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(Perspectiva de Apolo)

El motor del GT-R rugía bajo mis pies como un dragón hambriento. El volante respondía a mis dedos como si fuera una extensión de mi mente. No necesitaba decir nada... el auto sabía lo que quería.

A mi derecha, Bakugou estaba inclinado contra el tablero, las gafas de sol puestas y una sonrisa torcida dibujada en el rostro.

—Este bicho corre más de lo que esperaba, Scott.

—¿Pensaste que solo tu chica sabía hacer mejoras de ingeniería?

—Solo dije que corre bien. Tampoco es un maldito avión —bufó.

—Dale unos segundos —respondí con una sonrisa—. Pásame ese interruptor.

Bakugou lo activó y el nitro se encendió. El impulso nos lanzó hacia adelante como si hubiéramos atravesado un portal. El mundo se volvió líneas borrosas, y la risa escapó de mi garganta sin permiso.

—¡JA! ¿Qué te dije?!

—¡Esto sí es correr, carajo! —gritó Bakugou, aferrándose al techo como si estuviera en una montaña rusa.

Por un momento, fuimos solo nosotros, la velocidad, y la pista de concreto. Dos tipos que sabían lo que era vivir al borde. Que sabían que, en el fondo, el caos era su hábitat natural.

De repente, una sombra cruzó sobre nosotros. Miré hacia arriba.

—Mira eso —señalé con la cabeza.

Un helicóptero negro volaba paralelo a nosotros, apenas unos metros más arriba. En los asientos de atrás, podíamos distinguir claramente a nuestros padres.

Mi madre, Kylie, hablaba con gesto firme mientras miraba una tablet. Mi padre, Francis, sostenía unos binoculares, y el mismísimo Aizawa parecía dormido en su asiento... aunque todos sabíamos que ese tipo dormía con un ojo abierto.

—Mierda... —dijo Bakugou—. Tus viejos van como si fueran los jefes de la misión.

—Porque lo son —reí, pero con respeto—. Papá es quien dio la orden de investigar la Mansión Miller's, y mamá no se pierde una oportunidad de estar involucrada en campo. ¿Y Aizawa? Lo trajeron porque nadie quiere que esto se salga de control.

—¿Y tú? —me preguntó con media sonrisa—. ¿Qué vas a hacer si se sale de control?

Lo miré de reojo. Mi expresión se volvió más seria por un momento.

—Voy a proteger a mi hermana. Con todo lo que tengo.

Bakugou asintió, cruzando los brazos, sin quitar la vista del cielo.

—Buena respuesta, Scott. Aunque te diré algo... si se trata de Calisto, no vas a tener que hacerlo solo.

Lo miré otra vez. No hacía falta que dijera más. La forma en la que hablaba de ella... como si la llevara tatuada en los huesos.

—¿Te gusta, verdad?

—¿Es en serio esa pregunta?

Sonreí.

—Vale. Te gusta más de lo que querés admitir.

—Me importa, Apolo. No soy un idiota. Sé lo que vale. Sé que tiene cicatrices. Y no quiero que pelee sola.

Hubo un silencio breve.

—Bien, Bakugou —respondí con sinceridad—. Te creo. Pero si alguna vez le fallas... voy a romperte los dientes.

—Me lo esperaba de un hermano con estilo —rió.

El helicóptero bajó la altura un poco, como si estuviera siguiéndonos. Vi a mi madre levantar la vista y guiñar un ojo hacia mí a través del vidrio. Como si supiera exactamente que estábamos viéndolos.

—¿Tu mamá me guiñó el ojo? —dijo Bakugou, confuso.

—Está probando tu nivel de nervios.

—Qué familia tan loca —murmuró.

—Te acostumbrás.

Nos reímos mientras el camino hacia la mansión se acercaba más y más. La misión iba a comenzar pronto. Pero en ese instante, entre el rugido del motor, el viento en el rostro y las risas reales, entendí algo: las mejores alianzas no nacen en la calma. Nacen a 220 km/h, entre fuego, humo... y lealtad.

Y nosotros éramos eso. Una maldita familia de fuego.

Noches En Brasil Donde viven las historias. Descúbrelo ahora