-¿No... no dirás nada? -escuché la voz desilusionada de Danzel. Había un matiz en sus palabras que me perforó el pecho. Tuvimos suerte de que nadie había oído su confesión, porque bastaba con una sola oreja indiscreta para que todo acabara en desgracia.
-Yo... Danzel... -intenté decir algo, cualquier cosa que lo calmara, que le hiciera sentir que no estaba solo. Pero la lengua se me enredaba en la boca y las palabras simplemente no salían.
Lo tomé del hombro y lo guié hacia una oficina vacía justo detrás de él. Cerré la puerta con cuidado, como si el silencio pudiera protegernos del mundo exterior. Ahí, al menos, podía hablar con él sin que corriera riesgo de que alguien escuchara lo que jamás debía salir de esos muros.
El problema era que yo no sabía qué demonios decir.
Me llevé una mano al rostro, más por angustia que por cansancio, y comencé a caminar de un lado a otro, sintiendo el corazón reventarme en el pecho y en la garganta. Danzel me observaba desde la silla, rígido, expectante. Parecía esperar que yo explotara, que descargara sobre él la ira que probablemente tantos otros le habían lanzado. Pero no podía. Él no merecía sufrir más de lo que ya había sufrido.
Suspiré, y con voz temblorosa, logré preguntar:
-Exactamente... ¿desde hace cuánto tu padre te hace "eso"? -ni siquiera pude nombrarlo. La palabra se me atascó en la garganta y quemó como veneno en la lengua.
Danzel bajó la vista. El silencio entre nosotros se estiró demasiado, hasta que finalmente respondió.
-Desde los dieciséis. Poco antes de que mis padres intentaran comprometerme con la nieta de la señora Fairfax. Se aseguraron de que... de que nadie supiera lo que soy.
Me quedé helado. No solo era su padre. Su madre también lo sabía. Lo habían entregado como si fuera un pecado que debía ocultarse, como si su propia sangre les avergonzara. Sentí un nudo de odio crecerme en el pecho, tan espeso que apenas podía respirar.
-Esos malditos... -murmuré, apretando los dientes con fuerza.
Él me miró como si dudara en seguir hablando, pero lo hizo. Su voz era baja, quebrada, cargada de un peso que jamás debió cargar un muchacho como él.
-Al principio eran rezos... horas de rodillas, lecturas, sermones del cura... Luego empezaron los golpes. Después vinieron las sesiones con ese "doctor". Dicen que es un hombre de ciencia, que sabe cómo curar esta condición. -tragó saliva, luchando con cada palabra-. Pero no cura. Solo duele. Y yo... yo no sé cuánto más puedo soportar.
Lo vi quebrarse delante de mí. Sus ojos, normalmente tan fríos y distraídos, ahora estaban rojos y húmedos. Esa coraza que siempre parecía llevar puesta se resquebrajaba frente a mí, mostrando lo que en verdad era. Un muchacho frágil, herido, cansado.
Y yo estaba desesperado.
Me acerqué, incapaz de soportar la distancia. Lo sujeté por los hombros, obligándolo a mirarme. Su piel temblaba bajo mis manos.
-Danzel... -murmuré con torpeza, limpiándole las lágrimas que se escapaban por las comisuras de sus ojos-. Todo va a estar bien, ¿me oyes? No voy a dejar que sigan haciéndote esto.
Él asintió apenas, pero no dijo nada. Lo único que vi fue un destello de alivio mezclado con miedo.
Se levantó con prisa, como si la vergüenza lo consumiera, murmurando una excusa sobre su padre. Antes de que cruzara la puerta lo detuve otra vez, con suavidad, tomando su brazo con cuidado. Me aseguré de sostenerle la mirada, esos ojos azules que guardaban más secretos de los que yo era capaz de imaginar.
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SILENCIO. (Obsesión Vol 3)
Misterio / SuspensoEn un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
