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La puerta de mi habitación se cerró con un suave clic detrás de mí. El sol apenas filtraba su luz anaranjada a través de las cortinas de lino blanco, pintando sombras largas sobre las paredes. Me quité el chaleco táctico, aún manchado por la misión fallida del día anterior, y lo lancé sobre la silla sin siquiera mirar.

Fue entonces cuando lo vi.

Una hoja de papel, perfectamente doblada, reposaba sobre mi almohada. No había sello. No había sobre. Solo una nota escrita a mano... con una caligrafía que me resultaba inquietantemente familiar.

Fruncí el ceño y me acerqué con cautela. Tomé la carta con dedos tensos, como si presintiera que el papel podía explotar en mis manos.

La abrí.

"Pequeña fiera, sé que jamás soportaste los tacones que tu madre insistía en que usaras. Siempre los escondías debajo del piano del salón rojo. También sé que todavía duermes con el cuchillo debajo de la almohada, porque así te sientes segura. Como si pudieras matar a los fantasmas que te persiguen. Pero los fantasmas no sangran, ¿verdad?"

Mi aliento se congeló en mis pulmones.

Solo Carlos sabía eso.

Solo él me llamaba así: "pequeña fiera".

Mis manos temblaban, pero seguí leyendo.

"El mundo cree lo que tú dejas que crea, Calisto. Aprende a mirar más allá del humo. La muerte no siempre es lo que parece... Y si has llegado hasta aquí, es porque ya estás más cerca de la verdad de lo que crees."

Una línea final. Más abajo. Con tinta negra y apenas inclinada.

"Nunca confíes en los diamantes que brillan demasiado."

Me puse de pie de golpe. El papel cayó de mis manos.

—No... —susurré—. No puede ser...

Corrí fuera de la habitación, descalza, mi corazón golpeando como un tambor de guerra. Crucé el pasillo, ignorando a los guardias que me llamaban, y empujé la puerta de Apolo con fuerza.

—¡Apolo! —grité.

Él se incorporó de inmediato desde el escritorio, alarmado.

—¿Qué pasa? ¿Estás herida?

Corrí hasta él, le mostré la carta.

—Esto... esto no es una coincidencia. ¡el tío Carlos está vivo, Apolo! ¡Tiene que estarlo!

—Esto no tiene sentido, Calisto —dijo Apolo mientras leía la carta con el ceño fruncido—. Tiene que ser una broma. Alguien se está metiendo con nosotros.

—¿Una broma? —respondí, incrédula—. ¿Quién más podría saber lo del cuchillo bajo la almohada? ¿O lo del piano? ¡Eso solo lo sabía él!

—Cal, por favor —dijo, bajando la carta—. Mira lo que hemos vivido últimamente. Gente que nos espía, nos traiciona, roba información... Esto puede ser alguien intentando desestabilizarnos. No podemos caer en juegos mentales.

Me alejé de él con la mandíbula apretada, mi mente dando vueltas. ¿Era posible que alguien jugara con nosotros de esa forma? ¿Que usara los recuerdos de Carlos para torturarnos?

El celular de Apolo vibró sobre su escritorio. Ambos lo miramos.

"María".

Apolo se tensó.

—¿Qué...? —susurró, y contestó de inmediato—. ¿María?

La voz al otro lado era clara, firme... y con una pizca de urgencia.

—¿La recibieron?

Apolo me miró. No dijo nada. Solo me miró con los ojos muy abiertos.

Yo me congelé.

—¿Qué carta? —preguntó Apolo, fingiendo ignorancia.

—No te hagas el idiota —respondió María al instante—. Sé que la encontraron. Yo también recibí una. Y si ustedes la tienen... entonces lo que pensamos que estaba muerto... no lo está.

Me quedé en silencio.

Sin decir una palabra, me di la vuelta y caminé hacia la ventana. Abajo, en el patio del cuartel, los autos ya estaban listos. Las luces de los motores encendidos iluminaban la arena con tonos dorados y rojos.

El equipo estaba por irse. La misión no podía esperar.

Pero algo me decía que todo acababa de cambiar.

Me quedé mirando los autos, el viento del atardecer colándose por la ventana abierta.

Tío Carlos... ¿qué hiciste?

Noches En Brasil Donde viven las historias. Descúbrelo ahora