(Perspectiva Calisto)
El rugido del avión privado nos envolvía como una advertencia. Las hélices giraban, los motores estaban listos, y cada paso hacia la pista se sentía como si camináramos directo a otra vida. A mi lado, Bakugou caminaba en silencio, con esa expresión dura y seria que me hacía sentir menos sola en momentos como este.
Apolo iba detrás de nosotros, con los ojos bajos, como si cargara más peso que el de su mochila. El resto del equipo Azul mantenía un ritmo relajado, o al menos fingido: Denki y Sero intercambiaban bromas flojas, Mina tarareaba una canción para aligerar el aire, y Kirishima... bueno, Kiri era como un radar emocional. Me miraba de reojo cada vez que mi espalda se tensaba más de lo normal.
Pero no era solo yo. Apolo tampoco estaba bien. Llevábamos días actuando como si todo fuera normal, cuando dentro de mí había una tormenta creciendo. Desde que encontré esa maldita carta.
Y ahora, justo antes de partir, teníamos que despedirnos de ellos.
Nuestros padres nos esperaban al final de la pista. Kylie, impecable como siempre con su conjunto blanco, y Francis, serio, medido, con los brazos cruzados. Desde lejos, parecíamos una familia perfecta. Desde cerca, éramos otra cosa.
—¿Listos? —preguntó mi padre.
—Listos —dijo Apolo con un tono que no engañaba a nadie.
Kylie se acercó a mí. Su mano rozó mi brazo con suavidad, pero yo no la miré. No podía. Su ternura me dolía más que cualquier grito.
—¿Pasa algo, hija?
—Todo bien —respondí. Mentí.
Francis frunció el ceño. Lo conozco demasiado bien. Él lo sintió. Supo que estaba ocultando algo. Y si lo supo, mamá también.
—Calisto —insistió Kylie—. ¿Tiene que ver con la carta?
Yo y Apolo nos miramos,¿como sabían? ¿De dónde supieron lo de la carta?,solo Quise escupirle que no. Quise preguntarle cómo lo sabía. Pero no lo hice. Me quedé quieta, mirando hacia el avión como si fuera una salvación.
—Es hora —intervino Bakugou, siempre oportuno.
—Cuídense —dijo mamá mientras besaba a Apolo en la mejilla.
Se quedó frente a mí, esperando algo que no pensaba darle. No en ese momento.
—Nos vemos pronto —solté, sin emoción.
Y entonces nos fuimos. Subimos al avión sin mirar atrás. Sin abrazos. Sin respuestas.
⸻
El interior del jet era impecable: asientos de cuero blanco, tecnología de punta, bebidas frías esperándonos. Pero el lujo no podía tapar la tensión. Estábamos en silencio, cada uno inmerso en sus propios pensamientos. El único ruido constante era el de los motores y algún comentario disperso de Denki o Mina.
Yo me senté junto a la ventana, intentando ver algo más allá de las nubes, más allá de la incomodidad que me carcomía por dentro. Estaba atrapada entre el impulso de gritar y el deseo de desaparecer.
Y entonces sonó mi celular.
Un número desconocido. Sin identificación.
No sé por qué contesté. Tal vez fue la intuición. Tal vez fue la voz que ya sabía lo que iba a oír.
—¿Hola?
El zumbido fue breve. Y luego... la voz.
—Hola, pequeña fiera.
Me congelé.
No respiré. No parpadeé.
El mundo se detuvo.
—No... —susurré, como si alguien me hubiera arrancado el alma.
Esa voz no era una coincidencia. Esa voz no era un error.
Era él.
Carlos.
Mi tío. Mi mentor. Mi fantasma.
Colgué sin pensarlo. Mis manos temblaban. Mi corazón se disparó como si intentara huir de mi pecho.
Me levanté de golpe. No podía quedarme allí. Bakugou me lanzó una mirada rápida, preocupado, pero no dije nada. Caminé directo al baño sin responder a nadie.
Entré, cerré la puerta, y apoyé las manos en el lavamanos.
No podía respirar.
No podía pensar.
La voz seguía repitiéndose en mi cabeza como un eco maldito.
"Hola, pequeña fiera."
Solo Carlos me llamaba así. Siempre decía que era mi apodo de guerra, que los diamantes se rompían pero las fieras resistían.
Recordé su muerte. O lo que creíamos que era su muerte.
Recordé la carta. La tinta. El mensaje.
"Pequeña fierra"
El agua corría, pero no la escuchaba. El espejo me devolvía una imagen que no reconocía: pálida, descompuesta, temblorosa.
—Estás muerta, Calisto. Te estás rompiendo —murmuré, con la voz rota.
Toqué mi pecho. El dolor era físico, punzante. No podía fingir que esto no había pasado. No después de esa voz. No después de ese apodo.
Alguien golpeó suavemente la puerta.
—Calisto —Bakugou. Su tono era más suave de lo habitual—. ¿Todo bien?
No respondí. No sabía cómo.
—Cal... —repitió, con más firmeza—. ¿Abrís o tengo que tirar la puerta?
Cerré el grifo. Me sequé las manos. Me miré una última vez en el espejo, ocultando la tormenta como siempre lo hacía.
—Ya salgo —logré decir.
Abrí la puerta. Bakugou estaba ahí, apoyado en la pared, con los brazos cruzados y la mirada fija en mí.
—¿Qué pasó?
—Nada que puedas arreglar con explosiones, Bakugou —respondí, con una sonrisa forzada.
—Entonces debe ser grave —murmuró.
Pasé a su lado sin agregar más. Regresé a mi asiento. Apolo me miró de inmediato. Supe que quería preguntarme qué pasaba. Pero no podía decírselo. No todavía.
Me senté.
Cerré los ojos.
Respiré.
Y por dentro, la certeza se hizo carne:
Carlos estaba vivo.
Y si eso era cierto, entonces todo lo que creíamos saber estaba por desmoronarse.
Los diamantes...
no eran lo más peligroso.
El verdadero enemigo acababa de hacer su primer movimiento.
ESTÁS LEYENDO
Noches En Brasil
Fiksi Penggemarla clase 1A fue seleccionada para una misión en río de Janeiro Brasil..en busca de un "diamante"..los que ellos no saben es que vivirán experiencia magníficas y emocionantes...la clase 1A fue acogida en una familia multimillonaria y mano derecha de...
