48. La llegada a los angeles

61 4 0
                                        

Las luces navideñas ya colgaban por todos los pasillos del campus aún que estuviéramos en noviembre. Algunas titilaban sin ritmo aparente; otras, perfectamente sincronizadas con canciones que alguien dejaba sonar desde un altavoz escondido en alguna ventana del edificio de arte. Cada rincón olía a café con canela, a libros usados y a esa mezcla extraña de emoción y nostalgia que flotaba justo antes de las vacaciones.

Estaba saliendo de la biblioteca con una bufanda más grande que mi paciencia, cargando tres libros prestados, una libreta y un chocolate caliente que claramente no iba a sobrevivir el camino de regreso. Fue entonces cuando lo vi.

—¿Necesitás ayuda o te armo una carretilla? —dijo Timothée desde los escalones de enfrente, con ese tono burlón que usaba solo cuando me miraba como si ya supiera lo que iba a contestar.

—Podrías haber traído una bandeja, mínimo —respondí, sonriendo sin querer.

Cruzó la calle del campus en dos zancadas largas. Traía un gorrito gris que apenas cubría sus rizos y un abrigo largo, oscuro, que se movía con el viento como si estuviera en una película de Wes Anderson.

—Dame esto —me quitó el chocolate de las manos y plantó un beso en mis fríos labios—. No porque sea un caballero, sino porque te lo vas a tirar encima.
—Gracias por confiar en mi torpeza —dije, fingiendo indignación mientras él le daba un sorbo.
—¿Vas a tu dormitorio?— me preguntó sosteniendo mis libros.
—Si, Elle y yo estamos terminando un proyecto de literatura antigua

—Dame esto —me quitó el chocolate de las manos y plantó un beso en mis fríos labios—. No porque sea un caballero, sino porque te lo vas a tirar encima.

—Gracias por confiar en mi torpeza —dije, fingiendo indignación mientras él le daba un sorbo.

—¿Vas a tu dormitorio? —preguntó, ahora sosteniendo también mis libros como si fueran plumas.

—Sí. Elle y yo estamos terminando un proyecto de Literatura Antigua. Nos queda pulir unas referencias, pero creo que sobreviviremos.

—¿Eurípides o tragedias generales? —me preguntó con esa mirada entre genuinamente interesado y ligeramente coquetón.

—Eurípides. Las Troyanas, para ser exacta —respondí—. Estoy convencida de que Hécuba es el personaje más brutalmente humano de toda la obra.

—¿Brutalmente humano? —repitió, como si le gustara cómo sonaba eso en mi voz.

—Sí. No idealizada. Dolorosa. Real. Como... —Me detuve antes de decir como nosotros, pero no hizo falta.

Timothée asintió lentamente, como si hubiera escuchado igual.

Llegamos al edificio donde vivía, y antes de entrar, me detuve un segundo frente a la puerta. El cielo estaba empezando a oscurecer, y las luces navideñas del campus ya brillaban con más fuerza. El chocolate en sus manos ya no humeaba, pero él no lo soltaba.

—¿Quieres pasar? —le pregunté, casi sin pensarlo.

—¿Elle está en la habitación?

—Sí, pero está en modo "productiva-estresada". No creo que le moleste que te sientes en el sillón un rato mientras terminamos. Prometo que no será un triángulo literario extraño.

Sonrió.

—¿Y me vas a leer tus apuntes dramáticos de Hécuba?

—Solo si prometes no interrumpirme con preguntas profundas tipo "¿pero tú crees que el dolor redime o destruye?"

—Nunca hago eso.

—Timothée...

—Bueno, a veces. Pero solo cuando estoy contigo.

La última JennerHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora