, dos, tres... hasta diecisiete- antes de llegar a la oficina del Sr. Harold. Llamé a la puerta con el codo, tres golpes precisos, ni muy suaves ni muy fuertes, y una voz cansada me invitó a pasar.

El Sr. Harold, un hombre de unos cincuenta años cuyo cabello había retrocedido hasta dejar una amplia frente brillante, estaba encorvado sobre su escritorio. Sus dedos se movían con agilidad sorprendente sobre las teclas de la máquina de escribir, produciendo un repiqueteo constante que parecía ser la banda sonora de aquel lugar. A juzgar por su aspecto -ojos enrojecidos, corbata ligeramente aflojada, mangas arremangadas hasta los codos- llevaba horas, quizás días, sumergido en un mar de números y párrafos legales. Incluso me sentí culpable por estar a punto de añadir más trabajo a su evidente sobrecarga.

-Buenos días, señor Harold -dije, intentando equilibrar el montón de documentos mientras me acercaba a su escritorio-. Mi padre... es decir, el señor Gallagher, me pidió que le entregara estos.

Harold levantó la mirada, y por un instante fugaz vi reflejada en sus ojos la resignación de quien ha pasado demasiados años de su vida en aquella oficina sin ventanas, sirviendo a la ambición insaciable de la familia Gallagher.

-Oh, más trabajo -murmuró con hastío, tomando los documentos de mis manos y hojeándolos rápidamente-. Estos son los contratos de arrendamiento para los nuevos terrenos, ¿no es así? -preguntó, pasando páginas con la destreza de quien conoce cada documento por el simple tacto del papel.

-Sí, mi pa... digo, el señor Gallagher necesita que los revise nuevamente. Dice que hay un error en las cifras -expliqué, sintiendo una extraña mezcla de alivio por haberme librado de parte de mi carga y vergüenza por ser el mensajero de más trabajo.

-Gracias, muchacho -dijo en un tono cansado, volviendo inmediatamente su atención a los papeles como si yo hubiera dejado de exi"tir.

Salí de su oficina sintiendo una pesadez que no tenía nada que ver con los documentos restantes en mis brazos. Sentía pena por él, por esa existencia gris entre paredes de papel y tinta. Pero supongo que la vida laboral es así para la mayoría: un interminable ciclo de trabajo sin final, un Sísifo moderno condenado a empujar la piedra de las responsabilidades cuesta arriba, día tras día, hasta que el cuerpo o la mente finalmente se rinden.

Con los documentos para Lydia y la caja para el archivo todavía en mis brazos, me dirigí a las escaleras. Conté cada escalón mientras subía -veintitrés exactamente, ni uno más ni uno menos- una manía que me acompañaba desde niño y que me proporcionaba un extraño consuelo en situaciones de estrés.

Ya estaba exhausto cuando llegué al segundo piso. El sudor perlaba mi frente y sentía los brazos agarrotados por el esfuerzo de mantener todo en perfecto equilibrio. El pasillo de este nivel era similar al de abajo, pero con más cubículos abiertos en lugar de oficinas cerradas. Un zumbido constante de conversaciones, máquinas de escribir y teléfonos creaba una cacofonía que me resultaba físicamente dolorosa.

SILENCIO. (Obsesión Vol 3)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora