Un monstruo no se crea en la oscuridad; aprende a sobrevivir en ella.
Huir de un pasado sangriento me trajo directo a la Wolf Academy, un lugar que prometía ser un refugio y terminó convirtiéndose en mi peor pesadilla. Aquí, el dolor no solo se recu...
Han pasado seis meses desde que dejamos atrás las ruinas cubiertas de ceniza y sangre de la academia.
Ahora vivimos en una casa de madera en lo alto de las montañas, rodeados de un bosque verde y un arroyo constante. Es un lugar silencioso, casi irreal. Un espacio donde la nieve por fin dejó de caer y donde el aire no huele a muerte, sino a pino y tierra húmeda.
Aún me cuesta acostumbrarme a la paz. A veces me despierto esperando escuchar el eco de una amenaza, pero lo único que encuentro es el calor constante del cuerpo de Kieran envolviéndome por completo.
Un toque de nudillos en la pared de la cocina me saca de mis pensamientos. Giro la cabeza mientras termino de servir un par de tazas de café humeante y veo a Lianna apoyada en el marco de la puerta.
Lleva una suéter holgado que le cubre las manos y el cabello platinado recogido en una coleta despreocupada. Me fijo en sus dedos: ya no sostienen el característico cigarrillo entre el índice y el medio. No ha tocado un solo paquete de tabaco desde que nos instalamos aquí.
—Sigues sin fumar —le digo con una sonrisa suave, señalando sus manos libres.
Lianna se mira los dedos y suelta una pequeña risa, corta y limpia.
—Descubrí que ya no necesito envenenarme los pulmones para sentir que estoy respirando —contesta, caminando hacia la mesa.
En ese momento, Vincent entra a la cocina cargando una cesta con madera para la chimenea. En cuanto pasa a su lado, Lianna no duda un segundo: estira la mano y se aferra al borde de su camisa, buscando ese contacto físico instantáneo. Vincent deja la madera a un lado con delicadeza, se gira y rodea la cintura de Lianna con sus brazos, pegándola a su pecho. Ella apoya la barbilla en su hombro, cerrando los ojos con una devoción absoluta.
Vincent no le hace preguntas; simplemente la sostiene, acariciándole la espalda con una lentitud paciente. Él entiende el abismo del que ella salió y se ha convertido en su ancla más firme, cuidándola de una manera tan profunda y serena que me llena el alma verlos así.
—Estás muy pensativa hoy, conejita —murmura una voz rasposa justo detrás de mí.
Antes de que pueda darme la vuelta, unos brazos poderosos se cierran alrededor de mi cintura y me pegan de golpe contra un torso firme. Los labios de Kieran se posan de inmediato en la curva de mi cuello, dejando un beso húmedo y hambriento que me saca un leve suspiro.
—Kieran, estoy sirviendo el café... —protesto sin ganas.
—Me importa una mierda el café —gruñe contra mi piel.
Sus manos no se quedan quietas. Van desde mi cintura hasta mis caderas, apretándome con esa posesividad salvaje que jamás ha disminuido. Desde el día en que mi corazón se detuvo en aquella enfermería, Kieran es incapaz de mantener las manos lejos de mí durante más de diez minutos seguidos. Si estamos en la misma habitación, tiene que estar tocándome: una mano en mi espalda, sus dedos entrelazados con los míos o sus labios recorriéndome los hombros.
Es su manera de recordar que no soy un fantasma.
Lianna rueda los ojos desde el otro lado de la mesa, aunque con una sonrisa divertida en el rostro, mientras Vincent niega con la cabeza, acostumbrado al descaro de mi novio.
—Consíganse una habitación —se burla Lianna.
—Esta es mi casa, si quiero la tomo sobre la mesa de la cocina —responde Kieran sin un ápice de vergüenza, apretando su agarre sobre mis caderas.
Le doy un codazo suave en las costillas para que se comporte, pero me giro entre sus brazos y me pongo de puntitas para darle un beso corto en los labios. Sus ojos amarillos brillan con esa intensidad oscura y hambrienta que me acelera el pulso.
Más tarde esa noche, el silencio de la montaña se vuelve denso.
El crujido de la madera en la chimenea es el único sonido que llena la habitación. Estoy acostada de lado en la cama, envuelta en la calidez de las mantas, cuando siento que el colchón se hunde bruscamente a mi espalda.
Kieran se despierta sobresaltado.
Su respiración es agitada, un jadeo ahogado que rompe la calma del cuarto. En un movimiento torpe y desesperado, se gira hacia mí, tomándome por los hombros y arrastrándome hacia él. Sus manos tiemblan violentamente mientras sus dedos van directo a mi cuello, buscando a ciegas el pulso en mi yugular.
—Nadine... —su voz es un hilo de pánico puro, roto y agudo.
Es la misma pesadilla de siempre. La imagen de mi cuerpo inerte, la sangre en la nieve y mi corazón dejando de batir.
—Kieran, hey... Mírame —le pido suavemente.
Él no responde. Sus ojos amarillos están desorbitados, perdidos en el terror de sus propios recuerdos. Sus manos bajan por mi garganta hacia mi pecho, presionando con pánico para sentir el calor de mi piel.
—Kieran —insisto.
Tomo su mano derecha con firmeza y la coloco directamente sobre el centro de mi pecho, justo encima de mi corazón.
—Siente esto —le ordeno con voz dulce y clara— Siente cómo late. Está latiendo por ti.
Kieran se congela. Cierra los ojos con fuerza y apoya su frente contra la mía, respirando el aire que sale de mi boca. Sus dedos se entierran en la tela de mi camiseta, sintiendo el ritmo constante y fuerte de mi pulso bajo su palma.
—Aún estás aquí... —murmura en un sollozo ahogado que me parte el alma. El monstruo intocable, el alfa dominante, reducido a un hombre vulnerable que solo le teme a una cosa en este mundo: mi ausencia.
—Sigo aquí, mi amor —le susurro, acariciándole la nuca y enredando mis dedos en su cabello—. No me voy a ir a ninguna parte. Ya pasó. La muerte no pudo llevarme porque mi lugar es contigo.
Kieran deja ir un suspiro largo, un temblor que le recorre todo el cuerpo mientras la tensión de sus músculos por fin se disuelve. Se inclina y busca mis labios en un beso lento, profundo y cargado de una devoción que me llena cada rincón del pecho.
Cuando se separa, se acomoda a mi lado y me envuelve por completo con su cuerpo, usando sus brazos como un escudo protector del que jamás querré escapar. Apoyo la cabeza sobre su pecho, escuchando su propio corazón latir en sintonía con el mío.
A través de la ventana, las estrellas iluminan la noche tranquila. Las cicatrices siguen ahí, en nuestra piel y en nuestra memoria, pero ya no duelen. Por primera vez en la vida, el futuro no se siente como una amenaza, sino como un regalo que finalmente nos pertenece.
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