(Perspectiva de Apolo Scott)
El vestíbulo del Burj Al Tameer olía a mármol caro, perfume francés y secretos que nunca debieron salir de la boca de nadie. Las luces eran tenues pero lujosas, como si hasta la oscuridad costara millones. Caminamos en fila, en silencio. Cada paso que dábamos resonaba como un disparo contenido.
Todos iban impecables. Trajes negros, vestidos oscuros. Rostros nuevos, nombres falsos. Las identidades que había creado para cada uno estaban funcionando: nos saludaban como si de verdad fuéramos herederos y empresarios de alguna dinastía asiática.
El ascensor nos llevó al piso 55.
La fiesta era una burbuja dorada flotando en medio del cielo. Las paredes eran de cristal, las mesas de mármol blanco y las copas brillaban como estrellas. Música suave, gente hablando en idiomas que apenas entendía, miradas que pesaban.
Y fue ahí, justo ahí, que mi mundo se detuvo.
Ella estaba al otro lado del salón.
Emiko.
Riendo.
Como si nunca hubiera muerto dentro mío.
Llevaba un vestido azul oscuro, suelto, elegante. Su cabello estaba recogido en una trenza alta que siempre decía que no sabía hacerse. Sus movimientos eran suaves, seguros, como si supiera que el mundo la miraba. Y su risa... su risa era exactamente la misma.
No podía respirar.
Me quedé quieto. Mis pies se clavaron en el mármol, y todo lo demás desapareció. El ruido. La gente. La misión. Todo. Lo único que existía en ese momento era ella.
No me vio. O tal vez sí, pero no reaccionó.
Mis manos comenzaron a temblar.
Tenía que salir de ahí.
Me giré, atravesé el pasillo, ignoré las voces, esquivé las miradas. Abrí la puerta del baño del fondo como si me persiguiera un demonio. Cerré con seguro. Me apoyé contra la pared. Y me derrumbé.
Caí al suelo. Como un niño.
El recuerdo me golpeó de lleno, como un tsunami imposible de detener.
⸻
Brasil. Hace un año.
Estábamos en la playa. Ella llevaba una camiseta mía, riéndose mientras corría por la arena. Teníamos una casa pequeña cerca del agua, sin lujos, sin vigilancia. Solo éramos nosotros dos y el océano.
—¿Sabés por qué me gustás, Apolo Scott? —preguntó, sentándose sobre mi pecho.
—¿Por qué?
—Porque sos el tipo de chico que siempre quiere salvar a todos, pero no sabe cómo salvarse a sí mismo.
Me lo dijo con una sonrisa, como si no fuera una condena.
Y tenía razón.
Me enamoré de ella no porque fuera perfecta, sino porque me aceptó con todas mis grietas. Me abrazaba cuando tenía pesadillas. Me calmaba cuando me sentía menos que Calisto, menos que el hijo perfecto. Me miraba como si yo valiera algo más que el apellido.
Hasta que un día, sin explicación, desapareció.
Y yo la enterré en una caja mental. Como hago con todo lo que me duele.
⸻
Presente. Dubái.
Las lágrimas cayeron sin permiso. Me limpié los ojos, pero no podía detenerlas. Mis manos temblaban. El pecho me dolía como si tuviera fuego adentro. Y lo peor de todo... era que todavía la amaba.
—¿Apolo?
Esa voz.
Mi hermana.
—¿Apolo, estás ahí? —repitió Calisto, golpeando la puerta.
No contesté.
No podía.
No quería que me viera así. No ella. No mi hermana, la chica que nunca se quiebra, la que carga con su propio infierno.
—Voy a tirar la puerta si no hablás.
Sonreí entre lágrimas. Claro que sí. Esa era mi hermana.
—Estoy bien —mentí, igual que ella tantas veces.
—Mentís peor que yo.
El cerrojo se movió. No sé cómo lo hizo, pero lo abrió. Tal vez usó una horquilla, o tal vez simplemente pateó con fuerza. La puerta se abrió y ahí estaba ella, de pie, mirándome.
Se le borró la expresión cuando me vio en el suelo. No dijo nada al principio. Solo se agachó y se sentó a mi lado.
—¿Qué pasó?
—Emiko... está aquí —logré decir.
Calisto no preguntó quién era. Ella ya sabía. Yo se lo había contado una vez, durante una noche demasiado larga en una playa brasileña, cuando los dos necesitábamos confesarle al mar cosas que no podíamos decirle a nadie más.
—¿Estás seguro?
—La vi... igual a como la recordaba. Pero... ¿y si no es ella? ¿Y si es otra trampa?
Calisto respiró hondo. Me puso una mano en el hombro. No para consolarme. Sino para recordarme que estaba ahí.
—No sé si es real o no —dijo—. Pero sé que no podés quedarte acá. No sos ese tipo de persona. Sos Apolo Scott. El que siempre encuentra la salida, incluso cuando el resto ya se rindió.
Negué con la cabeza.
—No puedo verla, Cal. No puedo enfrentarla. Me destruye.
—Entonces no la enfrentes. No todavía. Pero salí. Caminá. Respirá. Usá tu maldita cabeza. Sos mi hermano, y no pienso hacer esta misión sin vos.
Me quedé en silencio. Y ella también.
Al final, me sequé la cara con la manga.
Respiré.
Otra vez.
Y le tomé la mano para levantarme.
—Gracias.
—No lo vuelvas a agradecer —me dijo con una media sonrisa—. Estamos en esto juntos. Siempre.
Salimos del baño como si nada hubiera pasado. Pero algo sí pasó.
Mi pasado había regresado.
Y ahora tendría que enfrentarlo.
Porque la fiesta no había terminado.
Y los diamantes no eran lo único que estaba en juego.
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Noches En Brasil
Fiksi Penggemarla clase 1A fue seleccionada para una misión en río de Janeiro Brasil..en busca de un "diamante"..los que ellos no saben es que vivirán experiencia magníficas y emocionantes...la clase 1A fue acogida en una familia multimillonaria y mano derecha de...
