47

104 8 0
                                        

(Perspectiva de Apolo Scott)

El aterrizaje fue suave, casi irreal, como si el avión flotara sobre una nube de secretos. Las luces de Dubái brillaban desde el horizonte como un enjambre de luciérnagas artificiales, y el calor seco del desierto se filtraba lentamente a través de las rendijas del fuselaje. Mientras el piloto anunciaba nuestra llegada con una voz educadamente robótica, yo ya estaba de pie, con la vista clavada en la pista.

No había guardias.
No había autos oficiales.
Nadie nos esperaba.

Un deja vu me golpeó en el estómago como un puño bien dirigido. No era solo la escena, vacía y silenciosa. Era esa sensación de que ya había estado aquí antes, con el corazón igual de revuelto, en una misión parecida, con un futuro incierto.

La recordé.
Emiko.

Era imposible no hacerlo.

No era una chica perfecta. Y eso me encantaba. Tenía esa risa que aparecía justo antes de hacer una locura, esa forma de mirar como si viera más de lo que uno mostraba. Siempre supo cómo desarmarme con una sola frase, cómo atravesar la coraza que llevo puesta desde que tengo memoria.

Aquí fue donde casi muere por mí. Aquí fue donde yo la dejé ir.

Mi mano se cerró en un puño. No por rabia. Por vacío. Porque no hay dolor más sutil que el de los recuerdos que no terminan de morir.

—Apolo —la voz de Momo me sacó de golpe del trance.

Me giré hacia ella. Su expresión era atenta, pero sus ojos llevaban ese brillo sutil que aparece cuando alguien te observa desde hace rato.

—¿Todo bien?

—Sí. Solo... el calor me pegó de golpe.

—Seguro —dijo, sin creerme ni un poco.

Suspiré. No iba a contarle sobre Emiko. No ahora. No mientras Calisto estaba al borde de una implosión emocional y yo tenía que mantenernos a todos en pie. No había tiempo para fantasmas del pasado.

—Vamos —dije—. Hay que movernos.

Nos reunimos frente al avión. El equipo Azul estaba completo. Bakugou con su porte de jefe silencioso, Denki que intentaba hacer chistes con Sero, Kirishima con su energía contenida, Mina y Momo charlando bajo el resplandor artificial del aeropuerto. Y Calisto...

Ella no era la misma desde que recibió esa llamada.

La forma en que apretaba los labios. El brillo ausente en los ojos. La tensión en los hombros. Era como si llevara el peso del mundo sobre la espalda, y yo no podía hacer nada más que observar.

No podía dejarla caer.
No otra vez.

Saqué un sobre de mi mochila y lo abrí.

—Escuchen —dije con voz firme—. Como no somos bienvenidos oficialmente, esto es lo que hay. Identidades falsas. Nombres nuevos. Y más vale que se los aprendan rápido.

Repartí las tarjetas una por una.

—Bakugou, ahora sos Takeshi Ryu.
—Denki, Kei Nakamura.
—Sero, Luca Ramos.
—Kirishima, Kenji Takeda.
—Mina, Sakura Watanabe.
—Momo, Aiko Fujimoto.
—Y Calisto... Celeste Moriyama.

La miré cuando le di su tarjeta. No dijo nada. Ni una palabra. La tomó como si ni siquiera la viera. Por dentro, yo sabía que su mente seguía atrapada en esa llamada.

La de Carlos.

Tragué saliva. Me estaba fallando. Tenía que encontrar el momento para hablar con ella, sacarla de ese pozo. Pero primero, debíamos llegar al hotel. Teníamos una fiesta que no podíamos perdernos.

Y teníamos que robar un auto.

Porque, por supuesto, no teníamos transporte oficial. Solo una pista de aterrizaje privada, dos maletas, y una ciudad que brillaba más que el oro. Pero yo tenía un plan.

—Síganme —dije, y empecé a caminar hacia el lado opuesto de donde se suponía que iríamos.

Bakugou se tensó, pero no dijo nada. Kirishima me miró, luego miró a Calisto y asintió. Me siguieron. Sabían que algo estaba tramando.

A unos quinientos metros de distancia, estacionados bajo una sombra artificial, descansaban tres autos de lujo: un Aston Martin DBS, un Bugatti Chiron, y un Range Rover negro mate. Todos apagados. Todos esperando al "dueño".

Hoy, ese dueño era yo.

Saqué un pequeño dispositivo de mi bolsillo: un extractor de señal y un duplicador de códigos. Lo coloqué en la cerradura del Range Rover. Tres segundos. Click.

Abierta.

—Suban —ordené.

Momo frunció el ceño.
—¿Robamos autos ahora?

—Nos adaptamos —respondí. Y ella, por supuesto, subió sin protestar.

En menos de cinco minutos estábamos en la carretera, con el viento caliente de Dubái colándose por las ventanillas y las luces de la ciudad dibujando reflejos en nuestras caras. Cada uno en silencio. Cada uno con sus pensamientos.

Calisto iba en la parte de atrás, contra la ventana. Tenía la cabeza apoyada, los ojos abiertos pero vacíos. Como si estuviera atrapada entre lo que fue y lo que ya no puede ser. Mi hermana siempre fue fuerte, más que yo, más que cualquiera. Pero incluso las rocas se agrietan con el tiempo.

—Fiesta en el piso 55 del Burj Al Tameer —dije, rompiendo el silencio—. Penthouse privado. Solo invitados con pulseras doradas. La información que necesitamos sobre los diamantes va a estar ahí. La fuente es un tipo llamado Omar Khalid. Rico, egocéntrico, y obsesionado con la seguridad. Nadie entra sin invitación.

—¿Y cómo planeás que entremos? —preguntó Sero.

—Nos infiltramos —respondí, girando el volante hacia la autopista principal—. Nos vestimos para matar, fingimos que somos parte de la realeza japonesa, y usamos los nombres falsos. Ya tenemos acceso al hotel gracias a un contacto de Carlos... o del que dice ser Carlos.

—¿Y si es una trampa? —preguntó Mina.

—Entonces improvisamos.

Bakugou gruñó, lo cual, viniendo de él, era una especie de aprobación.

La ciudad crecía ante nosotros. Luces, alturas, reflejos de un lujo que no nos pertenecía. Dubái era una selva vertical de cristal, perfecta para esconder secretos.

Y uno de ellos nos estaba esperando en esa fiesta.

Pero, más allá de la misión, yo tenía otra preocupación.

Mi hermana.

Miré por el espejo retrovisor. Calisto no se había movido.
Como si el mundo pasara a través de ella.

Emiko también era así antes de romperse del todo.

Apreté el volante.
No dejaría que le pasara lo mismo.
A ninguna costa.

La noche en Dubái apenas comenzaba.
Y nosotros estábamos a punto de encenderla.

Noches En Brasil Donde viven las historias. Descúbrelo ahora