Un monstruo no se crea en la oscuridad; aprende a sobrevivir en ella.
Huir de un pasado sangriento me trajo directo a la Wolf Academy, un lugar que prometía ser un refugio y terminó convirtiéndose en mi peor pesadilla. Aquí, el dolor no solo se recu...
«Ya estoy cerca... Es la última cabaña del camino, amor. ¡Contéstame, maldita sea!»
Vuelvo a recuperar un hilo de conciencia y mi cuerpo entero tiembla en un espasmo violento.
«Sangre...» —pienso, sintiendo el charco tibio y metálico empapando el piso de piedra a mi alrededor.
«¿Cómo que sangre? No... No, no, no, amor. Aguanta, ya casi llego» —la voz de Kieran retumba en mi cabeza, desbordada de un pánico puro que jamás le había escuchado.
«Tengo sueño...» —le transmito en un hilo débil.
Mis párpados pesan como toneladas de plomo. Intento luchar contra la gravedad, intentando no precipitarme al abismo, y es la voz desquiciada de Kieran la que me sigue arrastrando de vuelta a la realidad.
«¡No cierres los ojos, maldita sea! Lianna viene conmigo... Dice que quiere verte. ¡Muestra que sigues viva!»
«¿Lianna...?» —repito en mi mente. La sola mención de su nombre actúa como un disparo de adrenalina directa al corazón.
«Sí, cumplí mi promesa. Ella está aquí, así que tú esperas. ¡No te me duermas, conejita!»
Intento decirle que sí, que aguantaré todo lo que pueda, pero mi organismo ha alcanzado su límite. Es como si cada órgano en mí estuviera colapsando al mismo tiempo.
A partir de ahí, la realidad se fragmenta en imágenes borrosas y voces distantes.
La más clara de todas es la de Kieran. Su voz, tan desesperada, tan quebrada... Jamás creí capaz a un monstruo como él de sonar tan jodidamente humano. El temblor en sus gritos, las súplicas desordenadas pidiéndome que abriera los ojos. Era desgarrador. Una parte de mí quería despertar desesperadamente, alzar la mano y calmarlo, pero el dolor lacerante, la toxina en mis venas y la pérdida masiva de sangre terminaron por vencer mi voluntad.
El mundo se volvió negro.
...
Hasta que el dolor me trae de regreso.
Nuevos destellos llegan a mi mente. Siento las manos temblorosas de Lianna envolviendo mis brazos lacerados con gasas gruesas mientras Vincent me canaliza una vía intravenosa.
Fuerzo la vista hasta que las sombras a mi alrededor cobran forma. Estoy en el asiento trasero de un auto en movimiento.
Estoy recostada sobre el regazo de Lianna, quien revisa el vendaje de mi antebrazo con la respiración cortada. En cuanto suelto un quejido agudo al moverme, ella voltea de golpe y me mira. Una sonrisa de puro alivio se le dibuja en el rostro mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Me siento horriblemente mareada, pero invierto el último aliento que me queda en sonreírle. Es ella. Lianna está viva y está a mi lado.
—Bienvenida de vuelta, idiota —susurra con la voz cortada— El suero está neutralizando el veneno, pero tardará unas horas en salir por completo de tu sistema. Ya casi llegamos.
Asiento despacio. Detrás de ella, Vincent se asoma desde su asiento y me ofrece una botella de agua. Niego levemente con la cabeza. Recorro el interior del vehículo con la mirada, buscando obsesivamente la única presencia que me falta.
Kieran está al volante. Conduce fijando la vista en la carretera nocturna, con una rigidez casi inhumana. Sus nudillos están blancos por la fuerza con la que aprieta el cuero del volante; parece a punto de despedazarlo en cualquier segundo.
—Está molesto consigo mismo —me informa Vincent en un murmullo— Siente que llegó demasiado tarde.
—Kieran... —lo llamo con la voz rota.
No responde ni se mueve un milímetro. Lo intento a través del lazo telepático, buscando su mente.
«Estoy bien... Estaré bien, amor. Solo descansa» —su respuesta en la red es corta, fría y cargada de una culpa devoradora.
Durante el resto del trayecto, vuelvo a caer en la inconsciencia a intervalos. Son pequeñas siestas caóticas, porque mi instinto de supervivencia se niega a dejarme descansar a profundidad. Cada vez que me sobresalto en el asiento, Lianna me acaricia el cabello, asegurándome que todo está bajo control y pidiéndome que vuelva a dormir. Y lo intento, porque el agotamiento me carcome los huesos.
Cuando el auto finalmente desacelera y toma un camino de tierra, me incorporo con esfuerzo. Nos detenemos a los pocos minutos frente a un refugio subterráneo rodeado de vegetación salvaje.
Lo que menos esperaba al bajar la vista era encontrarme con dos figuras aguardándonos en la penumbra, mi antigua y desquiciada vecina de celda del pabellón psiquiátrico, y a su lado, una chica de cabello platinado.
—No van a creer el regalito que me encontré merodeando por los depósitos —anuncia Rhea con una sonrisa macabra, obligando a la chica del cabello platinado a levantar el rostro hacia la luz de los faros.
El aire se me congela en la garganta.
Los mismos ojos. Las mismas facciones. La misma estructura ósea.
Es la copia exacta de Lianna... solo que con el cabello teñido de plata.
Es la hermana gemela de mi mejor amiga.
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