Los meses habían pasado con la lentitud de una pesadilla interminable. Las terapias electroconvulsivas ya no eran suficientes para satisfacer la obsesión de mi padre por "curarme". Había insistido en implementar otros métodos, cada uno más brutal que el anterior: baños de agua helada que me dejaban temblando durante horas, intentando expulsar el "demonio" de mi cuerpo; inyecciones de sustancias que nublaban mi mente y me hacían vomitar hasta que solo quedaba bilis; sesiones interminables de hipnosis que pretendían reescribir mis recuerdos más íntimos.
El Dr. Harrison, complaciente ante el dinero de mi padre, sugería cada nuevo tratamiento con un entusiasmo científico que apenas ocultaba su sadismo. "Es fascinante", decía mientras anotaba mis reacciones en su libreta de cuero, "cómo el cuerpo humano responde al trauma controlado". Para él, yo no era más que un experimento, un caso de estudio que justificaba sus métodos medievales.
Incluso habían recurrido al Padre Matthews, el clérigo de la ciudad, un hombre cuya sotana negra parecía absorber la luz de cualquier habitación en la que entrara. Sus visitas semanales se habían convertido en un nuevo tipo de tormento: largos exorcismos que mezclaban latín con gritos de condena, agua bendita que me quemaba la piel no por su santidad sino por la vergüenza, y confesiones forzadas que me hacían sentir cada vez más alejado de cualquier tipo de divinidad.
"Dios te ama, hijo mío", repetía el Padre Matthews mientras sostenía el crucifijo frente a mi rostro, "pero debes renunciar a tus pecados". Sus palabras sonaban huecas, como si rebotaran en las paredes de mi habitación sin llegar nunca a tocar mi alma. ¿Cómo podía amarme un Dios que aparentemente había creado tantos como yo, solo para condenarnos?
Por mi parte, cada nuevo "tratamiento" solo servía para cristalizar mi desprecio. Aborrecía la hipocresía de mis padres, que preferían torturar a su hijo antes que enfrentar el escándalo social. Despreciaba aún más a la sociedad que nos rodeaba, con sus sonrisas falsas y sus valores vacíos, que de saberse aplaudirían la "valentía" de mi familia por "ayudar" a su hijo descarriado.
Pero sobre todo, me detestaba a mí mismo. No por quien era - esa verdad se había vuelto más clara con cada descarga eléctrica, cada oración forzada, cada nueva "cura" - sino por mi incapacidad de encontrar una salida. Me odiaba por no tener el coraje de huir, por no poder simplemente pretender ser quien ellos querían que fuera, por estar atrapado en este limbo entre la autenticidad y la supervivencia. Cada mañana, al mirarme en el espejo, veía los ojos hundidos de alguien que estaba perdiendo no solo su libertad, sino también su humanidad, fragmento a fragmento, tratamiento tras tratamiento.
Las noches se habían convertido en mi único refugio, cuando la casa dormía y podía permitirme existir sin máscaras, sin pretensiones. En la oscuridad de mi habitación, mis pensamientos vagaban hacia lugares prohibidos, hacia sueños de una vida diferente, de un mundo donde no tuviera que esconderme. Pero incluso esos momentos de paz estaban manchados por el conocimiento de que, con el amanecer, todo comenzaría de nuevo.
Hubo un día en particular en el que a pesar de las palabras, amenazas y súplicas de mi padre por no decirle a nadie mi "condición", no pude aguantarlo más. El peso de mi secreto se había vuelto demasiado pesado para llevarlo solo.
Fue durante una de las "citas" que mantenía con Elizabeth, la nieta de la señora Fairfax. En ella no veía nada más que desprecio por estar obligado a pasar tiempo con ella, por vivir una mentira. Pero al mismo tiempo sentía lástima, una lástima profunda y amarga, porque ambos éramos iguales: prisioneros de las expectativas ajenas. Ella, con sus sueños de enamorarse de un hombre que le diera un amor como en los libros que leía a escondidas, y yo, un joven que tenía que estar con ella para que la vida social y profesional de mis padres no se destruyera.
La odiaba, sí. La detestaba con la misma intensidad con la que detestaba esta farsa que llamábamos cortejo. Pero, ¿qué podía hacer? Ambos éramos prisioneros cuya sentencia se reducía a este chiste de compromiso y futuro matrimonio, una obra de teatro donde los actores principales ni siquiera habían elegido sus papeles.
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SILENCIO. (Obsesión Vol 3)
Misterio / SuspensoEn un mundo donde las mentiras son la norma y los deseos se ocultan tras una máscara de conformidad, Danzel vive atrapado entre la búsqueda de la aceptación y el anhelo de amor. Desde su infancia, ha deseado fervientemente el cariño de sus padres, p...
