One shots, historias cortas de Calle y Poché
Algunas tienen +18.
Algunas son gip.
Casi todas de mi autoría, hay algunas que son adaptaciones.
Ninguna tiene final triste.
Parte 2, hay otro libro de one shots caché en mi perfil. No son correlativos.
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Los pies me llevan hasta Poché de forma espontánea. Me impulsan a ponerme de puntillas y, de pronto, estoy besándola con tanta intensidad como puedo, ejerciendo demasiada presión demasiado pronto, rodeándole el cuello con los brazos con la misma firmeza que una soga. No reacciona de inmediato, pero se debe más a la confusión que al reparo. Al cabo de un instante, cierra las manos en torno a mi cintura y me arrincona entre la pared y ella, apretándose más contra mí. —Calle. —Las palabras brotan entrecortadas. Su erección me roza el estómago y ambas jadeamos—. No deberíamos —me dice apartándose. Pero, cuando le pregunto por qué, sus labios vuelven a toparse con los míos. El beso ha empezado con mucha intensidad, pero de algún modo se vuelve aún más ardiente. —Lo sé. Lo sé, creo... —Bajo las manos por su torso, le subo la camiseta y dejo al descubierto una franja de piel cálida—. Quiero...
—Soy incapaz de decirlo en voz alta porque no sé lo que necesito. Sé que tiene algo que ver con la verdad, y con que ella la reconozca, pero es como una espina confusa y dolorosa en el interior de mi cabeza—. ¿Podemos...? —Sí. Sí que podemos. —Su voz suena impaciente y tranquilizadora al mismo tiempo—. Sí que podemos. Hay un sofá justo detrás, pero Poché me da la vuelta hasta que la parte frontal de mi cuerpo queda apoyada contra la pared, con la frente y el antebrazo pegados a esta.
—Más despacio —ordena mientras me chupa el cuello y extiende una de sus manos por el centro de mi espalda. El corazón me da un vuelco. En lo escurridizo de este momento, es justo lo que necesitaba oír. —Me haces sentir tan bien... —Está comportándose como una licántropa, como un alfa, o simplemente como Poché. Me da mordiscos a lo largo del cuello. Gimo y ella se aprieta más contra mí—. Tienes que decírmelo. Toda la casa huele a ti, tu aroma me invade el cerebro y no puedo pensar en nada más que en follarte. Así que, si quieres que pare, me lo tienes que decir. Aprieto la frente con más fuerza contra la pared.
—Por favor, no pares. Maldice en voz baja, como si mis palabras le hicieran perder la cabeza. Se apresura a levantarme la camiseta y desabrocharme los vaqueros. Me arqueo contra ella: contra su boca, su pecho, su polla. Apoya una palma en la pared, justo al lado de la mía, y yo extiendo el meñique y le rozo el pulgar. Le estoy pidiendo más y ella se da cuenta, pero en lugar de complacerme, me acaricia la curva de la garganta con la nariz. —Deberíamos echar el freno.
—Profiere una risa compungida y ardiente contra mi piel. —Al revés. —Calle... —empieza. —Quiero follar. Noto en la piel la vibración de un ruido gutural y anhelante. —Calle. —No pasa nada. Saldrá bien. —De eso nada. —¿Por qué? —Ya sabes por qué. —Cruza los brazos sobre mi vientre y me acerca a ella en actitud posesiva, algo frustrada—. No podemos.
—Ambas temblamos de... ¿Esta necesidad insaciable de mi interior es deseo? ¿Por eso la gente hace cosas impulsivas e irracionales? —Pero... seguro que no es la primera vez que pasa. Que un licántropo y una vampira se acuestan. —Nuestras especies llevan existiendo miles de años y no siempre se han llevado mal—. Deberíamos intentarlo. No me asusta tu... Profiere una risa temblorosa contra mi cuello. —Ni siquiera sabes cómo se llama.