Dos años después...
"Zeus, ¿cuál me queda mejor? ¿Este o este?" pregunté mostrándole a mi gato dos trajes diferentes, ambos tan sobrios como mi padre esperaba que yo fuera. El felino me observaba con esa indiferencia calculada que solo los gatos dominan a la perfección.
Mi padre había logrado expandir sus negocios al otro lado del mundo, lo que significaba mayor reconocimiento y, para Frederick Gallagher, una avalancha de dinero entrando a sus cuentas personales. La celebración de esta noche era inevitable.
"¿A quién voy a engañar? Si no puedo siquiera escoger un simple traje, ¿cómo podría vivir una vez fuera de casa?" pronuncié con un tono amargo que había perfeccionado con los años. Zeus maulló en respuesta, saltando a mi regazo con una gracia que contradecía su abultado estómago.
Sabía lo que haría: estudiaría matemáticas, justo como lo hizo mi padre. Pero no estaba seguro de seguir sus pasos en los negocios. Me gustaba cuando lo apoyaba con cálculos y proyecciones -lo había visto iluminarse brevemente cuando resolví en segundos una ecuación que le había llevado horas-, pero no existía tal pasión en mí, no había ese fuego que él llevaba dentro, esa ambición voraz que consumía todo a su paso.
Nuevamente mi gato maulló, ronroneando contra mi pierna.
"No, Zeus, no es así conmigo por eso," murmuré, acariciando su pelaje distraídamente. "Quizá simplemente las cosas no se dieron como él lo deseó."
Recordé, no por primera vez, aquella conversación que había escuchado en mi niñez, escondido tras la puerta entreabierta del estudio. Cómo mi madre y él se expresaban de su propio hijo -de mí-, como si fuera un experimento fallido. Cómo mi padre me miraba más como un peón en su tablero y cómo mi madre no ocultaba su desprecio bajo capas de fingida preocupación.
"-¿Agradarme? -mi padre soltó una risa seca, desprovista de humor-.
Margareth, no seas ingenua. El chico es... conveniente. Un peón más en este
juego que llamamos familia. Si puedo usarlo para mis propósitos, ¿por qué no hacerlo?
-Eres despreciable, Frederick -escupió mi madre-. Usar a tu propio hijo...
"Oh, por favor" interrumpió mi padre
"Como si tú fueras mejor. Al menos yo le presto algo de atención. Tú ni siquiera puedes mirarlo a los ojos la mitad del tiempo.
Sacudí la cabeza, alejando los recuerdos. Miré el reloj despertador que tenía en mi mesa de noche. Demonios, se me hacía tarde.
Tomé el traje gris oscuro -el que más se asemejaba a los que él usaba- y comencé a vestirme con movimientos precisos y eficientes. No podía darle a mi padre otro motivo para su enojo. Había aprendido, tras años de decepciones mutuas, que la mejor estrategia era la invisibilidad. Ser tan perfecto en lo superficial que nadie sintiera la necesidad de escarbar más profundo.
Bajé a la sala cuando terminé, notando cómo mi madre aún se empeñaba en llevar ese pastel de piña a donde fuera -era asqueroso, una masa dulzona y pegajosa que nadie realmente disfrutaba pero que todos alababan por cortesía.
"Danzel, ¿estás listo?" La voz de mi padre detrás de mí me causó un pequeño sobresalto. Siempre había tenido esa habilidad para materializarse en los momentos menos esperados, como si pudiera leer mis pensamientos y aparecer justo cuando más vulnerable me sentía.
"Sí, padre, estoy listo," respondí sin poder mirarlo a los ojos. No era miedo lo que sentía -no exactamente-, sino una especie de resignación anticipada. Él, por otro lado, ni siquiera lo intentó. Solo pasó de largo, saliendo de la casa con esa autoridad que parecía una extensión natural de su cuerpo. Mi madre siguió detrás de él, y yo me quedé al final, como siempre, observando sus espaldas alejarse, una metáfora viviente de nuestra relación.
ESTÁS LEYENDO
SILENCIO. (Obsesión Vol 3)
Misterio / SuspensoEn un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
