CAPÍTULO XIV -REDESCUBRIR-.

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Era la mañana del 14 de octubre de 1934, una mañana que se anunciaba tan monótona como cualquier otra, a pesar del torbellino de mentiras que ahora sabía que giraba a mi alrededor. El cielo gris de otoño parecía reflejar mi estado de ánimo, una mezcla de resignación y amargura que se había convertido en mi compañera constante.

Salí de casa con la misma rutina de siempre, ajustando mi corbata y asegurándome de que cada detalle de mi apariencia fuera impecable. La máscara de perfección que había aprendido a llevar se sentía más pesada que nunca, pero la ajusté como lo hacía cada mañana, preparándome para otro día de fingir ser alguien que no era.

Apenas había puesto un pie en la acera cuando sucedió. En un instante, mi mundo ordenado y predecible se tambaleó, literal y figurativamente. Tropecé con alguien, un cuerpo sólido y cálido que apareció de repente en mi camino. La fuerza del impacto me hizo perder el equilibrio y caí al suelo, mis manos raspándose contra el pavimento áspero.

Levanté la mirada, listo para soltar una disculpa automática, cuando mis ojos se encontraron con los de Michael Stevenson. Lo conocía, por supuesto. Era imposible no conocer a alguien en nuestro pequeño y cerrado círculo social. Pero en ese momento, fue como si lo viera por primera vez.

Michael era más alto que yo, y mayor. Su cuerpo, evidentemente más fuerte que el mío, se alzaba sobre mí como una estatua griega. Y fue entonces cuando lo noté. Jamás me había dado cuenta de cuán simétricas eran sus facciones, de cómo sus ojos, de un verde profundo, parecían contener bosques enteros. Su mandíbula, fuerte y bien definida, creaba una línea perfecta que mis ojos no pudieron evitar seguir.

Me quedé mirándolo, incapaz de apartar la vista, durante lo que pareció una eternidad pero que probablemente no fueron más que un par de segundos. Una extraña sensación se apoderó de mí, algo que no pude nombrar en ese momento, pero que hizo que mi corazón latiera de una manera que nunca antes había experimentado.

Michael, ajeno a la tormenta que se desataba en mi interior, me tendió su mano para ayudarme a levantar. Su gesto era amable, su sonrisa cálida y genuina, tan diferente de las sonrisas falsas a las que estaba acostumbrado en casa.

"Vaya, creo que te he lastimado," dijo, tomando mi mano que tenía un raspón en la palma. Su contacto se sintió extraño y, sorprendentemente, natural. Era ajeno a la incomodidad que solía sentir cuando alguien osaba tocarme. Su piel era cálida, sus dedos fuertes pero gentiles, y por un momento me perdí en la sensación.

"Eso... no es nada, no te preocupes," logré articular, apartando mi mano y llevándola a mi bolsillo. El lugar donde me había tocado parecía arder, pero de una manera que no era del todo desagradable. Confundido por estas nuevas sensaciones, hice lo único que sabía hacer cuando me enfrentaba a algo que no entendía: huir.

"Se me hace tarde, lo siento pero tengo que irme," solté apresuradamente, dándome media vuelta sin esperar su respuesta. Mis piernas se movían por voluntad propia, alejándome de Michael y de las emociones desconcertantes que su presencia había despertado en mí.

Escuché un "Hasta luego" a mis espaldas, su voz resonando en mis oídos de una manera que me hizo estremecer. No me atreví a mirar atrás, temeroso de lo que podría sentir si volvía a ver su rostro.

Mientras me alejaba, mi mente era un torbellino de pensamientos y emociones contradictorias. ¿Por qué me había afectado tanto ese encuentro? ¿Por qué no podía dejar de pensar en la simetría de su rostro, en la calidez de su toque? Estas preguntas se mezclaban con un miedo creciente, un temor a algo que no me atrevía a nombrar.

Intenté sacudir estos pensamientos de mi mente, diciéndome que era solo la sorpresa del encuentro, la novedad de una interacción genuina en mi mundo de falsedades. Pero en el fondo, una parte de mí sabía que algo había cambiado. Algo fundamental y aterrador.

SILENCIO. (Obsesión Vol 3)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora