Michael Stevensson
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Mis pasos resonaban sobre el pavimento húmedo. El cielo seguía cubierto, con ese gris oscuro que anunciaba una tormenta más que un simple aguacero pasajero. La ciudad olía a tierra mojada y hierro oxidado, y cada tanto el viento arrastraba restos de hojas y papeles que crujían bajo mis zapatos.
No iba a ninguna parte en particular. Caminaba porque era la única forma de callar, aunque fuera un poco, el ruido que llevaba dentro. Las voces de la gente en las calles, las carcajadas de las señoras que compartían cafés a las puertas de las cafeterías, incluso el sonido de los automóviles, todo servía como un ruido blanco breve que me mantenía lejos de mis propios pensamientos.
Me detuve frente al edificio del señor Gallagher, el padre de Danzel. Lo miré con atención, sin saber bien por qué, como si el ladrillo rojizo de su fachada ejerciera una fuerza extraña sobre mí. Y antes de poder darme cuenta ya estaba subiendo los escalones, empujando la puerta de entrada y saludando a los primeros empleados que crucé, con la naturalidad de quien ha estado ahí cientos de veces aunque solo hubiera estado una sola vez antes.
No debería haberlo hecho. Lo supe desde el mismo instante en que crucé el umbral. No había ningún motivo que justificara mi presencia, más allá de ese impulso ciego que uno mismo reconoce como un error, pero que aun así lo arrastra a actuar. No sabía exactamente qué era lo que buscaba.
Hasta que lo encontré en el segundo piso. Estaba de pie, junto a la barandilla, con esa sonrisa suya que siempre lograba desarmarme. Solo que esa sonrisa no era para mí. Esa sonrisa estaba dirigida a una mujer, y eso bastó para que algo en mí se retorciera.
La escena no tenía nada de extraordinario: dos jóvenes conversando en un pasillo, intercambiando frases sobre cualquier cosa. Y sin embargo, para mí fue suficiente para sentir que me clavaban un cuchillo en el pecho. Observé el modo en que ella se inclinaba hacia él, cómo él asentía con un gesto tranquilo, cómo parecía escucharla con una atención que a mí nunca me había prestado.
Un calor extraño me subió desde el estómago hasta el rostro. No era solo enojo: había también incredulidad, y un sentimiento amargo de traición que me costaba reconocer. ¿Quién era esa mujer? ¿Qué le daba a Danzel que yo no? ¿Acaso estaba interesado en ella?
Me descubrí avanzando sin pensarlo, con el ritmo de mis pasos marcando un golpe seco en el suelo. Cuando él notó mi presencia, se irguió un poco, carraspeó, y su expresión cambió de inmediato, como si al verme hubiera tenido que ponerse otra máscara, otra personalidad.
-¿Michael? -su voz sonó tranquila, demasiado tranquila, y ese control me heló la sangre-. ¿Qué haces aquí?
Me obligué a forzar una sonrisa.
-Pasaba cerca y quise saludarte -mentí con tanta ligereza que parecía genuina-. ¿No vas a presentarme?
Él asintió, apenas incómodo.
-Claro... Ella es Mary, una de las secretarias del edificio. Mary, él es Michael, un amigo mío.
La muchacha me dirigió una mirada rápida, cortés, nada más. En otro contexto quizá habría dicho algo amable, incluso podría haber sido un poco coqueto, pero en ese instante su sola presencia me resultaba insoportable.
Ella se despidió enseguida, con un gesto de mano algo tímido. Danzel respondió con esa amabilidad que me enfurecía, y cuando Mary ya se alejaba, todavía se giró para dedicarle una última sonrisa.
Yo lo vi todo. Cada gesto, cada movimiento. Y en mi interior, la irritación se espesaba como humo en una habitación cerrada.
-¿Y de qué hablaban tan animosamente? -pregunté, fingiendo indiferencia, aunque mi voz sonaba más áspera de lo que pretendía.
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SILENCIO. (Obsesión Vol 3)
Misterio / SuspensoEn un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
