Las visitas a la casa de la señora Fairfax se habían convertido en una rutina tan establecida como el sol que se ponía cada tarde. Y como ese mismo sol, que invariablemente iluminaba el jardín de los Stevenson a la misma hora, mis pensamientos seguían un patrón predecible. Michael estaría allí, bajo el chorro de agua fría, como si realizara algún ritual pagano. Sus movimientos tenían algo hipnótico, casi sagrado, que me hacía preguntarme si era consciente del efecto que producía en quienes lo observaban. ¿Era ese baño vespertino una simple costumbre? ¿Un hábito nacido del calor? ¿O había algo más, algo que mi mente ansiosa por encontrar conexiones imaginaba?
Sacudí la cabeza con violencia, como si el movimiento físico pudiera dispersar estos pensamientos prohibidos. Sabía bien lo que les esperaba a los hombres como yo. Los periódicos estaban llenos de historias sombrías: carreras destruidas, familias avergonzadas, vidas arruinadas. La homosexualidad era más que un pecado; era una sentencia de muerte social. Los "invertidos", como nos llamaban en los círculos médicos, éramos considerados enfermos, degenerados, casos perdidos de la naturaleza, incluso una causa de crimen.
Las notas del piano de Elizabeth flotaban en el aire como hojas marchitas, cada una más pesada que la anterior. Chopin nunca había sonado tan melancólico como bajo sus dedos. La Nocturna en Mi bemol mayor, Op. 9 No. 2, que normalmente fluía con dulzura, ahora parecía estar cargada de un dolor contenido, como si cada tecla presionada fuera una lágrima no derramada.
"Siempre quise enamorarme," su voz rompió el silencio cuando mi madre y la señora Fairfax abandonaron el salón, sus palabras tan suaves como las notas que seguía tocando. "Encontrar al hombre que me hiciera sentir como en los libros, un amor clásico, ser Julieta, ser Emma Bovary en busca de la pasión verdadera, ser Elizabeth Bennet encontrando el amor verdadero más allá de los prejuicios."
Sus dedos seguían moviéndose sobre las teclas, pero más lentamente ahora. "Soñaba con vivir un amor como el de Heathcliff y Catherine, tan intenso que desafiara incluso a la muerte. O quizás algo más dulce, como Jane Eyre encontrando su alma gemela en Rochester, superando todas las barreras sociales." Una nota discordante interrumpió la melodía. "O tal vez, ser como Anna Karenina, capaz de sacrificarlo todo por amor... aunque su final fuera trágico."
La música se volvió más lenta, casi dolorosa. "Pero eso debió ser un sueño muy infantil."
Me quedé paralizado, las palabras atoradas en mi garganta. ¿Qué podía decir? ¿Cómo consolar a alguien que sufría el mismo tipo de prisión que yo, aunque con diferentes barrotes?
"No tienes que decir nada," murmuró, sus dedos finalmente abandonando las teclas. "No se espera mucho de nosotros realmente más que seguir con lo que los demás quieren para nosotros." Se levantó con la gracia de una bailarina de una cajita musical, cada movimiento medido y perfecto. "Me retiro, dile a mi abuela que fui a mi habitación," añadió, su mirada fija en el suelo de madera pulida.
El sonido de sus pasos alejándose resonó en el salón rosa pastel, dejándome solo con mis pensamientos. La ironía de nuestra situación no se me escapaba. Ambos éramos prisioneros de las expectativas ajenas, aunque nuestras celdas fueran diferentes. Elizabeth soñaba con un amor sacado de las páginas de un libro, un romance que desafiara las convenciones sociales y triunfara sobre los obstáculos. Y yo... yo soñaba con Michael Stevenson, con sus veinte años de vida y su manera de moverse que hacía que el mundo pareciera más brillante.
En el silencio de aquella habitación, donde aún flotaban las últimas notas de la melodía inconclusa de Elizabeth, me di cuenta de que éramos más parecidos de lo que cualquiera podría imaginar. Ambos anhelábamos algo que nos estaba prohibido: ella, el amor apasionado de las novelas románticas; yo, el amor que no se atrevía a decir su nombre, como lo había llamado Oscar Wilde. La diferencia era que su deseo, aunque difícil, al menos era socialmente aceptable. El mío, en cambio, me condenaría a una vida de ostracismo y vergüenza si alguna vez salía a la luz.
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SILENCIO. (Obsesión Vol 3)
Gizem / GerilimEn un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
