En un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
«El corazón, alimentado por las sobras de la esperanza, se amolda a la forma de vivir en soledad y, cuando su mundo, aunque vacío, es amenazado, hace lo imposible por mantenerlo seguro, aun cuando eso implique alejar a la luz que lo salvaría»
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No sé exactamente cuántas horas habían pasado desde que Frederick me había dicho la verdad.
Qué imbécil fui al quedarme callado. Me di cuenta de mi error esta mañana, cuando la luz del día entró sin permiso por la ventana y me recordó que aún respiraba. Pero ¿qué podía hacer ya? Decirle la verdad a Danzel sería liberarlo, sí, pero también arrancarle lo único que todavía lo sostenía. ¿Qué clase de libertad podía nacer del derrumbe?
Por un lado, mi razón me decía que él tenía derecho a saber que su padre no era realmente su padre. Por otro, mi corazón me incitaba a que callara. Que si lo hacía, lo protegería de la podredumbre de su propio origen, del peso insoportable de una mentira tan falsa como su vida.
-¿En qué me metí? -murmuré, levantándome de la cama. La cabeza me dolía y el cuerpo aún más, como si hubiera sido atropellado por un auto. No había dormido en absoluto, y la mente no encontraba un solo rincón donde esconderse.
Caminé hasta la ventana. El cristal estaba frío y empañado. Afuera, el cielo tenía ese color distintivo que precedía a la lluvia -un gris oscuro, casi negro-. Me pregunté cómo podría verlo ahora a los ojos sin que la verdad se me escapara por la mirada. Si lo hacía, dos imágenes se mezclarían inevitablemente; la mentira que debía sostener y la verdad que me roía hasta los huesos.
Miré su ventana. Las cortinas seguían cerradas. Era extraño, Danzel nunca dormía hasta tarde; su costumbre era levantarse justo al amanecer, como si la oscuridad le pesara más que al resto del mundo.
El reloj marcaba las diez con cuarenta y cinco. Para cualquiera podría ser un simple retraso pero yo conocía a danzel lo suficiente para saber que no había retrasos, no para alguien como él.
Me quedé un momento observando esa franja obscura entre las cortinas. Ningún movimiento. Ninguna sombra. El silencio era tan profundo que podía escuchar mi propia respiración golpeando el vidrio.
Di un paso atrás. Me dije que seguramente estaba exagerando, que el insomnio me había vuelto paranoico. Pero la duda ya había echado raíces.
Fui hasta el escritorio y me dejé caer en la silla. Los codos sobre las rodillas, la cabeza entre las manos. La culpa y la duda pesaban igual, y no sabía cuál de las dos terminaría por aplastarme primero.
¿Le digo la verdad?
¿Le digo que todo lo que cree de su familia es una mentira construida con sangre ajena?
¿O me callo y lo dejo vivir en su ignorancia, aunque eso me pudra la lengua por dentro?