CAPÍTULO XXIV

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-Vamos Danzel, rápido llegaremos tarde- dijo mi madre con una alegría inusual mientras tomaba mi mano, llevándome con ella. Su tacto era cálido, afectuoso, tan distinto a la frialdad habitual con la que me trataba que casi me resultaba irreconocible.

-Parece que tu madre está muy ansiosa el día de hoy, hijo- mencionó mi padre siguiéndonos unos pasos por detrás. En su rostro, una sonrisa genuina había reemplazado la perpetua expresión de cálculo y desaprobación. Me llamó "hijo" con un tono que sugería orgullo, no obligación.

El sol brillaba con una intensidad perfecta, ni demasiado fuerte como para resultar molesto, ni tan débil que no calentara nuestra piel. El aire olía a hierba recién cortada y a algodón de azúcar. Pequeños detalles que mi mente registraba con una claridad sorprendente.

Llegamos a un lugar desconocido, un teatro al aire libre rodeado de árboles frondosos cuyas hojas susurraban con la brisa. Actores en elaborados disfraces representaban diferentes obras mientras nosotros reíamos y aplaudíamos. Mi madre me abrazaba ocasionalmente, mi padre revolvía mi cabello con afecto. Éramos, por primera vez en mi vida, una familia común y feliz. Sin tensiones ocultas, sin miradas de reproche, sin silencios cargados de expectativas no cumplidas.

Cuando desperté, la visión de la realidad me golpeó con la fuerza de una bofetada. Esos no éramos nosotros. Nunca lo seríamos. El sueño se disipó como niebla bajo el sol implacable del amanecer, dejando en su lugar la familiar sensación de vacío que me acompañaba cada mañana.

Mi habitación estaba tan oscura como la había dejado anoche. Zeus dormía aún, hecho un ovillo perfecto a los pies de mi cama. Observé el reloj: exactamente las seis de la mañana. Ni un minuto más, ni un minuto menos, como siempre. Mi cuerpo parecía tener su propio mecanismo de relojería, tan preciso y fiable como las matemáticas que tanto amaba mi padre.

Me levanté de mi cama y comencé con mi rutina de todos los días. Primero, estirar la colcha hasta que no quedara ni una sola arruga. Luego, acomodar las almohadas: cuatro golpes a cada una, ni tres ni cinco. Siempre cuatro. El número preciso para lograr la densidad adecuada. Zeus se estiró perezosamente, acostumbrado ya a este ritual matutino, sabiendo que no debía interferir.

Después, me dirigí al armario. Seleccioné la ropa con meticuloso cuidado: camisa blanca impecable, pantalón gris oscuro, chaleco a juego. Todo perfectamente planchado, todo en su lugar designado. La percha vacía debía quedar exactamente en el centro de las dos perchas adyacentes. Si no quedaba así al primer intento, debía intentarlo de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo, hasta que la distancia fuera exactamente la misma.

Continué con la sección de libros en mi estante. Cada mañana limpiaba el polvo, aunque realmente no hubiera polvo que limpiar. Pasaba un paño de algodón puro -nunca sintético- por cada lomo, en orden alfabético. No podía saltarme ninguno. Si perdía la cuenta, debía comenzar desde el principio.

Mientras limpiaba metódicamente, encontré el papel viejo y gastado que, como parte de mi ritmo ineludible, veía cada dos días al hacer esta limpieza. Nunca lo tocaba los días impares, solo los pares, como hoy.

"Dr. Ethan Blackwood, psiquiatra infantil", decía en letras grandes que alguna vez fueron negras y ahora se habían desvanecido hasta convertirse en un gris fantasmal. La mayoría de las letras estaban borradas por el tiempo, otras se habían convertido en manchas irreconocibles, pero el contenido nunca cambiaba en mi memoria: "Trastorno obsesivo compulsivo", declaraba la parte un poco más legible, como una sentencia que me había sido impuesta antes de que pudiera siquiera comprender su significado.

Recordaba vagamente ese día. Tenía seis años. Mi madre, con esa expresión tensa que ahora reconocía como vergüenza mal disimulada, me había llevado al consultorio del Dr. Blackwood. El detonante había sido mi apego al viejo soldado de peluche que me había regalado mi tía Abigail. No era solo que durmiera con él o que lo llevara a todas partes -cosas que muchos niños hacían-, sino la forma en que interactuaba con el juguete. Tenía que tocarlo exactamente ocho veces antes de dormir, colocarlo en posición perfectamente vertical junto a mi almohada, y asegurarme de que su pequeña espada de plástico apuntara exactamente hacia el este. Si alguien lo movía, aunque fuera mínimamente, sentía una angustia tan sofocante que no podía respirar hasta que lo colocaba de nuevo en su posición correcta.

SILENCIO. (Obsesión Vol 3)Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora