PRESENTE.
-Jaque mate -deslicé el alfil hasta la esquina del tablero, cerrando la única salida que le quedaba al rey de mi padre.
Él frunció el ceño y dejó escapar un resoplido breve. Siempre había sido el peor de los perdedores; su orgullo se resistía a reconocer que lo habían vencido, y cada derrota, por mínima que fuera, se convertía en una excusa disfrazada de estrategia. Se engañaba a sí mismo como si aquel error formara parte de un plan mayor, como si la caída fuese un movimiento previsto.
-¿Jugamos otra vez? -pregunté, tomando con calma las piezas oscuras-. Esta vez te dejaré ser blancas.
-No me queda tiempo -dijo, mientras comenzaba a recoger los papeles que había dejado en la mesa-. Tengo una reunión con la señora Fairfax. Nuestras ganancias siguen en descenso. Si el mercado continúa así, no quedará otra opción más que despedir a más trabajadores de la fábrica.
Asentí en silencio. No había espacio para reclamos ni para ilusiones. La Gran Depresión había puesto de rodillas al mundo entero. Aunque algunos países parecían mostrar cierta recuperación hacia finales de la década, aquí la economía se arrastraba con pasos torpes, llenos de dudas. El camino no solo era lento, sino también quebradizo, plagado de altibajos que parecían inclinarse siempre hacia el lado de la ruina.
Mi padre, socio menor en la fábrica textil de los Fairfax, cargaba con ese peso cada día. La producción estaba casi detenida: la gente había dejado de comprar telas y la demanda de prendas había caído a mínimos impensables. El dinero se evaporaba y la incertidumbre era lo único que circulaba con abundancia.
Algunos pocos habían logrado mantenerse firmes, aunque no sin sacrificios. Entre ellos, el padre de Danzel. Su compañía de inversiones, lejos de hundirse, había florecido en medio del desastre. No solo resistió el pánico de la venta masiva, sino que, con una audacia que rayaba en el oportunismo, aprovechó la caída de los precios para adquirir activos que otros soltaron con desesperación. Fue un movimiento frío y calculado que le permitió fortalecer su posición mientras el resto se tambaleaba. Los inversionistas confiaban en él porque no se había dejado arrastrar por el miedo; al contrario, había sacado provecho de la desgracia colectiva.
Yo lo admiraba, aunque nunca me atrevía a decirlo en voz alta delante de mi padre. Ese contraste me pesaba. Por un lado, estaba el esfuerzo honesto y desgastante de quienes trataban de mantener a flote una industria en decadencia, y por otro, la figura imponente de un hombre que parecía capaz de convertir la crisis en oro.
Mi padre se levantó del sillón con un bufido breve, se despidió de mi madre con un beso en la frente y salió de la casa con paso apresurado. El reloj del comedor marcaba las seis menos cuarto; si salía en ese instante, podía encontrarme con Danzel a medio camino, justo en esa rutina de los jueves donde caminaba solo de regreso a su casa.
Detestaba lo que sentía por él, lo repudiaba como si fuese una enfermedad que me carcomía desde adentro, pero ¿qué podía hacer? Alejarme nunca era una opción; la atracción era tan inevitable como la de las polillas hacia el fuego, y yo ya me había acostumbrado a vivir ardiendo.
Recogí las piezas de ajedrez con torpeza, metiéndolas en la caja sin importarme si estaban en orden. El corazón me latía con una impaciencia que no recordaba haber sentido desde niño. Había olvidado lo que era emocionarme al pensar en alguien, y sin embargo ese maldito muchacho conseguía reducirme a un crío que esperaba con ansias un regalo.
Salí de la casa sin despedirme. Me convencí de que no importaba, solo estaría fuera unos minutos. Además, nadie me vio cruzar la puerta, lo cual agradecí; así evitaba preguntas a las que no tenía respuesta... o quizá sí, pero prefería nunca pronunciarlas.
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SILENCIO. (Obsesión Vol 3)
Misterio / SuspensoEn un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
