CAPÍTULO XVI =LA SOMBRA QUE AMA A LA LUZ=

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A la mañana siguiente, observé a mi padre mientras la señora Wilson colocaba el desayuno sobre la mesa con la precisión de un ritual. Él bebía su café sin apartar la vista del periódico, como si las noticias fueran más reales que las personas que tenía alrededor. El silencio se estiraba entre nosotros, roto solo por el roce de la porcelana y el crujido de las páginas al pasar.

-¿Qué quieres? -dijo al notar mi mirada fija.

-Nada... solo estaba pensando en algo.

Y era cierto. Pensaba en él, en cómo podía tolerar las infidelidades de mi madre sin quebrarse. Sabía que su excusa del poder y las apariencias era apenas una fachada. Debía haber una razón más profunda, enterrada en algún lugar donde él mismo no se atrevía a mirar.

La señora Wilson dejó mi desayuno a un lado: huevos revueltos con tocino, mucho mejores que las insípidas preparaciones de mi madre. Secretamente agradecí que hubiera cedido a contratar servidumbre; al menos, en esa decisión, había algo de sentido.

Mi padre se aclaró la garganta.
-El doctor Harrington pasará esta tarde para continuar con tu tratamiento. Así que hoy no saldrás.

-Lo dices como si saliera todos los días -repliqué, empujando los huevos con el tenedor, sin probar bocado. La noticia me había arrebatado el apetito.

-Danzel, ¿podrías dejar de ser tan molesto?

Solté una breve carcajada amarga.
-¿Por qué? ¿También vas a contratar un doctor para quitarme eso? Adelante, hazlo. ¿Qué más puedo perder que no lo haya perdido ya?

Mi voz subió un tono, cargada de un enojo que me recorría como corriente eléctrica.

-Danzel, compórtate.

-No, dime. ¿Qué más me vas a quitar? ¿Mi libertad? Apenas si la tengo. ¿Tu amor? Jamás lo he tenido. Así que dime, padre, dime qué más puedes arrebatarme.

El periódico quedó a un lado, abandonado. Mi padre se levantó lentamente de la silla. Por el gesto de su mandíbula comprendí que contenía la furia que lo quemaba por dentro.

-No digas eso -respondió, su voz grave, más baja de lo habitual-. No dudes que te amo. Eres mi hijo... pero hay cosas que corregir, que arreglar.

El timbre sonó entonces, abrupto, como un disparo que cortó el aire en tensión. La señora Wilson salió presurosa de la cocina para abrir la puerta. Mi padre, sin mirarme, se apartó del comedor. Antes de desaparecer en el pasillo, murmuró entre dientes:

-Compórtate.

Me quedé solo frente al plato intacto, el aroma del café aún flotando en la estancia.

Michael entró en la casa y lo vi avanzar, guiado por la señora Wilson hacia el salón. Sentí cómo mi cuerpo se paralizaba en ese mismo instante; el mundo, incluso, pareció contener la respiración junto conmigo. Quise salir a su encuentro, saludarlo como tantas veces había soñado hacerlo en circunstancias distintas, pero la realidad me golpeó: no estaba preparado para dejarlo ver mis cicatrices.

Vestía una simple camisa de manga corta y aquello dejaba expuestas las marcas en mis muñecas, las finas líneas de los puntos aún visibles en mis antebrazos. Las pruebas de mi suplicio bajo las terapias de conversión. Michael no debía saberlo. Lo conocía demasiado bien: descubrirlo solo podría encender en él una furia que acabaría en consecuencias desastrosas. Así que, con el cuidado de un fugitivo, subí a mi habitación procurando no cruzarme en su camino.

Allí, sentado al borde de la cama, me pregunté qué hacía él en nuestra casa. ¿Qué lo había traído hasta aquí? Michael no era de hacer visitas improvisadas; menos aún a mi padre. La intriga me consumía mientras me vestía con ropa más formal. Me incliné hacia la puerta entreabierta y escuché sus voces en el piso de abajo.

SILENCIO. (Obsesión Vol 3)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora