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Perspectiva de Apolo

El hotel era nuevo, silencioso y frío. Otra fachada de lujo más para encubrir nuestras vidas a la deriva.

La habitación tenía una cama enorme, sábanas blancas impecables, y una vista ridículamente hermosa de Dubái. Pero nada de eso importaba.

Tiré la mochila sin cuidado y me dejé caer sobre el colchón, agotado. Físicamente. Mentalmente. Emocionalmente.

La puerta se abrió sin golpear. Momo.

Entró como una tormenta contenida, con pasos firmes y los labios tensos. Ya la conocía lo suficiente para saber que eso no era solo cansancio. Era rabia.

—¿Vas a decir algo? —preguntó ella desde la entrada.

—¿Sobre qué?

—¿Sobre lo que pasó en la fiesta? ¿O vas a seguir haciéndote el distraído?

No respondí.

Ella avanzó unos pasos, cruzándose de brazos. Su sombra se proyectaba contra la pared como una lanza.

—¿Quién era?

—Nadie.

Mala elección de palabras.

—¿Nadie? —repitió con una risa seca—. Te quedaste congelado. Ni siquiera cuando casi nos descubren reaccionaste. Y después, te escapaste conmigo como si te doliera estar ahí. ¿Así tratás a "nadie"?

Me incorporé, apoyando los codos en las rodillas.

—Momo, no es el momento.

—Siempre decís eso.

—Porque nunca lo es.

Ella se quedó en silencio. Y entonces, como quien lanza la daga final, disparó:

—Todoroki me hace sentir más vista en cinco minutos que vos en cinco días.

Me quedé inmóvil.

No por rabia. No por sorpresa. Por vacío.

—Entiendo —respondí.

—Claro que no entendés. —Tomó su chaqueta de la silla—. No se puede competir con un fantasma.

Y se fue.

El portazo sonó como un disparo en mi pecho.

Me dejé caer otra vez sobre la cama. Cerré los ojos. Y sin pensarlo más, tomé el celular.

Marcá su número, Apolo. No pienses.

—¿Hola? —dijo su voz, como un soplo del pasado.

—Soy yo.

—Apolo... —Emiko.

Solo su nombre ya me templaba el alma.

—No estamos en el mismo hotel, ¿no?

—No. Estoy en el Sapphire Lux. A unos quince minutos de ustedes. Pero estuve cerca... Te vi.

Tragué saliva.

—¿Por qué no viniste?

—Porque estabas con ella. Y porque no sabía si todavía tenía derecho a hablarte.

—Siempre tuviste ese derecho —dije, sin pensarlo.

La línea se quedó en silencio por unos segundos.

—Cuando vivíamos en Brasil —comenzó ella—, pensé que nada podía salir mal. Me hacías sentir segura en medio del caos. Hasta que dejaste de estar.

Noches En Brasil Donde viven las historias. Descúbrelo ahora