CAPÍTULO XX -REBELDÍA-

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Mis pensamientos sobre Michael eran siempre lo primero al despertar, lo último cuando los párpados se cerraban, siempre era él. Como una melodía que se niega a abandonar la mente, su presencia persistía en cada rincón de mi consciencia, coloreando cada momento de mi existencia con tonos que solo él podía inspirar.

Quizá tal vez un día me podría animar a hablarle, tener una conversación normal, una que no fuera un saludo matutino o una despedida cuando nos topábamos en la librería Hemingway. El establecimiento, con sus estantes de madera oscura y el aroma a papel antiguo, se había convertido en mi santuario, el único lugar donde podía pretender que éramos dos personas normales compartiendo el mismo espacio. Esperaba algún día encontrar el valor de hablarle, quizá ser su amigo. Por supuesto, no esperaba que él correspondiera mis sentimientos -esa era una fantasía demasiado peligrosa incluso para mis sueños más secretos. Solo lo quería a él cerca, nada más, como se desea la presencia del sol en un día frío: sin pretender poseerlo, simplemente agradeciendo su calor.

"Danzel, no escucho el piano", dijo mi padre al fondo del salón, sentado en su sillón de cuero gastado favorito, sin levantar la vista de uno de sus libros. Su voz, aunque tranquila, llevaba ese tono de advertencia que había aprendido a reconocer demasiado bien.

"Lo siento, padre." Me acomodé en el banco, ajustando el metrónomo con dedos que habían memorizado este ritual desde la infancia. Comencé a tocar el Vals No. 1 en Mi bemol mayor de Chopin, una pieza que siempre me había parecido demasiado alegre para nuestra casa, pero que ahora reflejaba perfectamente mi estado de ánimo. La melodía fluía con una ligereza que contrastaba con el peso de los "tratamientos" y las expectativas familiares. Era esperanzadora, como si cada nota fuera un pequeño acto de rebeldía contra la oscuridad que me rodeaba.

Desde que había aceptado mi enamoramiento, mi vida giraba en torno a ese sentimiento. Las torturas y humillaciones del Dr. Harrison se habían convertido en un precio que estaba dispuesto a pagar por esos breves momentos de felicidad. Solo importaba saber que en la noche, después de mis obligadas citas con Elizabeth, lo encontraría ahí, saliendo de la librería con un nuevo libro bajo el brazo, como una aparición que hacía que todo el dolor valiera la pena.

Mientras mis dedos danzaban sobre las teclas de marfil, mi mente vagaba hacia escenarios imposibles. Me imaginaba acercándome a él con una confianza que no poseía, preguntándole sobre su última lectura. En mi fantasía, él me hablaría con esa pasión que solo había vislumbrado cuando lo veía discutir literatura con el viejo librero. Sus ojos brillarían al compartir sus pensamientos sobre las páginas que había devorado, y yo lo escucharía embelesado, bebiendo cada palabra como un hombre sediento. Su voz, esa voz que podría ordenarme saltar al vacío y yo obedecería sin dudar, llenaría el espacio entre nosotros con promesas que nunca se harían realidad.

La música seguía fluyendo, mis dedos moviéndose por voluntad propia, mientras mi mente se perdía cada vez más en ese mundo de posibilidades prohibidas

La voz estridente de mi madre entrando al salón hizo que desafinara las notas, el sonido discordante tan apropiado para la escena que estaba por desarrollarse. Sus palabras llegaban como proyectiles, reclamándole a mi padre sobre las facturas del Dr. Harrison, sobre el dinero gastado en "tratamientos" que no parecían dar resultado. Dejé que las últimas notas murieran mientras ellos discutían como era costumbre. De hecho, se había hecho extraño pues estos últimos días no habían discutido, y en nuestra casa, un día sin discusión era más preocupante que uno con ella -significaba que estaban planeando algo.

Me retiré del salón con la cautela de quien ha aprendido a moverse entre cristales rotos, pero sus voces me siguieron como fantasmas persistentes. La discusión mutó, como siempre lo hacía, pasando del dinero a los tratamientos, de los tratamientos a mi "condición", y finalmente, a lo que realmente les preocupaba: el qué dirán, las invitaciones que habían dejado de llegar, los susurros que creían escuchar en la iglesia. "¿Qué vamos a hacer si alguien se entera?", la voz de mi madre temblaba. "¿Has pensado en enviarlo a ese instituto en Suiza?", sugería mi padre, como si mandarme al extranjero pudiera borrar la vergüenza que según ellos representaba.

SILENCIO. (Obsesión Vol 3)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora